REVISTA VANGUARDIA
El karma presidencial
| El karma presidencial |
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| Revista Vanguardia | |
| martes, 30 de octubre de 2007 | |
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Rafael Correa no entiende al periodismo de opinión. Como los viejos políticos, tacha de opositor a quien no piensa como él. Vanguardia analiza, con algunos de sus críticos, los pormenores de una pugna insalvable. A Rafael Correa no le gusta el periodismo de opinión. También él, como los políticos tradicionales, sueña con una prensa que cubra su actividad, exalte sus mensajes, nunca dude y dé absoluta prioridad a su punto de vista. En su caso, esa expectativa se basa en un dato que le es favorable: más del 70 por ciento del electorado le hace confianza y ha votado por sus tesis. O por sus listas. La visión que el Presidente tiene es redonda: el periodismo consigna lo que ocurre. Y ocurre que él tiene un inmenso apoyo en el país. Conclusión: los medios de comunicación deben reflejar esa corriente. Los editorialistas, sin duda, también. Como notarios mudos cuyo trabajo es registrar. Sólo eso. Desde su llegada al poder —y quizá desde antes— el Presidente ha dado pruebas de no entender lo que es el periodismo de opinión, cuya tradición en el país tiene figuras insignes: Eugenio Espejo, Juan Montalvo, Benjamín Carrión... De ahí que Rafael Correa denigre ese periodismo, mire de lado a los columnistas y convierta en vocero de la oposición a toda voz o pluma que no coincida con él. No sólo estigmatiza ese periodismo. Ha tomado medidas en su contra. La más flagrante la hizo pública él mismo, en una entrevista en “Uno opina”, de Canal 1, cuando confesó que había instruido a sus ministros para que no fueran a los espacios que dirige Carlos Vera, en Ecuavisa. Jorge Ortiz, en Teleamazonas, casi resulta víctima de la misma prohibición. Correa no es original. Antecesores suyos tuvieron actitudes parecidas contra prácticamente los mismos periodistas o columnistas que se expresan libremente y sin mirar sondeos y, en muchos casos, comparten valores y principios. Ellos saben que las mayorías políticas son volátiles y que los cargos públicos son efímeros. Vanguardia analiza, con algunos de los actores, el enfrentamiento del Presidente con este tipo de periodismo y vaticina que, miradas las características, de lado y lado, esta pugna seguirá y será insalvable. Carlos Vera dice hoy que se equivocó. Que no sacó a tiempo las conclusiones de los brotes que anunciaban días aciagos: la bronca de Rafael Correa con los diarios Expreso y Hoy en un debate en la Cámara de Comercio. El maltrato a un niño. A una señora que llamó a Radio Tropicana y el candidato la mandó a pastar chivos… Vera dice que no se investigó suficientemente al personaje “porque de haberlo hecho, no habría resultado electo”. Se equivocó porque lo apoyó a pesar de que “se lo veía visceral”. Se equivocó y lo ha dicho en su columna que tiene en El Comercio. Cualquiera pudiera estar tentado de decirle a Vera que arregle, en la intimidad, las variables de su sindéresis. Pero no es tan simple: él es el periodista estrella del canal que, según el sondeo hecho por Santiago Pérez para el Gobierno, es el que lidera la sintonía. Él sale cada día, cada domingo, transmitiendo sus percepciones y convicciones a los televidentes. Ése es su privilegio. La prerrogativa de un periodista de opinión. Jorge Ortiz, en Teleamazonas, está en las mismas condiciones. Es un periodista crítico desde siempre. Lo fue contra León Febres Cordero. En la época de Rodrigo Borja fue disidente. Fue él el primer periodista a quien Abdalá Bucaram insultó con nombre propio. Fabián Alarcón lo vetó. Con Jamil Mahuad, de quien fue amigo en la universidad, tuvo discrepancias hasta romperse por completo los pocos nexos que los unían. “Uno se siente con la obligación de andar con lupa en mano, buscando las costuras del poder. ¿Puede uno exagerar? Es posible, pero esa actitud no ocurre con este Gobierno, ha sido permanente”. Carlos Jijón, director de los noticieros de Ecuavisa, no dice otra cosa cuando confiesa que ha mantenido una posición crítica con los gobiernos de Gutiérrez, Bucaram, Alarcón… Andrés Mendoza, Presidente de AER, recuerda que durante el Gobierno de Febres Cordero hubo medios clausurados como el suyo, Radio Atalaya, en Guayaquil. Es decir, Correa está frente a gente curtida. La hay en la prensa escrita, cuya fortaleza editorial es compartida por El Comercio, Hoy, Expreso, La Hora... La hay también en radio, donde el debate político y la libertad de tono tiene nombres: Democracia, Visión, Quito, Centro, Tropicana... El periodismo de opinión es eso: un medio, una voz, una conciencia, una persona en la cual —dice Emilio Palacio, editor de opinión de El Universo— “la sociedad, a medida que se vuelve mediática, concreta las ideas”. Por eso, él (protagonista de una gran bronca con el Presidente), Ortiz, Vera, Jijón y Mendoza no admiten ser portavoces de algún sector o servir a sus intereses. “La ventaja de un periodista es que no necesita ser popular —dice Jijón—. Un periodista no quiere ganar elecciones. No tiene que calcular ni conceder y puede decir libremente lo que piensa”. Emilio Palacio amplía las razones por las cuales mezclar periodismo de opinión y oposición es un sin sentido. “Oposición implica ser alternativa política. ¿Sería responsable ser oposición y no ofrecer un cambio? El periodista sólo opina”. En el fondo, cada periodista de opinión o columnista es una isla y hace el oficio de un solitario que, para opinar, anda lejos de los sondeos y de los resultados electorales. “La verdad —dice Jorge Ortiz— no depende del porcentaje de aprobación. Galileo Galilei fue condenado y seguramente lo veían como un loco, aunque tenía la razón”. Sin entrar en los archivos nefastos de la inquisición, todos recuerdan la volatilidad de las mayorías políticas. ¿Acaso ese mismo electorado no votó por Abdalá Bucaram y Lucio Gutiérrez, el hombre que Rafael Correa presenta como su antítesis? Aquello de la voz del pueblo como la voz de Dios suena, en este medio, a broma de poco vuelo. ¿A quién, entonces, representan los periodistas de opinión? “Yo –responde Vera– represento a un ser humano decente”. Y si se le pregunta si él encarna las posiciones del canal donde trabaja, su respuesta desarma. “La pregunta es al revés: ¿cuánto comparte el canal mis posiciones? Pienso que muy poco. Destaco el enorme respeto que hay a mis conceptos y a mi estilo. Procuro no contrariar ni frecuente ni públicamente las posiciones del canal, pero en algunos casos es inevitable”. El poder sabe la fragilidad institucional del periodista de opinión. Y es conocido que muchas veces quiere acallar esa voz, presionando al medio. Jorge Ortiz estaba fuera del aire cuando cayó Lucio Gutiérrez. Vera vive en este momento un bloqueo oficial. El Presidente mantiene, en efecto, la prohibición para sus funcionarios de ir a sus espacios. ¿Qué ha tenido que hacer? “Aproximarse a los hechos a través de funcionarios de segundo o tercer nivel en ciertos casos”. Pero aun allí “a veces me he dado tortazos”. La prohibición ha permeado en una administración temerosa de un jefe que se dijo vejado por un supuesto insulto de Vera. Pero éste recuerda que, en materia de insultos, el presidente Correa no tiene que envidiar a nadie. Dijo muchos en su contra y él, en buen romance manabita, se los devolvió. Ahí no está, en todo caso, el fondo del debate. Jorge Ortiz no parece salir de su asombro cuando recuerda que la gente de Alianza País que hoy lo acusa de tener una actitud negativa, en otras oportunidades, cuando él criticó otros gobiernos, había alabado su actitud. “Lo que olvidan —dice— es que quien está en el poder está sujeto a la crítica, a la observación, al cuestionamiento. Es una verdad que en una sociedad democrática no puede alterarse por más que resulte desagradable para quienes están en el poder”. Jorge Ortiz no cambiará. No hay arrogancia de por medio. No se siente dueño de la verdad, pero tiene “una larga trayectoria de periodista crítico como para volverme hoy un periodista complaciente y silencioso”. Carlos Vera y Emilio Palacio han adecuado la estrategia de comunicación, para no herir susceptibilidades en sus audiencias, pero mantienen las posiciones de fondo. “Me siento —dice Vera— como una opción para denunciar”. Y se defiende de que se lo vea acumulando energía mediática para una futura carrera política. De hecho, cuenta que César Montúfar y Juan Fernando Salazar —sólo cita esos dos nombres— le insistieron para ir a la Asamblea Constituyente. Jijón tampoco se mueve. Si hubiera que resumirlo se podría decir que para él los sondeos nada saben de principios democráticos. Sondeos que le sirven al Presidente para librar una batalla de opinión en la cual la primera damnificada puede ser una actitud. La misma que Correa ejerció cuando era un profesor universitario: dar libremente y sin temor su opinión, porque de opiniones libres está hecha la democracia. |








