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Cromática Pelucona PDF Imprimir E-Mail
X. Andrade   
lunes, 03 de septiembre de 2007
*Al aire por www.radiotropicana. com.ec en agosto 29 de 2007

Una de las medidas claves para reforzar el carácter de simulacro de la renovación urbana ha sido la uniformizació n de los colores de las zonas por donde ella pasa. El ejemplo más dramático de ello vino dado con la imposición de una gama de colores chillones para decorar las fachadas que fueron remozadas a lo largo de la escalinata del Cerro Santa Ana. Como efecto boomerang de la artificialidad creada a sus extremos, los edificios de Puerto Santa Ana son ahora probablemente la mayor muestra del engendro cromático generado en la ciudad. Una verdadera joya en la corona de lo kitsch --entiéndase guacharnaco y pelucón simultáneamente- - con pabellones de azules y amarillos que no guardan una venia de respeto a las tradiciones e historia, muy a pesar del “equilibrio y la armonía” bajo los cuales la propagandizan. Las zonas de clases más pudientes, por supuesto, cuentan con sus debidas excepciones. Ni en el Barrio Centenario, ni en Urdesa se les ocurrió imponer autoritariamente su arbitrario colorido. Y, así como hay excepciones de clase, también las hay para ciertas instituciones fraternales al Cabildo.

En estos días, por ejemplo, hemos descubierto los conocimientos estéticos y arquitectónicos del Arzobispo de Guayaquil, la figura eclesiástica y política que sirve de enlace para las alianzas históricas entre el Partido Social Cristiano y la Iglesia Católica que han servido, entre otras cosas, para legitimar la renovación frente a las masas y manipular el miedo ciudadano a la inseguridad pública cada vez que de explotarlo políticamente se trata. Monseñor Arregui ha querido imponer sus cálidos gustos al remozamiento al cual está siendo sometido el templo mayor de la Iglesia en Guayaquil, su Catedral. Como esta es una ciudad cuyo patrimonio arquitectónico ha sido sistemáticamente olvidado, salvo cuando de producir una estéril prótesis turística se trata, el Arzobispo ha intentado someter a sus caprichos a una obra arquitectónica que tiene precisamente un carácter patrimonial.

 

La condición patrimonial significa, en teoría solamente como el caso lo demuestra, que en mérito a la estructura y a la historia de un edificio, este pasa a ser protegido y precautelado de modificaciones sustanciales por parte de las entidades estatales competentes. Dicha protección se extiende a las idiosincracias estéticas de los dueños de un cierto inmueble puesto que, se presume, con la preservación histórica del edificio elegido se beneficia a la memoria colectiva del conjunto de la ciudad mostrando fragmentos de lo precedente. Fue necesario el recordatorio de estas nociones elementales y de su necesidad de conocerlas que ha logrado detener --hasta cuando escribo estas líneas puesto que uno nunca sabe del poder estético de ciertas autoridades- - lo que iba a ser un ejercicio más de la arbitrariedad y el autoritarismo que ha caracterizado a la renovación urbana. Esta vez ya no ejecutados por el Municipio sino por su fraterna Iglesia.

 

He aquí algunas claves para entender este orden de las aberraciones del Arzobispado. Según Arregui, la fachada de la Catedral debería romper con el pasado para cubrirse de un llamativo amarillo (muy a tono con uno de los colores sancionados positivamente por la Alcaldía). Las razones esbozadas por el Arzobispo para olvidarse de que este edificio es parte del patrimonio inmueble de la urbe fueron: primero, que no se trata de una restauración sino de una adecuación; segundo, que el amarillo “define mejor las formas del templo, particularmente de sus altos relieves”; y, tercero, que “en gustos y colores hay diversidad de preferencias y exigencias”. Amén de la primera razón que es enteramente absurda, el componente fundamental en la cromática pelucona reinventada por la Iglesia en la Ciudad del Opus Dei, es pues el tamaño descomunal de los caprichos, perdón de “las preferencias y exigencias”, del Arzobispo. A Monseñor se le olvida, por supuesto, el pequeño detalle de que el edificio tiene algún valor histórico que le ha merecido ser elevado al orden patrimonial. Nimiedades, ciertamente, a la hora de continuar forjando un paisaje urbano de un mal gusto arquitectónico y cromático que empezó a adquirir dimensiones hasta bíblicas desde el develamiento de Puerto Santa Ana.