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El costo de la ceguera PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 09 de octubre de 2007
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El costo de la ceguera
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La derecha y el centro están de luto. Hay mea culpas en privado y promesas de unidad entre los perdedores. La realidad es otra y Rafael Correa puede dormir tranquilo.

 

El golpe ha sido mortífero para los perdedores del domingo 30. Hay ambiente de duelo, de entierro. Hay jubilados en lista y listas de nuevos directores técnicos que se ofrecen a tomar la posta.

En definitiva, hay arreglo de cuentas porque, aunque muchos preveían un fracaso, estaban lejos de imaginar una debacle. Un desastre, como dice Andrés Paéz, presidente de Izquierda Democrática.

Y para ver la dimensión, basta recordar las previsiones hechas en esos partidos y movimientos. Álvaro Noboa llegó a decir que esperaba 34 asambleístas. Tiene siete. Los socialcristianos se veían con un equipo de 14 asambleístas.

Tienen cuatro seguros. En el entorno de León Roldós se anunciaban unos quince y la posible presidencia de la Asamblea. Hoy suman cuatro. La Izquierda Democrática al final parecía resignada a sólo tener ocho. Por ahora tiene uno. Humberto Mata nunca dudó que estaría en Montecristi. Quizá no esté. La Unión Demócrata Cristiana presumía que tendría aunque fuera dos. No figurará entre los 130. Y hasta Eduardo Maruri, que con dos asambleístas parece haber tocado el cielo con los dedos, juraba que UNO tendría seis curules en la Asamblea… Claro, Maruri no es perdedor. Como no lo es enteramente Lucio Gutiérrez. Pero hacen parte de las tendencias —sobre todo de derecha— que ahora sí han tomado conciencia de que tendrán una larga travesía por el desierto antes de ser, o volver a ser, alternativa de poder.

Vanguardia analiza lo que se está haciendo en algunas tiendas de la derecha y en el centro para encarar la Asamblea y, principalmente, el nuevo poder representado por Rafael Correa.

 Hechos polvo: así resumió la campaña Diego Ordóñez, presidente de la Unión Demócrata Cristiana. Hecho polvo quedó también Jaime Nebot quien pasó, el 30, un pésimo domingo. Lo dicen sus amigos. Lo refrendan sus coidearios que no lo vieron aparecer el miércoles 3 en la reunión de la cúpula socialcristiana en el hotel Hampton Inn, en la 9 de Octubre, en Guayaquil.

El mensaje que recibieron lo resume uno de ellos citando un refrán popular: que cada uno baile con su pañuelo. Así Pascual del Cioppo, Nicolás Lappenti, Carlos Falquez, Luis Fernando Torres, Alfonso Harb, Lucía Burneo, Clemente Vásquez, Dimitri Durán y Alfredo Serrano comprobaron, otra vez, una evidencia que algunos en ese partido se niegan a aceptar: el Alcalde no asumirá liderazgo nacional alguno. Tampoco será candidato a la Presidencia.

Se dieron cita, entonces, aquellos que fungen de cabezas del partido y que creen tener votos. Y de esa reunión, donde incluso se dijo, para agravar el panorama, que Nebot duda en correr para la reelección en la Alcaldía, quedó claro que el PSC citará a un congreso de renovación ideológica.

Ejercicios parecidos, de reflexión y balance, se han programado en la UDC, en el Prian, en UNO, en la ID, la RED, Concertación Nacional Democrática...

En la derecha o centro derecha (ver el centro y la ID en los recuadros), la situación luce desesperada porque, además de la derrota, nadie vislumbra qué hacer para engranar un proceso de reconstitución de la tendencia. Álvaro Noboa, según Vicente Taiano, se considera el único representante de la derecha. Con el PSC no hablará porque lo ve como un competidor acabado. Pero el mismo Noboa tardó en hacer conciencia de su derrota. No la hizo el domingo de elección cuando la empresa Consultar, por pedido suyo, le indicó que obtendría a lo sumo 9 curules. Aceptó hacer un exit poll, propuesto por Sylka Sánchez, y en la tarde supo que el resultado era nefasto.

Luego puso su esperanza en el conteo rápido. El lunes, amigos y cercanos todavía usaban eufemismos para ratificarle los resultados: “en Guayas tenemos 2 de 18 asambleístas; en Los Ríos uno de cuatro…”. Noboa estaba feliz de haber sido elegido a la Asamblea. Pidió incluso una fiesta poco costosa para impedir que el TSE tuviera la tentación de imputársela al gasto. Pero con los días lo atrapó la realidad y, tras aceptar la derrota, dispuso recuperar sus bases, tejer nexos con los medios, hablar con Sociedad Patriótica... y esperar a que Rafael Correa se equivoque.

En el socialcristianismo, la línea evocada en el Hampton Inn es un retorno a las fuentes, con ligero perfume Opus Dei. Alfonso Harb, quien ha sido cercano a León Febres Cordero, lo corrobora: “Estamos diciendo a la dirigencia —dijo a Vanguardia— que basta de experiencias y de invitar a gente que no siente la ideología del partido”. Pero la unanimidad está lejos de instalarse en sus rangos. De hecho, algunos dirigentes ven esa opción, en lo ideológico, como la continuación de los errores cometidos en la campaña. Una fuerte inmersión en temas más morales que políticos y de un sesgo conservador inconfundible y fuera de foco. Esa visión explica otra que constituye el real punto de quiebre entre los dirigentes socialcristianos: unos quieren administrar el poder, por pequeña que sea la estructura de ese partido. Otros quieren abrirse a otras estructuras para acelerar así el movimiento de un péndulo que algún día será favorable a su tendencia.