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Guayaquil no es Nebot, Guayaquil no es Correa PDF Imprimir E-Mail
Tina Zerega   
martes, 04 de diciembre de 2007

El puerto es zona de competencias de masculinidad. la lucha verbal entre el alcalde y el presidente recuerda la territorialidad animal.

 

 "...como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, te vomitaré de mi boca”. No soy ni fría, ni caliente. Ni me alieno en los intereses socialcristianos, ni en los del gobierno de Correa. Se dice que el centro no es una postura. Sin embargo, en tiempos polarizados de Bush y Chávez, de Nebot y Correa, de estado central y autonomía, mantener el centro es la postura más difícil. Existen los que “me vomitan de su boca”, porque no soy ni lo uno, ni lo otro, porque no asumo ingenua y festivamente algo simplemente por su lugar de origen.

Un autor decía que en América Latina el Estado es muy grande para problemas chicos y muy chico para problemas grandes. Es innegable que el fortalecimiento de lo local se debe a los vacíos dejados por los gobiernos centrales y que esta nueva política de recuperación del Estado, necesaria en muchos aspectos, puede ser un zorro de nuevo pelo, pero de las mismas mañas.

Sin embargo, en Guayaquil sólo impera el rechazo y la desconfianza. La discusión se ha simplificado a la idea de que el Estado central es opuesto al desarrollo local, por lo tanto es malo y sólo la autonomía es buena. Se ha hecho del centralismo una etiqueta que se coloca a toda iniciativa del gobierno. Estas ideas, fundamentadas en problemas reales, son experiencias con un tipo de Estado central. Pero también es posible otro tipo de Estado que escuche a los gobiernos locales, delegue y defina competencias y no vuelva a quedar grande. Guayaquil no es un país aislado del resto de Ecuador y los intereses del Gobierno central no pueden avasallar las ciudades.

La mayoría de los grupos de poder de Guayaquil se ha caracterizado por alimentar la ideología de una identidad fuerte. Se generan listados sobre lo que es o no guayaquileño, se buscan antecedentes que justifican la independencia de Guayaquil. Sin embargo, las identidades fuertes cierran puertas en lugar de abrirlas. La patria y la ciudad son comunidades imaginadas. Las banderas, escudos, himnos permiten crear ilusión de unidad, de homogeneidad, cuando en realidad la patria o la ciudad es lo que los poderes quieren que sea, muchas veces sin consultar sus decisiones con las mayorías. Por eso, no me identifico con campañas que corean 100 por ciento guayaquileño (¿quién lo es?) o patria tierra sagrada. Lo sagrado, en la voz de los políticos, ha alimentado guerras. Los listados sobre la guayaquileñidad son siempre incompletos. Una de las razones que hacen que Ecuador, a pesar de sus inequidades, tenga pocos desenlaces violentos son precisamente sus identidades débiles: menos fanáticas, más flexibles. Somos menos propensos a dar la vida por una ciudad, por una patria, cuando intuimos que por detrás hay gato encerrado. Y eso es bueno. Es mejor vivir para ellas, con ellas y a pesar de ellas.

Guayaquil es una ciudad difícil de comprender. En esta discusión, algunos sectores guayaquileños se toman la voz de todos, cuando muchas veces representan a una parte. En la realidad del taxi, del bus, del comerciante, los guayaquileños podemos estar de acuerdo con gran parte de la obra de Nebot, pero no elegir a los socialcristianos; hablar de autonomías, pero votar masivamente por Correa y, al parecer, comulgar con muchos de los ideales de este gobierno. Ni Guayaquil es Nebot. Ni Guayaquil es Correa.

Finalmente, ésta parece una discusión de machos. Macho que se respeta nunca pide la dirección. Macho que se respeta ve películas de acción. Macho que se respeta controla puentes y entradas. Indicar que Nebot es sólo un líder sin importancia que debe ir al psicólogo o que “mientras yo sea alcalde no pasa por allí otro bus”, parece un concurso de masculinidad en que se marcan territorios, calles, puentes y asumen posturas en las cuales dejan claro que “no cantan afinado”. Son argumentos chicos para este debate. Al final olvidamos que el objetivo de cualquier gobierno, central o local, es generar acciones que mejoren la vida de los habitantes, sin importar demasiado de dónde vengan esas propuestas. Y no vomitar sobre ellas mecánicamente solamente por su origen.