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Las astucias (negadas) de la multitud PDF Imprimir E-Mail
Franklin Ramírez Gallegos   
viernes, 14 de septiembre de 2007

(Publicado originalmente en El Universo. 13/09/07) 

A gran parte de la alta opinión pública nacional le incomoda la protesta. Venga de donde venga, su racionalidad le es ajena. Cuando proviene de los sectores más excluidos de la sociedad, además, no solo se cree que carece de sentido sino de legitimidad democrática.

Ya sucedió en los noventa con la eclosión de la protesta indígena: en ese entonces, su movilización fue vista como expresión de la manipulación de partidos y ONG extremistas. Y ha vuelto a suceder en el reciente ciclo político cuando la expresión de ciudadanos y asambleas en las calles apenas ha sido entendida como el imperio del griterío y el caos sobre las instituciones políticas. El reino de la democracia tumultuaria, dicen, despectivamente.

La reciente movilización transfronteriza de campesinos colombianos hacia las riberas del río Mataje aparece como un nuevo episodio de mal comprensión de la protesta. La mirada humanitaria hacia los que, inicialmente, aparecían como las víctimas del conflicto armado del país vecino cambió cuando algunos de sus protagonistas admitieron que el desplazamiento había sido un acto político de resistencia, deliberadamente concertada por los mismos campesinos, contra la política de Álvaro Uribe de erradicación de cultivos de coca.

Los desvalidos campesinos se transformaron, entonces, en oscuros manifestantes que buscaban manipular al Gobierno y a la opinión pública nacionales. Así, y en sintonía con su tradicional desprecio por las razones de los que mayoritariamente no tienen voz, la alta opinión pública reiteró la tesis elitista de que tal protesta fue producto de un simple acto de obediencia administrativa de más de 1.500 campesinos hacia los dirigentes de una asociación agrícola.

Si convocar a una pequeña huelga fabril demanda horas de deliberación entre bases y dirigentes para acordar las modalidades, las demandas y los límites de la acción, imagínense ustedes la sofisticada tarea de coordinación colectiva que habrían desplegado unos campesinos que, como es usual en zonas rurales, habitan a grandes distancias entre sí, poseen insuficientes medios de comunicación, y están envueltos por el fuego cruzado de múltiples actores armados. En tales condiciones, optar por abandonar sus caseríos y desplazarse, junto con toda su familia, de país a país para llamar la atención de los dos estados nacionales sobre sus deplorables condiciones de vida no es más que otra muestra, no solo de la innegable porosidad de las fronteras en tiempos globales, sino sobre todo, de que la defensa de intereses comunes, la astucia y dignidad humanas no se cancelan ni en contextos de vida en extremo vulnerables.

Cuando ciertas decisiones políticas no les placen, los poderosos suelen optar por no invertir, introducen debates en los medios, o aprovechan sus opacas redes sociales para presionar a los gobiernos. Su altísimo nivel de influencia política vuelve añicos el ideal democrático de igualdad política. Ahí, las manifestaciones pacíficas de los desposeídos aparecen como actos deliberantes que expresan la voluntad ciudadana de emplear tiempo y recursos en acciones públicas que defienden determinadas preferencias que las instituciones no procesan. Más allá de las razones de Estado, la protesta social prefigura entonces salidas democráticas a los desequilibrios de poder y a la parcialidad de muchas de las decisiones políticas.