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La calentura plebiscitaria o la democracia de papel PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 16 de octubre de 2007

El 70% a favor del Gobierno dejó al país sin vida pública. en vez de debates, basta oír lo que dice el Presidente, convertido en oráculo...

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¿Quién era Rafael Correa antes de la primera vuelta? Una voz. Sólo una. Y como tal era buscado por la prensa seria, que después él se dedicó a desacreditar. Una voz, entonces. Y decía lo que tenía en su conciencia.

Nadie, en el entorno mediático ni en el político, le pedía votos ni otra carta de representatividad para opinar. Pues bien: ese no es el ejercicio democrático que se está haciendo hoy a su alrededor. El 70 por ciento de votos a su favor es un argumento —el único, contundente e incontrovertible— para saldar cualquier interrogante.

Bajo esa premisa no hay de qué discutir. Basta con oír al Presidente o a sus colaboradores para saber para dónde y por dónde irá el país.

No hay necesidad de debate. No hay además con quién hacerlo porque entre los perdedores el Gobierno cuenta a todos aquellos que no hicieron parte del combo de la lista 35: parte de la Academia, los especialistas y los medios de comunicación… Los políticos tradicionales quedaron peor. Con ellos no hay para qué perder el tiempo. Cualquier debate, además de vacuo, luce ingenuo, casi heróico y hasta antiestético...

Así el país vive una calentura plebiscitaria que no augura nada bueno para la incipiente cultura democrática. La onda es tan abrumadora que hasta en el Congreso hay diputados que, en plena depresión, se ofrecen gratuitamente como verdugos de sí mismos. Nadie hubiera podido imaginar tanta capacidad de sacrificio.

Lo increíble no es sólo eso: es que algunos tomen fantasmas por realidades. Mauricio Larrea, presidente de la Comisión de Asuntos Internacionales del Congreso, dijo a esta revista algo excepcional: refiriéndose a la relación comercial que el Gobierno establecerá con Irán, afirmó que el alejamiento con el norte (o el acercamiento a países afines ideológicamente) goza de apoyo en el país. “Por eso —dijo— votó mayoritariamente la población”. Dicho de otra manera, él no planteará ese debate. No lo hará como individuo (una voz), ni como congresista (elegido por miles de electores), ni como presidente de su comisión. Lo da por sentado. Mauricio Larrea no está equivocado, al parecer.

Hace parte de la nueva onda política que consiste en dar por sentado que el país votó por cualquier cosa que diga el Presidente. O proponga su gobierno. Y esto a pesar de que abrir relaciones comerciales con Irán no figuró en propuesta alguna del Presidente. Ni en las de su lista. Como tampoco figuró “alejarse del norte” ni peor aun cambiar a pésimos interlocutores (Bush y compañía) por regímenes impresentables.

Dar por sentado ahorra trabajo, no crea malentendidos ni desfases con ese 70 por ciento que ahora ni siquiera tiene que preguntar. Basta y sobra con que el Presidente, convertido en oráculo, sepa a dónde va. Eso explica que en vez de más, haya menos debates. Y que en vez de la pasión política por la nueva etapa, la vida pública arrastre una indiferencia inconfesable que, por supuesto, no se refleja en los sondeos. Es lógico: todo lo resolverán Correa y sus amigos en la Asamblea. De hecho, están anunciando medidas trascendentales que pasan casi desapercibidas.

La reelección por ejemplo. El Presidente la anunció por dosis homeopáticas y la oficializó diciendo que ese era el tema 501 de sus preocupaciones.

Pero en su entorno y en la opinión se dio por sentada antes de debatir siquiera uno de los otros quinientos temas que tampoco valen un debate con nadie. Ni siquiera dentro de la alianza ganadora donde los amigos del Presidente, que antes no compartían todas sus visiones, ahora las adoptan con una naturalidad desconocida.

Ese debe ser sin duda el renacer de la democracia en el país: disponer de un superpresidente que ejerce el poder con un aire de tener todo resuelto.

Y con una opinión que, en algunos casos —en el de los políticos tradicionales es patético— ya ni siquiera reclama el derecho al pataleo. ¿Eso es sensato para el ejercicio del poder? ¿Es sano para la buena salud democrática de un país sin instituciones y sin organizaciones mediadoras? Lo cierto es que este rato de democracia plebiscitaria es penosamente chato para la democracia.