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La izquierda que silencia los dilemas del poder PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 20 de noviembre de 2007

Los amigos y aliados del Presidente parecen no dudar. Ni preguntar. Rebuscan en la retórica para justificar hoy lo que ayer criticaron.Image

 

 ¿Qué cantidad de culebras es necesario avalar cuando se está en el poder, o cerca de él? Esta pregunta, formulada ante la administración de Rafael Correa, dispara otra: ¿es posible construir, desde el Gobierno, una ética del poder en la cual valores y principios compitan y prevalezcan ante las llamadas razones de Estado? Mejor: ¿tiene sentido formular preguntas de este tipo cuando se sabe que el Estado sigue siendo, y no ha dejado de ser, un monstruo frío? ¿Qué es dable esperar, entonces, de un régimen que se erigió en alternativa afirmando que incluso aquello iba a cambiar? La izquierda que antes de ser Gobierno soñaba con reinventar la política, está ocupada. Muy ocupada. La popularidad, el vértigo, la ausencia de oposición le han suministrado los biombos necesarios para no ver (u oír) las contradicciones y dobles lenguajes del régimen. La última (de una buena serie) la propició el propio Presidente de la República con los gremios de transportistas.

Les aplicó el doble estándar. Les aceptó, a ellos que han doblegado gobiernos y alcaldes, lo que no toleró de la Junta Cívica, de las Cámaras de la Producción o de la UNE en la educación. ¿Por qué? Por razones políticas. Y por los mismos motivos, el Presidente prefirió desconocer la Ley de Tránsito y Transporte Terrestre simplemente por no darle ese punto al Congreso Nacional.

Se dijo, claro, para alivianar la terrible metida de pata, que el régimen prepara una ley más completa sobre el mismo tema que será enviada a la Asamblea Constituyente. Lo cierto es que el Presidente sacrificó el bien público por estrictos cálculos políticos. Porque hubiera podido mejorar la ley y luego cambiarla en Montecristi. Las familias, víctimas de tanta ruindad motorizada, se lo hubieran agradecido.

¿Qué dicen sus amigos y aliados? Lo que se dice oficialmente. Que es mejor que las cosas sigan como están en las vías porque la ley que votará la Asamblea será mucho mejor que la elaborada por este horrible Congreso. Porque es horrible el Congreso si vota contra emergencias que están fuera de la ley. Pero no lo era tanto mientras facilitaba la reorganización de ciertos organismos de control o hacía realidad promesas del Presidente, como la provincialización de Santa Helena.

Los amigos del Presidente y sus aliados plegan a las razones del compañero Rafael. Y al hacerlo, en la forma como lo hacen —socapando, evadiendo, justificando— la pregunta que surgió cuando se violó la ley para sacar a 57 diputados impopulares, esa pregunta vuelve: ¿dónde encontrará este régimen sus contrapesos? ¿Y dónde los encontrará si, en la realidad, los intelectuales que antes pensaban, y a ello le daban un gran valor, ahora son operadores de una maquinaria únicamente obsesionada por la eficiencia? Eficiencia en influencia y en votos; ante lo cual preguntas sobre la ética y la legalidad disuenan o son vistas como escaramuzas reaccionarias y lujos decadentes de sociólogos vagos. Al fin y al cabo quien quiere tortillas debe estar dispuesto a romper algunos huevos...

Ese pragmatismo chato de la izquierda que gobierna ha virado hacia una admiración ciega por un líder que, en tan poco tiempo, ha desleído a la oposición, arrancado al país de la desesperanza y erigido a su movimiento en actor todopoderoso de la vida nacional. Ante ello, los amigos y aliados ni dudan ni preguntan. Asienten.

Rebuscan en la retórica para justificar hoy cosas que ayer criticaron. Oponen legitimidad y legalidad... O aceptan el doble estándar que implica doble lenguaje. Amigos y aliados sólo sienten admiración por operadores que para convertir los sueños en realidad han sido creativos y osados.

Y eso es meritorio. Pero también han estirado la ley, la han desconocido o han maltratado la frágil institucionalidad bajo el pretexto de que sus días están contados.

Aliados y amigos avalan hoy culebras. Y en ese camino, el poder, su sentido, los dilemas que conlleva asumirlo, se han silenciado. Como si no hicieran parte, y parte esencial, de la construcción de una ciudadanía y de una ética pública que se pensó que llegaban con esa izquierda.