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¡Escondan a los niños!: la doble moral mediática PDF Imprimir E-Mail
Carlos Tutivén   
martes, 25 de septiembre de 2007

La cobertura de tragedias que involucran a la niñez es una colección de alarmismos. Este paroxismo elimina el análisis y exacerba el miedo.

 

Algunos medios y periodistas hacen de sucesos que involucran a niños, ya sea en tragedias o en eventos desafortunados, un frenesí noticioso. Probablemente se deba a que los medios no están mediando entre los hechos y la sociedad. Reproducen directamente la moral social dominante o expresan su propia moral y la imponen. Suponen, sin mayores reflexiones, que la infancia es el punto sagrado de lo social y la asumen como teniendo todos los atributos de lo impoluto: pureza, ingenuidad, inocencia, futuro, proyecto.

Lo que interesa analizar es cómo, desde la posición periodística, una víctima infantil se vuelve un prisma que nos ayude a contrastar la decadencia del entorno y mirar directamente el grado de corrupción de la sociedad y sus instituciones.

Los medios son llamados a una especie de guerra santa que, en aparente impotencia, pasa revista a un repertorio de soluciones, algunas de ellas desencajadas, arbitrarias, penosas y, otras, simplemente histéricas e incluso de tinte fascista.

Lo curioso es que ante estos comportamientos mediáticos se revelan las más crudas falencias de nuestro periodismo y de nuestra esfera pública de mucha opinión y poco debate. El más básico análisis revela que las coberturas de este tipo están construidas por dos fuerzas condicionadas y condicionantes: el alarmismo y el moralismo. Juntos conforman un molotov comunicacional que nada bueno genera en sus públicos.

Después de los acontecimientos que cegaron la vida del niño Carlos Cedeño, en el estadio de Barcelona, las actitudes y los discursos de algunos periodistas, talentos de pantalla que opinan en las revistas televisivas, en los noticieros o en los programas deportivos, mostraban una falta de ponderación nada acorde con la misión que tienen como comunicadores. Reemplazaron la reflexión periodística, la descripción detallada de los hechos y el análisis mesurado, por comentarios exaltados de sobremesa que olvidaban que la comunicación es un bien común, que afecta a todo aquel que participa en ese espacio.

Se escucharon opiniones y comentarios tajantes como: “no lleven más a los niños, ni a las mujeres (machismo incluido) a los estadios”; “hay que prohibir que asistan las barras a los estadios" (como si el disfrute del fútbol fuera una silenciosa partida de ajedrez), todas estas respuestas fueron absolutamente desorbitadas, miopes y además peligrosas. Proliferan nuevamente las demandas de más seguridad y control, por lo tanto, más miedo y más encierro. Hay que esconder a los niños, hay que esconderse todos.

No olvidemos que los medios no reflejan mecánicamente la realidad, sino que median en la construcción noticiosa de esa realidad y abonan a sus diversas interpretaciones. Es muy fácil ir e inflamar el escándalo de la bala o bengala perdida, pero es más difícil la ponderación atinada.

Vamos de salto en salto, de alarma en alarma, de bala en bala y no se entiende nada. En la mitad, silencio y olvido, una gran modorra temática.

Repetimos este patrón y padecemos nuevamente sus efectos de sancionar, buscar culpables, escandalizar y, eso es lo terrible, es el verdadero drama. Esto debe ser un tema de reflexión entre periodismo, comunicación y sociedad.

El tratamiento mediático de hechos, donde los niños están involucrados como víctimas inocentes, parece ser el reflejo de cómo la sociedad se proyecta ante ellos. Pero el problema es que los periodistas no están para ser el reflejo de eso, sino para mediar en eso.

No se puede proyectar en los medios la ideología personal y buscar culpables, como lo haría por ejemplo una masa linchando a su víctima. El periodismo debe proveernos de distintos ángulos de la realidad y ubicar los múltiples elementos que están presentes en los sucesos, interpelar a la opinión pública, crear opinión pública, no atizarla con juicios de valor rápidos y gratuitos.

Estos sucesos desafortunados hacen visibles estas falencias y el “berrinche” mediático de la coyuntura hace más profunda la oscuridad ante lo que falta para lograr un mejor nivel en el tratamiento periodístico.