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¿Por qué las viejas élites cesaron de pensar? PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 13 de noviembre de 2007

La derecha populista y la socialdemocracia abandonaron el imaginario justo cuando las capillas de izquierda encontraron eco en el país.Image

 

La élite guayaquileña no levanta cabeza: así tituló este semanario su informe central la semana pasada, refiriéndose a los grupos tradicionales que han administrado el poder. Claro, se hubiera podido decir lo mismo de la élite quiteña tradicional. Lo que ocurre es que en la capital ya hace tiempo que, en ese sector, hay que esforzarse para encontrar a alguien de quién hablar políticamente.

La Democracia Popular desapareció casi toda con Jamil Mahuad. Y la Izquierda Democrática se extinguió con una discreción que nadie imaginaba en una zona telúrica. Pero las dos élites políticas de Quito y Guayaquil terminaron pareciéndose. Llegaron, por caminos diferentes y provenientes de horizontes ideológicos en apariencia contrarios, a lo mismo: a la celebración máxima de intereses privados mientras la política, como arte de pensar lo público, rozó su mínima expresión. El resto es una historia de egos mal administrada, una cultura general mediocre o deficiente y un desprecio inconmovible por las ideas. Wellington Paredes, historiador y columnista de Expreso, evocó brevemente aquello.

Hay odio visceral por los conceptos en muchos sectores del país. Hay tirria por lo que huele a teoría. La derecha populista y la social democracia abandonaron los imaginarios justo en el momento en que las capillas de izquierda, que eligieron históricamente domicilio en las utopías, encontraron eco en el electorado.

Las élites, o los grupos que fungieron como tales, fracasaron, entre otras cosas, porque no tuvieron las herramientas teóricas para traducir en la política un mundo en plena mutación.

Reinventen la política, les dijeron desde muchos puntos algunos de esos columnistas que tampoco gustan al presidente Correa. No encontraron tiempo. Nunca pensaron que era urgente evadir el vértigo de las componendas y sentarse a pensar.

O viajar. Huir del trapiche del Congreso para convertir a sus partidos en máquinas productoras de pensamiento político. Y era trágico, hasta patético, oír a sus jefes de prensa decir que su partido no tenía un documento específico, sobre tal o cual tema —que podía ser la fecundación in vitro o la homosexualidad, la globalización o la legislación sobre nuevas tecnologías— pero que ya mismo el líder haría una declaración al respecto.

Y así, de declaración en declaración, se creyó que se podía administrar un Estado que arrastra problemas centenarios y encara realidades que no figuran en manual político alguno.

Las élites, las viejas élites tradicionales, no han creído que la administración de lo público es hoy imposible sin ideas específicas y técnicas y, al mismo tiempo, sin miradas globales cada vez más difícil de articular. Por eso tampoco tienen pensadores a su alrededor que reflexionen con ellos hasta sobre su razón de ser. ¿Acaso la élite guayaquileña tradicional estaba condenada, como aparentemente se siente, a encerrarse en Guayas? ¿Por qué renunció a pensar el Ecuador en su integralidad y a quererlo gobernar? ¿Por qué no enfrentó la complejidad de un país al cual Rafael Correa, otro guayaquileño, sí logró embarcar en un proyecto político? ¿Por qué la socialdemocracia dejó de pensar en Quito y cedió ese privilegio a los movimientos sociales y a los otros grupos de izquierda? La pregunta de fondo puede hacerse de otra manera: ¿por qué las élites tradicionales renunciaron a hacer su trabajo —pensar políticamente la contemporaneidad— y creyeron que podrían sobrevivir con patrones ideológicos que, en caso del Partido Social Cristiano y de la Izquierda Democrática, se avecinan a los 25 años? El éxito político de Rafael Correa tiene un punto reconfortante: conquistó el poder con colectivos que han tenido, además de una práctica social, sensibilidad por las ideas y curiosidad intelectual.

Y si frente a ellos se siente un vacío no es precisamente el de las urnas escuálidas en votos: el vacío es la certeza de que, salvo raras excepciones, las élites tradicionales, ahora huérfanas de poder, no han dado la menor señal de entender que sin ideas no volverán al poder. Y sí, en esas condiciones, lo mejor es que pasen la posta.