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La academia en el país gatea tras la realidad... PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 06 de noviembre de 2007

 ¿Por qué el régimen de Rafael Correra, salido en parte de las universidades, suscita tan pocos debates entre los intelectuales? Image

 

¿Hay intelectuales en el país? Y si los hay, ¿dónde están? ¿Qué hacen? ¿Cuál es hoy su función frente a un régimen que, con tantos votos en las urnas, ha convertido al Presidente en una suerte de oráculo? Más exactamente, la pregunta es: ¿hay posibilidades de crear pensamiento y producir ideas que incidan en el ámbito público y compitan con las que pone a circular el régimen? La pregunta pudiera involucrar a los medios de comunicación y, en especial a la televisión, que acabó con los programas de opinión. Los acabó o los castiga, en forma vergonzosa, programándolos en horas o días imposibles. La respuesta —respuesta automática— es que esos programas gozan de baja sintonía. Obvio: ese es el resultado de la forma como la televisión ha tenido alejados a los televidentes de los temas públicos. La respuesta no sólo es mentirosa. Es una coartada. Es el reconocimiento paladino de que la televisión no forma, ni reta a la audiencia. Ve al televidente como un consumidor y no como un ciudadano. Si lo público no es una prioridad para la población, la televisión tiene una alta cuota de responsabilidad.

¡Y después en esos mismos canales se dice que los electores votan mal! Pero la pregunta del rol de las ideas ante el actual régimen concierne sobre todo a la academia. A su capacidad para procesar intelectualmente la contemporaneidad, volverla pensamiento y devolverla a la sociedad. Y la concierne porque la impresión que existe es que la academia va atrás, lejos, totalmente relegada de los procesos vertiginosos que producen la tecnología, la ciencia, la sociedad y, en este momento, también la política. Las universidades y centros de altos estudios siguen pagando tributo a un prurito que los llevó a dar la espalda al país real y a encerrarse en una burbuja. El resultado es desolador para las nuevas ideas. Un ejemplo, extraído de este ambiente de cambios que está viviendo el país: ¿dónde están los ensayos académicos sobre el movimiento forajido? Sin esos trabajos, sin los debates en la prensa y en la televisión, la sociedad no pudo entender lo que le ocurrió durante la caída de Lucio Gutiérrez. El desdén periodístico por ese movimiento hizo el resto. Y sin embargo, los forajidos —los anónimos no los oportunistas que terminaron con cargos— forjaron y encarnaron un punto de inflexión en la vida pública del país. Y ese fue un momento, de otros muchos, que explican la llegada al poder de Rafael Correa.

Pues bien: hasta ahora no ha sido puesto en perspectiva en ensayo alguno.

La academia gatea tras la realidad. Se dirá que hay muchos estudios y que hay centros académicos cuya producción editorial supera con creces la de las editoriales privadas. Y sí, es cierto: muchos de esos libros son, en la forma y en el fondo, ortodoxos y aburridos, destinados desde su concepción a ser leídos por los mismos académicos.

O sus estudiantes. En claro, la academia gira en torno a sí misma. No ha encontrado ni el tono ni la forma de acercarse a la sociedad.

No juzga —de lo contrario procedería de otra forma— que su producción intelectual sirve. Y en ese verbo se ocultan otros: inquietar, retar, dislocar, provocar, formar, dialogar, disentir… La academia no concibe la realidad social y política como un sujeto que en algunas de sus aulas debe ayudar a procesar. Y como esa preocupación es relativa, los referentes siguen siendo, en algunas universidades, tan anticuados que a pocos extraña ver al Presidente resucitar íconos y canciones de barricada. Hay perfume de correísmo en muchas aulas. Quizá ahí radique parte de la respuesta a la pregunta: ¿por qué este régimen, salido en parte de la academia, suscita tan pocos debates entre los intelectuales? ¿Por qué la academia no disecciona los procesos que están en curso? ¿Por qué causa tan poca conmoción intelectual ver al Presidente y a sus aliados convertir sus diferencias en patrimonio privado, cuando se trata de debates sobre el devenir del país y de sus libertades? ¿Acaso uno de los roles esenciales de los intelectuales no es escarbar en las zonas oscuras que produce irremediablemente el poder?