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¿Relevo ineludible en el puerto? PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 06 de noviembre de 2007

Las élites del puerto no hallan una estrategia frente a la ofensiva de Rafael Correa. Vanguardia muestra el escenario de lo que pudiera convertirse en una ‘guerra cívica’ con el régimen, según la expresión de Nebot.

 


 ¿Se dijo tsunami? Eso ha sido —eso sigue siendo— Rafael Correa con su régimen entre las élites tradicionales guayaquileñas. No les ha dado respiro. Las ha insultado. Las ha vituperado. Las ha tornado en objeto de burla al convertirlas en la categoría social de moda: los pelucones.

Así se sienten estas fuerzas vivas que dicen no entender por qué el presidente Correa ha emprendido, además, una campaña de agresiones contra Guayaquil. Y cuando dicen agresiones, enumeran una lista en la cual ya figuran los ataques que, según ellos, tiene preparados el Ejecutivo: la terminal terrestre, las fundaciones, la Junta de Beneficencia… Cuando eso ocurra, dicen, se colmará la paciencia que, poco a poco, el régimen ha ido desgastando al trasladar la Subsecretaría de Pesca, impedir que el puerto sea administrado por la ciudad, expropiar El Telégrafo, cercenar a Guayas, atacar la Comisión de Tránsito de Guayas, la Junta Cívica, el aeropuerto José Joaquín de Olmedo… “Lo más importante —dice Carlos Estrada, presidente de la Junta Cívica— es el sentimiento de indignación que esto está creando no sólo en los directamente afectados sino en la colectividad. Eso va creciendo”.

Guayaquil es un hervidero. Los ataques a la ciudad y la actuación Rafael Correa son objeto de encuentros provocados y espontáneos, cuyos intereses y estrategias no siempre coinciden. Entre los últimos se citan el del 26 de octubre, organizado por Jaime Damerval en la Plaza San Francisco. El 29, Jaime Vernaza Trujillo, ex intendente de policía durante la dictadura militar, organizó uno en el Tenis Club. Entre los 100 asistentes recogieron los 400 dólares necesarios para financiar la placa de la infamia, donde constarán los nombres de los diputados que aprobaron la provincialización de Santa Elena.

José Bolívar Castillo, “ese lojano”, la encabezará.

Una empresaria refirió a Vanguardia un almuerzo dominical en una hacienda que tomó el cariz de un mitin político.

Los propios autonomistas, amigos del matemático Illingworth y Henry Raad, que se vienen reuniendo los jueves, desde hace ocho años en Bopan de Urdesa, apuraron el paso: se ven todos los días desde hace tres semanas. Gloria Alarcón, presidente de la Cámara de Comercio, acepta que ha mantenido reuniones con el Alcalde y el Prefecto desde hace tres semanas. Con ellos “se planteó la idea de convocar a líderes religiosos, de gobiernos seccionales de la ciudad, de la Junta de Beneficencia y de la Cruz Roja, para armar una estructura ciudadana cívica e independiente”.

Gloria Alarcón apoya integralmente a Jaime Nebot “para no permitir que el Presidente siga fustigando a la ciudad”.

Sin embargo, reconoce que “aún no hay una tesis de grupo. Y creo que allí nos cogieron desprevenidos y dormidos”.

La comprobación de la señora Alarcón es clara: los guayaquileños que antes se cerraban como un puño alrededor de los líderes socialcristianos, hoy están divididos. Lo comprobó el propio alcalde hace un par de semanas cuando preguntó a los dirigentes de las cámaras de la producción cuán fuerte era el factor cívico frente al factor económico.

Y esto no sólo en la dirigencia sino entre los afiliados.

Nebot llegó a proponer —quizás para tantear el terreno— medidas extremas, como el cierre de comercios, como protesta contra el régimen. La duda se evidenció en forma inmediata.

“Los empresarios —recuerda Andrés Mendoza, presidente de AER-Guayas — dijeron que no podían apoyar aquello porque son conscientes de que la mayoría de comerciantes vive de lo que trabaja diariamente”.

Nebot citó el caso de Rodrigo Ycaza Cornejo quien, en tiempos de la dictadura, cerró el banco como protesta pero pagó el día a sus empleados.

“¿Quién sigue su ejemplo?”, preguntó el burgomaestre. Los representantes de las cámaras se comprometieron a dialogar con sus afiliados. Están conscientes de que no todos simpatizan con el directorio y que en sus filas hay un porcentaje — indeterminado por ahora pero real— favorable al régimen. Esto está obligando a las élites tradicionales a crear verdaderos separadores de aguas. Los dirigentes cercanos a Nebot quieren dejar en claro que no se trata de apoyar al Alcalde sino a la ciudad.

Organizaciones como la Junta Cívica toman distancia del poder socialcristiano, como lo dice Carlos Estrada, su presidente: “con el fin de alcanzar el poder político se está tratando de destruir todo lo que está ligado a las figuras locales que antes lideraban. No tenemos nada que ver con ese poder político”.

El propio alcalde quiere —dice uno de sus asesores— “plantear un liderazgo provincial que haga resistencia al Presidente de la República. Se está buscando gente y se espera que llegue sola de las instituciones deportivas, gremiales, culturales, Junta de Beneficiencia, discapacitados…”. Nebot ha entendido que en la nueva coyuntura no puede contar con los gremios que gozan, por sus prácticas, de connotaciones elitistas.

La Junta Cívica, sobre todo, y las Cámaras de la Producción. “Él quiere —dice la misma fuente— que los liderazgos los asuman grupos sociales, empresarios no tan conocidos, gente que no haya sido tan fogueada en política y que no haya estado metida en casos de corrupción”. La estrategia de Nebot es forjar la estructura ciudadana de la que viene hablando desde que se alejó públicamente del Partido Social Cristiano. Sin embargo, Nebot rema a contracorriente. Aquellos que mejor lo conocen saben que tras su aparente serenidad, hay un hombre que siente que quisieran acorrarlo. Que sabe que Correa necesita tener el control político de Guayaquil para poder realmente decir que controla al Ecuador. Y que ahora, por cálculo político o por necesidad electoral de cara a las próximas elecciones seccionales, Alianza País está tras su cabeza.

Nebot ha diversificado, entonces, la estrategia. Por un lado, espera que el clima se caldee como resultado de la embestida presidencial. Por ahora, no habrá manifestaciones ni protestas públicas. El vértigo de Correa, se dice en su entorno, lo llevará a cometer errores. Entretanto, el Alcalde cuida su popularidad y expande su base social con visitas a sectores populares donde ha consagrado parte de su obra municipal.

Su empeño principal es fortalecer una estructura social, no política, que le permita, concreta la fuente, “defender el civismo, los derechos de la ciudad y de la producción y ganancias que tiene la ciudad como tal”.

La estrategia es la adecuada, dice un periodista político de Guayaquil. “Todo lo que haga Nebot como alcalde encontrará eco en la opinión. Todo lo que haga como político, favorecerá al régimen”.

Como quiera que sea, Correa ha dañado la calidad de vida a Nebot. Lo ha dejado sin sus principales relevos de opinión. Ha sembrado la duda sobre la transparencia de su gestión. Lo redujo a líder local y ahora su segunda reelección, en octubre del 2008, está en manos de Acuerdo País. La pueden prohibir en la Constitución. El panorama político de Nebot lo agravan los autonomistas, a los cuales siguió cuando el Concejo Municipal decidió llamar al aeropuerto José Joaquín de Olmedo en vez de Simón Bolívar. Los autonomistas extreman la salida y, de paso, critican, en forma vehemente, a los aliados tradicionales de los socialcristianos.

“Los círculos de influencia que trabajan en torno al Alcalde deben multiplicarse y en algunos casos abrirse de él —dice Juan José Illingworth, ex diputado del Guayas—. Se requiere más participación ciudadana. En términos generales se puede decir que hay un estilo en los gremios y en las entidades como la Junta Cívica, la Junta de Beneficencia, la Sociedad Filantrópica, las cámaras de comercio que es socialmente cerrado, excluyente”.

Illingworth piensa que esas élites, deslumbrados por la obra socialcristiana, dejaron de pensar políticamente y se confiaron a Febres Cordero, primero, y ahora a Nebot. La crítica va más lejos y coincide, en buena medida, con los argumentos del Presidente.

Los autonomistas acusan a esas élites de estar vinculadas con grupos económicos que, a la vez, son importantes deudores del Estado. “por eso —dice Ilingworth— tienen debilidades a la hora de defenderse de los ataques”.

Su respuesta resulta para los atacados peor que la enfermedad: él y sus amigos declararon, por sí y ante sí, extinguida la Junta Cívica y decidieron transformarla en Junta Autonómica que recuerda la de Santa Cruz, en Bolivia.

“Hay que crear un foco de resistencia, envolvente sin ver matices políticos —dice Henry Raad, fundador de la Junta Cívica—. Buscamos independizarnos de la acción política y atacar el enemigo que no es el presidente Correa sino la ideología, el afán de aplicar el totalitarismo. Nuestro postura es la rebeldía hacia el centralismo que busca romper lo autonómico”.

“El problema del abandono de Guayaquil, durante los años 80 y mediados de los 90 —responde Joyce de Ginatta— no se debió al centralismo sino al ausentismo de las élites. Fueron los propios guayaquileños los que pusieron la municipalidad en manos de los roldosistas”.

En este punto, los autonomistas parecen estar en igualdad de condiciones con las otras fuerzas: sin tesis nuevas para hacer frente al régimen actual. Hablan de “las agresiones del centralismo” sin tener en cuenta que los propulsores de lo que vive Guayaquil son sobre todo guayaquileños, como lo reconoce Carlos Estrada. En su manifiesto atacan a Senplades como si Fánder Falconi, que es su máximo representante, fuera una rueda suelta en el Gobierno y ese proyecto se hubiera hecho a espaldas de Rafael Correa.

Hoy los autonomistas atacan el cercenamiento de Guayas y en Guayaquil se recuerda, con aire irónico, que fue el matemático Juan José Illingworth quien, en 1996, propuso dividir a Guayas en tres: Guayaquil, Península de Santa Elena y Milagro. Illingworth se defiende diciendo que su objetivo, entonces, era lograr mayor representatividad legislativa. Y de todos modos, ha pasado el tiempo y también él ha cambiado su forma de pensar.

En suma, las élites guayaquileñas, del borde que sea, están divididas. O más exactamente no encuentran ni la estrategia ni los mecanismos para enfrentar el mayor tsunami que, mirado por historiadores, está devolviendo la ciudad a donde estuvo: a la izquierda populista o al populismo de izquierda.

“El dejarse cooptar por el populismo —dice Wellington Paredes— el debilitamiento de la agroexportación, el no tener una visión estratégica frente al petróleo y entregarse a un economicismo rapaz, fueron las causas que extinguieron el proceso de producción de ideas y tesis en la burguesía y en la clase media ilustrada guayaquileña”.

El columnista de diario Expreso, resume la realidad en forma lapidaria: la élite guayaquileña no comprende la magnitud del torbellino que está viviendo. Para él, el estigma a las ideas se evidenció desde que Febres Cordero, cabeza visible de ese estilo de vida, llamó sociólogo vago al ex presidente Osvaldo Hurtado.

“La bronca no es personal con Nebot ni con los pelucones sino con una ciudad que escapa al control del Estado. Y Nebot con esa clase media y alta que lo apoya, que es banal, que se ha ido encerrando en ella, entregándose al populismo, o burda y pragmáticamente mercachiflesca, no puede hacer frente al embate estatal.

Quizá resistir, pero nada más”.

En una palabra, Paredes cree que “la eficacia de Correa tiene que ver con la ineficacia de la burguesía”.

Lo que enfrentaría Guayaquil no es, entonces, una agresión centralista, ejecutada por parte de una clase media ilustrada y también guayaquileña. Es un recambio político que algunos, en privado y para no ser citados, comparan con lo sucedido tras la crisis cacaotera. Es la crisis anunciada por algunos que vieron en Febres Cordero, jefe de una derecha recalcitrante, una anomalía política en una ciudad que tuvo amplio desarrollo sindical, acogió el liberalismo y aceptó a líderes populistas como José María Velasco Ibarra, Guevara Moreno, Pedro J. Menéndez Gilbert, Asaad Bucaram… El ocaso de Febres Cordero anunció un recambio que ahora se hace del lado de Correa.

“El nuevo círculo —afirma William Sánchez— estará compuesto de empresarios poco conocidos que debilitarán las actuales cámaras y fundarán nuevas instituciones”. Es decir, Correa tendrá sus pelucones como Bucaram quería los suyos. Y su propio Club de la Unión.

“Los pelucones —dice un analista que pide no ser citado —perdieron el poder político cuando ya habían perdido el poder económico”.

Frente a ese escenario, las llamadas fuerzas vivas están haciendo de Guayaquil y de sus logros, el punto de encuentro. “Esta ciudad ha cambiado la historia —dice Joyce Higgins de Ginatta, la gran defensora de la dolarización—.

Los guayaquileños no somos políticos, lo que no nos gusta es ser atropellados.

Queremos el cambio pero realizado a través de la propia ciudad. No queremos un retroceso”. Y de un retroceso se habla cuando los ataques del Presidente se centran en Jaime Nebot y sus aliados.

“En este tema —dice un historiador de esa ciudad que no quiere figurar— la élite guayaquileña se puede equivocar como lo hizo al querer mostrar a Correa como un candidato comunista”. “Esa élite —agrega Wellington Paredes— no tiene sensibilidad para la autocrítica”.

Tampoco para el interés público, como lo dice abiertamente Joyce de Ginatta, quien suena en diversos círculos para hacerse cargo de la Junta Cívica: “Cuando lideré la dolarización no tuve el apoyo de los otros representantes guayaquileños del sector productivo.

Hay ciertos gremios que sólo miran lo que es bueno desde el punto de vista productivo. Pero se desentienden de lo que es público y huele a política. En ese error han caído. Ellos dejan de lado las cosas importantes”.

¿Qué hacer? Es la pregunta que más se repite estos días en Guayaquil. Nadie piensa —fuera de algunos autonomistas— que la solución esté en el separatismo.

“El tema no es separarnos o independizarnos —dice Joyce de Ginatta—. Por eso mismo critico al actual gobierno. Al odiar a los guayaquileños, está tratando de separarnos”.

“No hay que desesperarse —dice Carlos Estrada, presidente de la Junta Cívica—. Lo único que se logra es acusarnos entre guayaquileños y beneficiar con eso la postura del Gobierno. Hay que crear nuevos líderes políticos. No es una respuesta a corto plazo, pero no podemos depender de un solo líder”.

Y ese líder se llama Jaime Nebot. Eso significa que, aunque los empresarios bajen la cabeza porque algunos tienen rabo de paja o porque quieren mantener un perfil bajo en un momento de alta popularidad para Correa, lo cierto es que no se pierden un solo movimiento de Nebot. Y este se reúne en la Alcaldía o en el Club de la Unión, pide puntos de vista, manda mensajes y se ha volcado hacia los suburbios. Pero enfrente tiene élites que se acostumbraron a componer y a sobrevivir, instituciones cuestionadas y un régimen dispuesto a arrebatarle lo que Febres Cordero y él manejan, en forma indiscutible y con mano dura desde 1992.

¿Tiene Jaime Nebot un plan? Su círculo responde, como hace el Gobierno con el socialismo del siglo XXI: “está en construcción”. Pero Nebot está corriendo a contrarreloj. Y aunque nadie en la élite guayaquileña cuestiona su liderazgo, hay muchos que se lo pensarán dos veces antes de ponerse en primera línea si el Alcalde suena el clarín.