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La derecha lleva lustros sin parir ideas políticas PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 09 de octubre de 2007

La alternancia es sana. forzará a la derecha a volver a la política. A las ideas. A los manuales donde la democracia es calidad de vida.Image

 

La derecha sigue a la deriva. Sin líderes, sin estrategia, sin norte. Tiene problemas porque, entre otras razones, hace lustros que no concibe ideas políticas. Su discurso se refugió en la economía. Sus voceros son técnicos con los ojos puestos en la macroeconomía y no en la práctica de grupos que, diciéndose liberales, han ignorado el mercado y cooptado el Estado. La derecha entiende poco de política contemporánea. Por eso es reactiva. Por eso frente a la alternativa ofrecida por las izquierdas con Rafael Correa, se guareció en ficciones (Correa es un mal cuarto de hora) o en presunciones ajenas a lo que buscan los ciudadanos.

La derecha, la vieja derecha, no hace política. De lo contrario, y puesta ante el triunfo de Correa, lo hubiera utilizado para hacer lo que gobiernos supuestamente liberales no lograron cuajar.

¿Interesan unas aduanas sin corrupción? ¿Educación de primera categoría en el sector público? ¿Un currículo acorde al desarrollo tecnológico? ¿Mejor salud pública? ¿Interesa una economía sin monopolios? ¿Un Estado con organismos de control manejados por profesionales eficientes y de carrera y no por politiqueros salidos del baratillo de ofertas? ¿Interesa la lucha contra la corrupción en las empresas privadas y estatales y ciudadanos que paguen sus impuestos? ¿Interesa un Estado que regule y proteja el interés público? Bueno, la lista de reformas políticas y económicas (para no hablar de las sociales y de otras) en que todos los ciudadanos decentes pueden reconocerse, no es infinita pero sí es inmensa. Pues bien: a nadie, del borde ideológico que sea, debiera molestarle que un gobierno, con fuerte apoyo social, haga esas reformas.

Por no haberlas emprendido la derecha no sólo paga la factura electoral: no tiene perfil político y ha desaparecido del terreno que habitualmente hace soñar a los ciudadanos.

Esa derecha ha sido ciega. Nadie esperaba que creyera ni que aplaudiera todo lo que propuso Rafael Correa en la campaña. Porque también propuso cosas arcaicas inspiradas en ideologías ahora polvorientas. Pero en vez de tomarle la palabra en algunos de esos temas, que vienen del liberalismo que inspiró a Alfaro, decidió volver al maniqueísmo más obsoleto: rechazó todo en conjunto. Como hacía la vieja izquierda en el pasado. ¿Qué hubiera ocurrido si en vez de enconcharse, hubiera empujado al Presidente a hacer esos cambios? ¿Lo urgiera a hacerlos? ¿Le criticara por no haberlos iniciado en absoluto en la mayoría de casos y emprendido con parsimonia que en casi todos los demás? La vieja derecha no se moderniza porque concibe la política como su propiedad privada. Y porque lejos de entender la alternancia política, como parte del juego democrático, la estigmatiza como un peligro. Esa derecha no se ve cediendo, concertando, negociando. Se ve, como se ve la vieja izquierda, usando al poder en forma monopólica y sin retorno. Se ve ordenando, desde el Congreso, la Fiscalía o las cámaras de la Producción, lo que tiene que hacer el poder de turno.

Desde ese punto de vista, la alternancia es sana.

Va a forzar a la derecha a volver a la política. A las ideas. A las tesis. A los manuales donde la democracia no es sólo procesos electorales: es sobre todo calidad de vida en todos los campos.

Esa derecha, que también en su momento ganó inventándose enemigos, no ha sabido diferenciar entre las tareas que tiene pendientes el país, y que deben hacer los gobiernos de cualquier borde que sean, y los reales problemas que el actual Presidente encarna: un populismo exacerbado, un caudillismo que no se compadece con los preceptos de la nueva izquierda que dice representar y la tentación, ante el vacío, de ocupar más poder. Lo que eso significa es que la izquierda no está exenta de demonios y por eso los demócratas no pueden, en ningún régimen y bajo ninguna circunstancia, firmar un cheque en blanco al poder. Una cosa es, entonces, la actitud vigilante y lúcida. Otra, la oposición ciega. Ese punto, el del cambio irremediable pero con contrapesos democráticos, es el que la derecha no halla y el que el Gobierno no acepta.