REVISTA VANGUARDIA
El precio oculto que pagan los emigrantes
| El precio oculto que pagan los emigrantes |
|
|
|
| Gloria Camacho | |
| martes, 30 de octubre de 2007 | |
|
En un país que culpa a la víctima por lo que sufre, los ecuatorianos prefieren callar su malestar. El ataque en Barcelona lo evidencia. La agresión a la joven ecuatoriana en Barcelona, por parte de Sergi Martín, evidencia una cultura de la intolerancia al otro, al diferente. Esto supone un alto precio emocional que las y los emigrantes, en la mayoría de los casos, tienen que pagar por integrarse a una sociedad receptora: el precio de perder su libertad y de ocultar su padecimiento. Ese sufrimiento obviamente es más agudo en los primeros días de su estadía en el país extranjero. Estar en un contexto nuevo, con códigos diferentes —en el caso de Barcelona incluso con una lengua distinta— aviva un sentimiento de encierro y de no pertenencia a nada. En el 2006, realicé una investigación con ecuatorianas emigrantes en ciudades españolas. El 61 por ciento respondió que había sufrido algún tipo de explotación en sus trabajos. Las primeras consecuencias eran el aislamiento y la contradicción en sus sentimientos. Por ejemplo, muchas daban testimonio de depresiones severas y quienes tenían hijos experimentaban una suerte de dislocamiento emocional, al cuidar niños ajenos mientras que los propios permanecían en Ecuador. Esta sensación de impotencia se acentúa en tanto muchas de las ecuatorianas, citadas en la investigación, tienen altos niveles de escolaridad —un 16 por ciento con estudios superiores— por lo cual sienten que bajan de categoría ocupacional y prestigio profesional. Pueden ganar más, pero se reconocen subutilizadas en sus capacidades, subestimadas intelectualmente. De esta manera, los ataques de racismo y xenofobia contra las y los emigrantes exacerban prejuicios y estigmatizaciones. Una emigrante narraba que los niños que cuidaba eran muy apegados a ella, hasta que un día los papás dijeron que no se dejaran abrazar porque ella podía contagiarles una enfermedad. Otra, en cambio, contaba que cuando se iba a dormir los dueños de casa instalaban una alarma en la puerta del dormitorio para impedir que saliera en las noches, incluso al baño. A esto sigue una sistemática acusación de que los emigrantes vienen de países tercermundistas donde la gente se muere de hambre... Estos abusos, en consecuencia, ponen en crisis los referentes de origen y los sentidos de autodefinición de las y los emigrantes: ese sentimiento de no ser de ningún lado... En un balance de pérdidas y ganancias, los trashumantes distinguen, en suma, que han perdido su libertad. Al comienzo, la mayoría se instala en casas para el servicio doméstico, primero porque es el empleo de mayor demanda, y segundo porque es un refugio ante las amenazas de la calle. Pero esa aparente calma es un simulacro que oculta la tensión de vivir perseguida o perseguido por no tener papeles. Ahora, gracias a los medios electrónicos —teléfonos celulares, videochats, correos electrónicos—, mediante los cuales hay una reconstrucción virtual del espacio emotivo de la familia y la tierra, se apuntala esa dimensión afectiva incompleta de los trashumantes y se recrea el ánimo y el carácter para sobrellevar cualquier situación. No obstante, hay que precisar que no todo el entorno del emigrante es amenazante y muchas personas son bien acogidas. Para otras, la migración es la última salida cuando en sus lugares de origen han vivido abusos más graves: familias antidemocráticas, problemas de género, violencia intrafamiliar... Aunque el impacto por llegar a un nuevo escenario se relativiza cuando se lleva una pesada carga de atropellos desde los hogares. Y ésta es una de las principales razones por las cuales las ecuatorianas en el exterior ocultan su malestar. Vivimos en una cultura de fuerte presión social en que se culpabiliza a la víctima por lo que está sufriendo. La persona prefiere callar su dolor para evitar que la ataquen más, porque ésta es una sociedad en la cual todos advierten y aconsejan. Pero nadie comprende. Por ello, el ocultamiento es una estrategia de autoprotección, para que la autoestima del emigrante no se vea más afectada por la sanción. Entonces, la migración es un espejo que no sólo refleja los abusos en el país receptor sino también los prejuicios de los que se quedan. |








