REVISTA VANGUARDIA
El cambio real empieza cuando acaba el disimulo
| El cambio real empieza cuando acaba el disimulo |
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| José Hernández | |
| martes, 23 de octubre de 2007 | |
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¿Cómo puede surgir tal revolución ciudadana de unos postulados públicos que, en definitiva, sólo buscan congraciarse con las masas?
Administrar la realidad es decir las cosas por su nombre. Y esa actitud es un acto democrático y profundamente pedagógico en una región boyante en discursos y productora de un tipo de política basada en la oratoria vacua y en los lemas. Pero esa actitud es sobre todo un acto de salubridad pública. Porque conectarse con la realidad—real equivale a andar con antenas y potentes polos a tierra. Los sicólogos llaman aquello el principio de realidad. Y sólo ahí, frente a lo que existe, se puede hablar de ciudadanos maduros y gobiernos responsables. Al parecer, tampoco este gobierno está decidido a tratar a los ciudadanos como adultos. Dos hechos recientes —pero dos de una larga lista— lo muestran. Cuando Transparencia Internacional dijo —como cada año— que Ecuador ocupa los peores puestos (150 de 180 este año) entre los países más corruptos, algunos dignatarios del Gobierno lo negaron. Se dijeron escandalizados, como se han dicho los dignatarios de derecha. Y en coro volvieron al discurso desdeñoso en el cual confluyen estulticia y nacionalismo de dos reales. ¿Acaso hasta en las campañas no se dice —y lo dicen incluso en Alianza País— que por corrupción se pierden dos mil, tres mil, cuatro mil… millones de dólares? Parece imposible fijar una suma definitiva. Sin embargo, lo que dicen los candidatos es que están convencidos de que la corrupción es tan grande y está en tantas partes, que alcanza cifras faraónicas. Y aquellos que los oyen, que tienen la misma percepción, no los corrigen y hasta votan por ellos porque creen que harán algo para menguar esa atrocidad. Pues bien: tampoco a la izquierda, ahora en el poder, le gusta la realidad. También ella prefiere negar las evidencias y acariciar los instintos en vez de cultivar la razón. Acaba de pasar, otra vez, con la lectura que hizo la semana pasada la SIP sobre la libertad de prensa en el país. Ante las denuncias, Julia Ortega —una mujer razonable y lúcida, ahora a cargo de la Secretaría Nacional de Comunicación— también optó por la lengua de madera… Así el poder transforma a sus adoradores y los lleva a cambiar la forma como se relacionan con la realidad. En vez de admitirla, la desmaterializan hasta convertirla en cascarón de disimulos. ¿Cómo puede surgir la supuesta revolución ciudadana de unos postulados públicos que, en definitiva, sólo buscan congraciarse con las masas? ¿Cree realmente el régimen que cambiando de nombre a las cosas, le da un nuevo contenido a la realidad? Lo que es innegable es que se está volviendo, de la mano de esta izquierda, a los mitos de los años setenta que tanto daño hicieron al país. Y esto es evidente, por ejemplo, en la relación que la opinión está estableciendo con el sector petrolero. Hay petróleo, precios altos, partidas y más partidas, subsidios a granel... Alberto Acosta, como pocos intelectuales, ha hablado de la maldición del petróleo. Lo curioso es que la nueva maldición, que ya se está fraguando un puesto en el imaginario social, ya no será producto de la derecha impresentable, sino de los amigos de Acosta, ahora en el poder. Se dirá que no es cierto. ¿Quién en el régimen dice que apenas en veinte años este país no podrá gozar de las bondades que, aunque mal administradas, ha prodigado el crudo? ¿Y que en vez de agravar la dependencia de los ingresos petroleros y de las protecciones arancelarias, el país debe instalarse en una etapa en la cual nada logrará sin más trabajo, equidad, responsabilidad y visión? El país votó por el cambio. Enhorabuena. Entonces habría que aterrizar a los electores y eso empieza por un ejercicio: acabar con la lengua de madera. |









