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El socialismo es otro de los malentendidos PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 30 de octubre de 2007

Rafael Corr ea juega el papel de exorc ista. Por eso esconde la pelota, multiplica los efectos y sobre todo rehúye definiciones y debates. Image

El socialismo del siglo XXI no tiene acogida en la opinión pública. Y ese dato, salido de un sondeo de Santiago Pérez, revela más de un malentendido que tiene el régimen con el país que lo apoya.

Rafael Correa se ha vendido —lo ha vendido el publicista Vinicio Alvarado— como un producto diferente. Él es, en teoría, lo que no son los otros, aquellos que estaban y a quienes él y su grupo reemplazan. Él es, entonces, una construcción ideológica—política que no ha necesitado explicitar sus contenidos. Es simplemente la negación de lo que había. O, dándole la vuelta, la concreción de las expectativas que duermen desde hace lustros en el imaginario del electorado.

En cualquier caso, son los electores quienes han terminado cargando de atributos a un producto cuyos contornos políticos e ideológicos siguen siendo ambiguos. En ese caso, los electores lo han convertido en una suerte de tótem, cuyo deber más imperativo es existir. Él es una suerte de vengador de viejos traumas sociales e históricos del cual se esperan buenas presentaciones.

El Presidente juega el papel del exorcista, y parece saberlo. Debe saberlo. Por eso esconde la pelota, no comparte la iniciativa, rehúye el debate y hace del espacio público una tarima donde él, también convertido en prestidigitador, multiplica los efectos. Cuando la opinión quería saber el perfil de su régimen, él se entretuvo hablando de gorditas horrorosas y bestias salvajes.

Cuando se preparaba el plebiscito a favor o en contra de una Asamblea todopoderosa, con un estatuto poco democrático, él se enfrascó en una dura pelea con los pelucones y Jaime Nebot en Guayaquil. Y ahora que hasta en sus filas se quiere centrar el debate sobre lo que ocurrirá en Montecristi, abre un frente con las petroleras y otro con Nebot y Paco Moncayo; un alcalde tan discreto que muchos extrañaron su silencio en estos meses de vértigo en el país.

Correa no quiere definiciones. O mejor: su fuerte es la indefinición, la ambigüedad, en la cual él y sus amigos tienen todas las ventajas. Porque ellos son los únicos que conocen objetivos, tiempos y mecanismos. Por eso nada, o casi nada, se sabe del famoso socialismo del siglo XXI. Y la opinión que votó por él, no votó por ningún socialismo. La contradicción es evidente y explicable.

La gente no ha votado por el programa que el Presidente dice haberle planteado. No hay, entonces, adhesión a ideas con sello ideológico.

Un porcentaje importante de los encuestados —y hay que recalcarlo porque los sondeos son oro en polvo para el Gobierno— dice querer reformas, cambios. Así, en general. Y el Presidente, que encarnó el anti sistema para mantener movilizada a una opinión esperanzada, puso un paraguas a las expectativas creadas: las llamó socialismo del siglo XXI. ¿Qué tipo de socialismo? ¿En qué innova con respecto a lo que hicieron Los Verdes en Alemania o piensan y hacen los nuevos grupos socialdemócratas en los países nórdicos? No se sabe. Pero el Presidente y sus amigos se sacaron de debajo de la manga la cuerda, siempre sensible y oportuna, del nacionalismo. El socialismo del siglo XXI —dijeron— será ecuatoriano.

Y como una obviedad nunca luce, dijeron otras y otras, hasta llegar a una fórmula salvavidas: el socialismo del siglo XXI está en construcción. Debate abortado y concluido. Así, mientras se construye (¿quiénes lo teorizan, dónde lo hacen, cuándo lo hacen), el régimen usa la etiqueta como un fetiche de mercadeo.

Fetiche porque, en realidad, ni hay definiciones ideológicas y programáticas ni hay certeza de que esa denominación perfile políticamente al Movimiento País. Todo lo contrario. El sondeo señalado dice que la adhesión de la opinión a Rafael Correa es personal. Y dice, igualmente, que el socialismo del siglo XXI interesa apenas a la mitad de los que apoyan políticamente a su régimen. La diferencia indica que el paraguas escogido no convoca y que, si el régimen profundiza en una dirección contraria a las expectativas confusas que suscitó, su base política puede diluirse con la misma rapidez con la que creció. Al fin y al cabo, se trata de otro malentendido.