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La excusa ideal para invadir Iraq PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 02 de octubre de 2007

La guerra se decidió un mes antes de lo previsto. El diálogo entre Aznar y Bush lo revela.

 

Confirmado. La guerra de Iraq fue un capricho de George W. Bush. Las incidencias del diálogo la noche del 22 de febrero del 2003, entre el presidente estadounidense y el entonces mandatario español, José María Aznar, lo dejan en claro. El diario El País reveló la conversación la semana pasada. Fue una conspiración para exigir a las Naciones Unidas una resolución que permita invadir Iraq.

Pero más que eso, se ratifica que Bush estaba dispuesto a iniciar la guerra con o sin el aval de la ONU porque era hora “de deshacerse de Sadam Husein”.

El encuentro, ocurrido en el rancho Crawford (Texas), de propiedad de Bush, se dio cuatro semanas antes de que se iniciara la guerra. Aznar llegó al rancho tras una breve escala en México, donde se entrevistó con el ex presidente Vicente Fox, quien se negó a apoyar la resolución. Tras recibir la noticia, Bush usó tonos amenazantes contra México al decir que debía mostrar un sentido de amistad. Pero no solo con su vecino, sino también contra Chile, Ángola y Camerún, países miembros del Comité de Seguridad, de quienes llegó a decir que ellos deben saber que está en juego la seguridad de Estados Unidos. En el caso chileno, incluso advirtió con romper el acuerdo bilateral TLC si el presidente Ricardo Lagos no aceptaba suscribir la resolución.

La revelación del acta, lejos de afectar a la Casa Blanca, ha dejado mal parado al Partido Popular (PP), del cual Aznar es líder, precisamente poque esa conversación, recogida en una memoria secreta, se produjo una semana después de la masiva manifestación en Madrid contra la guerra. Aznar pidió apoyo y ayuda a la opinión pública hasta que Bush hiciera lo posible por conseguir respaldo internacional para una segunda resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. En esa reunión se habló por teléfono de forma simultánea con el primer ministro británico, Tony Blair y el presidente del Gobierno de Italia, Silvio Berlusconi.

Aznar no dudó jamás en apoyar a Bush, por eso le pidió en varios tramos de su conversación paciencia y tiempo para convencer a los españoles. También solicitó que la resolución fuera redactada de manera tal que aplaque el mayoritario espíritu antibélico español.

Allí Bush, sin mayor atención, dijo que se la hará a beneficio de Aznar, porque él no estaba interesado en el contenido de la resolución. Una semana después del encuentro, una encuesta realizada en España daba cuenta que solo el 4,5 por ciento de españoles estaba de acuerdo con una intervención de sus soldados en el conflicto. Al final, a pesar de las presiones, el Comité de Seguridad no aprobó la resolución.

El 16 de marzo, la coalición integrada por EE.UU., España, Inglaterra e Italia, reunida en Azores, decidió invadir Iraq por su cuenta, argumentando que ese país no había querido cooperar con los inspectores de la ONU, en el momento de verificar supuestas actividades nucleares. Era una situación falsa porque el informe de los inspectores decía que no había programa nuclear en marcha y que la acusación se hizo con documentos falsos.

Ahora bien, lo revelado por diario El País ha sido una especie de ola que cada vez se hace más grande. Especialmente en España, donde se fortalece la posición de aquellos que promueven la imputación penal de Aznar. Por si no era suficiente el conocimiento del acta, el parlamentario del PP, Gustavo de Arístegui, lo admitió expresamente en un diálogo mantenido con Elena Valenciano en cadena SER. Allí están las declaraciones realizadas a la televisora Cuatro TV por parte de Mariano Rajoy, principal candidato del PP a la presidencia. El presidente del Partido Popular aceptó de forma inequívoca que la invasión de Iraq se realizó sin mandato de las Naciones Unidas. Una rectificación que hasta ahora ningún militante del PP había reconocido.

En la misma cadena, el editorial del analista Iñaki Gabilondo, calificó a Aznar como un gallo sin espolones que puso a España al servicio del “gran señor para lo que gustara. ¿Una guerra? Bueno, pues una guerra. Aunque el propio Aznar reconocía que eso cambiaba nuestra política de 200 años”.

En EE.UU. las reacciones fueron categóricas, aun en los medios aliados al régimen. Dan Froomkin, que firma una de las columnas más prestigiosas sobre la Casa Blanca en el diario The Washington Post, escribió el mismo miércoles, el día en que El País publicó la noticia, una píldora titulada Downing Street Memo Segunda parte en su columna de sal y pimienta.

Froomkin equiparaba el acta Aznar- Bush con el memorándum que difundió el periódico británico The Sunday Times en el cual se dejaba constancia de una conversación de Tony Blair con sus asesores el 23 de julio del 2002. Ese diálogo apuntaba que Bush ya había tomado la decisión de invadir Iraq y que la inteligencia y los datos a presentar debieran responder a esa decisión.

The Washington Post, en su edición del jueves, señala: “El acta ofrece un extraño pantallazo sobre cómo Bush se comporta con un líder extranjero con el que tiene confianza, ofreciéndole un punto de vista brutal y exhibiendo una determinación que lleva incluso a Aznar, un estrecho aliado a Iraq, a sugerir que Bush tenga un poco más de paciencia” en la marcha hacia la guerra.

El mandatario estadounidense expresa angustia y desesperación con los gobiernos que están en desacuerdo con él, advirtiendoles que pudieran pagar un precio. Dirige particular desdén hacia el presidente francés Jacques Chirac, uno de los mayores oponentes públicos a la invasión, diciendo que Chirac “se ve a sí mismo como Míster Arab”. La cadena de televisión estadounidense ABC resaltó una parte interesante de la conversación. “El acta revela a un Bush erróneamente optimista sobre el Iraq post-Sadam”. La prensa europea, por su parte, no manifestó menor interés que la estadounidense.

Corriere della Sera y La Republica (Italia) dedicaron varias páginas sobre la conversación entre Aznar y Bush, en la que también participaron, vía conferencia telefónica, el presidente del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi y Tony Blair.