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Chiriboga debe dar paso a una nueva generación PDF Imprimir E-Mail
Daniel Pontón   
martes, 27 de noviembre de 2007
Al Presidente de la FEF le preocupa más mantener su estructura de poder. Así descuida los relevos en los procesos del fútbol nacional.


 La mala racha que vive la Selección de Fútbol, desde su regreso del Mundial de Alemania 2006, es la consecuencia normal de un equipo que aún no se afianza en procesos y que actúa más por emociones que por líneas técnicas. En este contexto son determinantes las acciones de la dirigencia.

Luis Chiriboga, al frente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol, ha logrado dos cosas interesantes: avivar una pasión popular por la Selección y dar continuidad a dos técnicos por fuera de cualquier inconveniente. Sin embargo, una de sus grandes responsabilidades es la pobreza del Campeonato Nacional de Fútbol, lo cual se traduce en que el país no cuente con una cantera a la hora de pensar en los relevos.

Entonces, si la Selección pasa por un período bajo, lo idóneo es contar con una estructura fuerte de respaldo, para así dinamizar un proceso.

Así se opera en Brasil y Argentina.

Chiriboga se ha ocupado mucho en mantener una estructura de poder que está articulada con base en una lógica provincial. Pero no ha trabajado por cambiar las formas de sembrar el fútbol.

En el escenario actual, a excepción de Liga de Quito, Olmedo, El Nacional, hay una crisis de dirigencia que no permite que cada equipo sea un combinado competitivo, proveedor de figuras para la Selección, manejado empresarialmente.

En la dirigencia deportiva del país se está generando una institucionalidad funcional a la política y no, precisamente, al deporte. En Ecuador todavía reina la vieja práctica de creer que el club simplemente es una palanca política y nada más. En esa línea se entiende, por ejemplo, que Eduardo Maruri, sin conocer las bases futbolísticas del equipo, haya terciado por la Presidencia de Barcelona y haya ganado. El fútbol ecuatoriano no puede ser un escenario de competencia mediática de los dirigentes.

En este contexto, las críticas a una gestión siempre serán mal recibidas. Por ello, el Presidente de la FEF es reacio a los análisis, a la opinión contraria. Cada vez que alguien le inquiere, le formula cuestionamientos o le plantea recursos distintos a los cuales él ha pensado, desata una crisis y ubica a esas personas como enemigos de su gestión. El caso flagrante, desde el retorno de Alemania, es la polémica con Agustín Delgado.

Chiriboga, a la larga, es amigo de las certidumbres, de las fórmulas de éxito y de quien apuntala y aplaude sus ideas. De eso pueden dar cuenta los dirigentes locales y los periodistas que lo acompañan en sus viajes. Esto también pasa factura a la Selección. Un hecho: la defensa que hizo de Vinicio Luna era insostenible y no sólo lo debilitó a él, sino a la Federación. Por eso, el Presidente no genera las condiciones para una administración horizontal, abierta y renovable. Él se asume como la figura central y después de él no hay proceso duradero. Esto, trasladado a una época en que la Selección ha mejorado su nivel, es un obstáculo para nuevos desafíos y es, más bien, un conteo regresivo. El hecho de que el equipo haya clasificado a dos mundiales no quiere decir que esa fórmula pueda ser repetible después de cuatro años. Él tiene que darse cuenta de esa problemática y cambiar antes de que sea tarde.

Ahí habrá un salto colectivo: del equipo, de las dirigencias del país, de las hinchadas. Entonces su figura como líder sería más interesante.

Y sería más interesante todavía si hubiera un ejercicio de transparencia de su gestión. La autonomía de la Federación Ecuatoriana de Fútbol no supone no rendir cuentas. En ese esquema, exigir claridad equivale a botar a cinco dirigentes que hacen el reclamo y creer que con un manejo político del fútbol se resuelven los conflictos. Un partido de la Selección, aunque sea con el estadio semivacío, genera ingresos cercanos al medio millón de dólares. ¿Adónde va ese dinero? ¿Ha sido destinado a sembrar el fútbol en todas las provincias y en todas las divisiones? Todo proceso de esta naturaleza, y que dure tanto tiempo, se satura intrínsecamente, se vuelve problemático y, más bien, puede dar paso a una espiral de corrupción. Por eso es hora de que Luis Chiriboga dé paso a nuevas figuras.