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El regreso a la OPEP no debe ser un juego politico PDF Imprimir E-Mail
Luis Aráuz   
martes, 20 de noviembre de 2007

Ecuador no puede ser cuota de posturas que disparan los precios del petróleo. Apostar por la cooperación técnica, en soberanía, es básico.

 

El retorno del Ecuador a la OPEP es conveniente porque el país, como pequeño productor con 503 000 barriles de petróleo por día, regresará a un bloque mundial de decisiones para no estar a expensas de intermediarios del mercado internacional que manejan nuestros ingresos por exportación. Por eso fue un desacierto suspender la membresía de la entidad en 1992. Y hoy corresponde cancelar 5 000 000 de dólares por cuotas atrasadas.

El bajo índice diario nacional no será una desventaja y, más bien, la decisión supone optimizar ese margen al mantener negociaciones directas con los consumidores y las refinerías de nuestros principales socios comerciales. Aunque, antes de anunciar el reingreso, el Gobierno debió definir su política petrolera, en lo local y en lo internacional, para negociar con soberanía sobre nuestros recursos y no actuar como cuota de posiciones de países que, por fines políticos, se benefician de los altos precios. En 1973, por ejemplo, la crisis política entre los países árabes e Israel, disparó el precio a 22 dólares.

La segunda crisis se operó en 1979 cuando cayó el Sha de Irán y Khomeini suspendió las exportaciones. El petróleo superó la barrera de los 40 dólares. Luego, el mercado empezó a estabilizarse porque los países desarrollados impulsaron la explotación en el Mar del Norte, en el Golfo de México y en Alaska. Y en los últimos años, la OPEP ha tratado de sostener una etapa de interdependencia entre los países miembros, con equilibrio entre la oferta y la demanda y bajo el principio de que el petróleo debe tener un precio remunerativo, competitivo y estable.

No obstante, ese panorama cambió vertiginosamente con la invasión de EE.UU. a Iraq, en el 2003, y por el incremento del consumo desde EE.UU., China e India. Así, el año anterior, el consumo llegó a 78 254 300 barriles diarios y la producción fue de 71 925 000. Por ello, tiene que haber un entendimiento global entre consumidores y productores sobre los alcances de la oferta y la demanda para despejar la especulación, que llega esencialmente desde los países consumidores. En ellos, las empresas petroleras internacionales aprovechan cualquier oportunidad para gatillar la elevación de los precios del barril. Lo hacen para acumular recursos financieros, captados del mismo petróleo, para hacer las inversiones en la explotación del petróleo de los fondos marinos: la nueva mina de oro hidrocarburífera.

En el caso de EE.UU., se devalúa sistemáticamente al dólar para poder competir en un mercado con el barril en 94 dólares, sin medir las consecuencias de esa contracción monetaria en otras economías. Y si algún país decide vender su petróleo en euros, como es el caso de Irán, aquello responde a una dinámica de mercado exclusiva de ese país, porque Europa es su principal comprador, y no a un proyecto geopolítico de reorganización que incluya escalada de precios y que la OPEP no aprobaría.

Así, Ecuador regresa a una entidad que tiene otros retos: coordinar las políticas energéticas de sus países miembros. Específicamente, armonizar su producción petrolera con la de los derivados del carbón, la explotación de las reservas de los mares profundos, la explotación del gas y de las fuentes bioenergéticas.

El objetivo es mantener los precios adecuados por barril. Porque en una lógica mercantil, la escalada de precios no conviene a la OPEP: ello determinaría inversiones en otras fuentes de energía y Ecuador, con su margen pequeño de producción petrolera, seguiría perdiendo espacios de negociación internacional.

Éste es el gran debate en el campo energético para los próximos años, durante los cuales el país seguirá dependiendo del petróleo. Por tanto, Ecuador debe actuar con mayor dinamismo y soberanía en la OPEP, para coordinar nuestra situación en el mercado con la de los otros países integrantes y para que la entidad sea el puente de relaciones técnicas y económicas. En suma, para formar un bloque que ejerza mayor influencia en las relaciones con los países desarrollados, sea en una dinámica sur-sur o sur-norte.