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‘La Flacso no está en el poder y no va a estar’ PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 11 de septiembre de 2007

 Entrevista a Adrián Bonilla  

De la Flacso han salido ministros y altos funcionarios para este régimen. Una veintena. Esta situación crea algunos interrogantes alrededor de esta institución dedicada a las ciencias sociales. Adrián Bonilla, su director, los encara en este diálogo.

 

La Flacso convertida en semillero de cuadros del Gobierno... Eso no se esperaba.
Hay algunas personas en el Gobierno que han sido profesores de la Flacso. Hay muchas que han egresado recientemente de aquí.

La explicación viene dada más por el hecho de que Flacso es una de las de las dos universidades dedicada exclusivamente al posgrado en el Ecuador y que ha logrado consolidarse, muy solidamente, en los últimos 6-7 años.

¿Fuera de Fander Falconi, que es profesor de planta, tiene la lista de profesores o egresados que están en el Gobierno?

Tengo aquí una lista de funcionarios públicos en direcciones nacionales o ministerios, unas 20 personas, que han sido profesores, han colaborado o tenido una vinculación más o menos cercana con Flacso como Fernando Bustamante, Janeth Sánchez o María Fernanda Espinosa. La Ministra de Salud ha dado clases en Flacso. También el presidente Correa dio clases aquí.

¿No hay un problema cuando un centro académico pasa a ser una suerte de ENA francés, donde se forman políticos y administradores del Estado?
No. Flacso es un centro académico pero produce egresados que tienen capacidades para servir eficazmente en el sector público, en el sector privado o en entidades de la sociedad civil.

El problema se genera a partir de la imagen. Hay imágenes contradictorias porque se piensa que muchos de los cuadros centrales del Gobierno vienen de la Flacso. Pero, por otro lado, hay muchos prejuicios, a propósito de nuestros editorialistas porque algua nos son muy críticos con el Gobierno.

Institucionalmente no hay problema, porque una entidad que hace ciencias sociales, debe ser pluralista: no se producen ciencias sociales sino en medio del debate y de la contradicción.

Esto genera un interrogante sobre la noción misma de lo que es un centro académico que está en el poder.
La Flacso no está en el poder y no va a estar en el poder. Su misión es formar nuevos académicos y profesionales eficientes y bien educados.

Pero en la visión de la Flacso, ¿qué implica volverse un sitio de reclutamiento para los gobiernos?

En la década de los 50, los fundadores de Flacso —y luego lo ratificaron en los 70 y los 80— siempre la vieron como una entidad que tiene, como parte de sus misiones, la de apoyar con información e investigación, a los gobiernos latinoamericanos.

Pero no desde el Gobierno.
No desde el Gobierno.

¿No están creando una puerta giratoria entre el poder y la institución?
Ecuador es una sociedad pequeña y el mundo de las ciencias sociales no es grande. Este tipo de vínculos existe en todos los escenarios. Hay un montón de funcionarios que, de alguna manera, se vuelven a reciclar cuando los gobiernos cesan. Esto me parece inevitable en el caso de universidades top.

¿Está usted asesorando al Gobierno?
No.

La Canciller lo incluye en el grupo que la asesora en el caso de Colombia...
Porque soy miembro de la Junta Consultiva de Relaciones Exteriores, nombrado por el Consejo de Universidades y Escuelas Politécnicas.

La ley obliga a que en esa junta estén dos representantes de las universidades.

¿La Flacso no va a endosar las consecuencias de la acción de Gobierno?

Ese riesgo es neutralizado por la idea de que la Flacso es una entidad muy plural. Ningún gobierno podría condicionar a Flacso a que sus profesores no escriban críticamente. Ahora, los profesores que van eventualmente al Gobierno, necesitan ser autorizados por el Consejo Académico con una comisión de servicio, y su regreso también requiere de esa autorización.

Pero una cosa es tener profesores que evalúan críticamente una acción de Gobierno y otra profesores que pueden volverse militantes de un gobierno...
Un ministro que desarrolla actividades, como tal, no tiene en términos legales, vinculación con Flacso.

 

Pero tiene un sello político.
Claro, pero hay muchas marcas. Esa es una. Te marca la universidad donde estudiaste, los temas de investigación y claro, la experiencia; en este caso también política. Pero esto no te descalifica como intelectual ni como profesor, que son los requisitos básicos, para estar en esta institución.

¿Qué le causa saber que hasta en la Flacso hay académicos que creen que este gobierno, donde hay profesores de Flacso, no es completamente democrático?

La necesidad de gestionar imagen. Porque de la misma manera hemos tenido una señal en dirección contraria: hay simpatizantes del gobierno que encuentran que Flacso es hostil porque hay asesores que escriben críticamente. Flacso no es hostil ni es simpatizante del gobierno, como institución, pero sus profesores tienen la libertad de expresarse a favor o en contra en temas políticos y también en temas morales.

¿Qué piensa de esta sospecha que algunos círculos cultivan de que gente de Flacso está contribuyendo a montar un proyecto anti democrático?
No tengo la menor duda sobre los profesores vinculados a Flacso y la naturaleza de su espíritu democrático. Aquellos que han dado clases en Flacso son personas que están socializadas en valores democráticos. De la misma manera que los profesores que son críticos del gobierno, están socializados en los valores, y no son conspiradores.

Pero son temas sobre los cuales es difícil tener una posición institucional. La única posible es la del pluralismo.

No se siente que esta situación cambie o cuestione profundamente a la Flacso...
Me da la impresión de que tenemos sentidos en disputa, imágenes en construcción. Y los sentidos y las imágenes son socialmente relevantes. Y esto, claro, presenta varios retos precisamente para neutralizar prejuicios que pudieran formarse, tanto de un lado como del otro.

¿Ha habido debates internos?

Esto ha planteado debates informales y debates institucionales. Hay temas que han obligado a la reflexión.

¿Y con qué conclusiones han vuelto de esos debates?

Con la necesidad de preservar la imagen institucional. Con la conciencia de esta exposición adicional que tenemos por la visibilidad que ha alcanzado la institución. Con las alertas de que esta visibilidad supone algunas vulnerabilidades, con las cuales no se contaba.

Con la obligación de dar respuestas racionales a todos los retos que se van presentando, que en rigor, no tendrían que ser ideológicos, sino racionales.

 Estamos asistiendo al nacimiento de una Academia con profesores declarados correistas, nebotistas...
Ese riesgo sin duda existe, pasa todo el tiempo en todas las universidades. Los equipos de gobierno de Harvard y los equipos de gobierno de John Hopkins, trabajan para una u otra administración en Estados Unidos y funcionarios que han sido académicos, teniendo responsabilidades gubernamentales salen y vuelven a la universidad.

Es algo que la normativa interna de la academia tiene que procesar de tal manera que no se contamine al conjunto de la institución y, por el contrario, desarrolle una gestión gubernamental, que se convierta en un recurso, con una calificación superior. Esto es normal en las buenas universidades de Europa y en América.