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El sistema Correa no perdona PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 11 de diciembre de 2007

Por qué se fue Gustavo Larrea? ¿Cómo se relaciona el Presidente con sus colaboradores? ¿Cuál es su método de trabajo? Vanguardia analiza su estilo de Gobierno.

 

El jueves 29 de noviembre Rafael Correa dio una noticia sorprendente: Gustavo Larrea deja el Ministerio de Gobierno. Sorprendente porque, al margen de lo imputado –haberle entregado un informe inexacto sobre la situación en Dayuma, en Orellana–, Larrea era uno de los hombres clave de la administración.

Fue él con su equipo quien hizo el trabajo, a veces impublicable y polémico, en el Congreso Nacional. Nadie en el régimen sabía cómo operaba el Ministerio de Gobierno. Y muy pocos se hacían preguntas al respecto. Pero Larrea y su equipo suscitaban admiración y respeto entre seguidores y aliados de la administración.

De ahí la sorpresa que causó el anuncio presidencial. Los detalles que luego agregaron los medios, en vez de atenuar, incrementaron las incógnitas sobre la salida del Ministro de la Política. Y sobre los métodos y mecanismos instaurados por el Primer Mandatario para gobernar.

El Presidente no llamó a Gustavo Larrea para separarlo del cargo. Lo hizo Javier Ponce, su secretario particular. Y lo hizo una hora antes de que el Presidente, ante las cámaras, lo comunicara al país. El ex Ministro estaba en Montecristi.

Es decir, estaba con los 80 asambleístas del régimen que, al día siguiente, iban a consagrar el dominio político de Acuerdo PAIS, que él había contribuido a forjar. En claro, Gustavo Larrea ingresó a la inauguración de la Asamblea prácticamente como una persona particular.

Dos preguntas recorrieron, entonces, el mundo político: si así trata el Presidente a un amigo y coideario, ¿qué pueden esperar sus otros colaboradores? ¿Hay un caso Larrea por fuera del problema en Dayuma, Orellana, señalado específicamente por el Mandatario? La cadena radial del sábado 1 de diciembre no dilucidó este tema. Agregó otro. El Presidente, con vehemencia inusitada, dejó sin piso a la Ministra de Relaciones Exteriores.

Contra su cartera levantó un verdadero memorial de agravios. Para todos, salvo para María Fernanda Espinosa, fue evidente que el Mandatario estaba dando por terminada la gestión de su ministra. Entonces, llovieron otros interrogantes. ¿Por qué el Presidente crucifica así, en público el sábado 1 de diciembre, a una colaboradora a quien puede restregar algunas cosas salvo la fidelidad política a su persona y a su proyecto? ¿Por qué, con el poder que ostenta, el Presidente impone castigos públicos como los sufridos por Larrea y Espinosa? ¿Por qué auspicia ficciones de renuncias, como la que armó el jueves 6 la Canciller, cuando públicamente ya la había alejado del cargo? Estos casos —que no son los únicos, pero sí los más recientes y los más emblemáticos— destapan, de hecho, otras incógnitas: ¿cómo se relaciona el Presidente con sus colaboradores? ¿Cómo los escoge si ha habido evidentes desaciertos? ¿Por qué los recicla, a veces a la baja, en su administración? ¿Cómo ejerce el poder en el interior de su equipo? ¿Cómo administra los apetitos de poder tan elocuentes en un movimiento hegemónico como el suyo? Julia Ortega, secretaria de Comunicación, no se hace problemas.

El Presidente —dice ella— toma decisiones de Primer Mandatario y las toma conscientemente, sin culpa y sin tener en cuenta quién es amigo y quién no. A ella le parece que el hecho de que al fin haya un Presidente —ella hace cuentas desde Rodrigo Borja— suscita interrogantes infundados. O improcedentes.

Y en ese sentido dibuja un contexto a la separación de Larrea que explica, a su parecer, la medida del Presidente. Correa y su equipo llegaron al país el martes 27, a las nueve de la noche Después de 25 horas de viaje estaban desconectados de los últimos sucesos en el país. En el aeropuerto recibieron los últimos informes que daban cuenta de que se había paralizado la producción de Petroecuador. Gustavo Larrea repitió verbalmente lo que había hecho saber: que todo estaba bajo control. A los ojos del gobernante la situación era otra: el paro en 'el lejano Oeste', como llama Fernando Bustamente a Orellana, era más bien un asalto propiciado por un grupo de encapuchados.

¿Cómo lo hicieron sin que la Policía hubiera reaccionado? No encontró explicación. Además, el Estado debía retomar la producción so pena de no recuperar su nivel. Eso explica la emergencia que declaró el Mandatario el 30 de noviembre y la decisión, que según Julia Ortega, se incubó entre el 27 y el 30 de noviembre, de separar a Carlos Pareja Yanuzzeli y a Gustavo Larrea.

“El Presidente fue el único que dimensionó que allí había una emergencia, cuando todos los demás estábamos focalizados en la Asamblea”.

Sobre la salida de Pareja no hubo sorpresas. Ministros con quienes habló Vanguardia y que pidieron no ser citados, recuerdan que él fue lo que algunos llaman 'el pato' en muchos de los gabinetes. Por 'pato' entienden a esos funcionarios que les ha tocado recibir ante los otros ministros las recriminaciones de un Presidente cuya frontalidad puede ser hiriente. “Es machacante —dice un ex ministro—, critica ácidamente, vuelve y vuelve y vuelve sobre lo mismo”. Si tiene reparos sobre la gestión de algún funcionario, no le da cuartel. “Es como si se obsesionara. En la época de Ricardo Patiño, como él no iba a los gabinetes ni sabía lo que ocurría en su ministerio, el papel de pato lo jugó Hugo Jácome. Luego le tocó a la Canciller y a Pareja Yanuzelli”.

Le reprochó al ex presidente de Petroecuador no haber cambiado la empresa. No haberla reestructurado.

Julia Ortega corrobora que Carlos Pareja no se puso “a la altura de la expectativa presidencial”. No llevó un equipo nuevo, se enredó con la misma gente de Petroecuador y obtuvo su mayor logro —levantar la producción— a costo de una tremenda inversión para que la producción suba en el bloque 15.

“Pareja cumplió eso pero no provocó la transformación que el Presidente esperaba —dice Julia Ortega—. En los gabinetes había un reclamo permanente por su gestión”.

Correa puertas adentro es eso: resultados y más resultados. Por ello, en principio, muchos en el Gobierno mantienen la versión oficial, dada por el Presidente, sobre la salida de Gustavo Larrea. No cumplió, no dimensionó lo que ocurría en Orellana, no mostró resultados en la Policía que es una institución que, a pesar del aumento presupuestario y otras prerrogativas, luce imperturbable: no cambia. Dicho para ser entendido, Larrea no salió solamente por lo que dijo públicamente el Presidente. Hay un caso Larrea.

Hay evidencias de divergencias anteriores al problema hecho público por el Presidente. Larrea es un hombre que, por su pasado político, tiende a ser más orgánico; es decir, a mirar la acción pública como el resultado de concertaciones internas. El Presidente no es un hombre de partido. Nadie pone la cara para afirmar que en Carondelet fue muy mal vista, por ejemplo, la decisión del Congreso de acabar con las emergencias.

Pero ese fue un punto negativo para el Ministerio de Gobierno. Larrea tampoco salió indemne de las luchas internas de poder que hay en Alianza País. ¿La reelección inmediata distanció a los dos hombres? Vanguardia no lo pudo confirmar con los protagonistas. Pero es un tema que manejan algunos asambleístas en Montecristi.

Lo cierto es que Larrea quedó muy mal parado y que su salida del Gobierno, y la forma como salió, incidirán en dos colectividades clave para su futuro político: la Asamblea y Alianza País. Ahora, como la política también es el arte de avalar culebras y esperar que el viento cambie de dirección, no se descarta que Larrea vuelva al Gobierno.

¿Lo hará como Lorena Escudero en un cargo de menos peso del que ejerció? Esta revista quiso hablar con el ex Ministro, pero Edmundo Carrera, su asesor en medios, hizo saber que por ahora deseaba mantener su silencio.

La simple pregunta reinstala, sin embargo, el escenario en el cual se han sumido ex ministras y ex ministros que, una vez sacados del Gobierno, reciben la oferta de seguir colaborando con él.

Algunos en otros cargos. ¿Por qué lo hacen? Julia Ortega ensaya una respuesta inusual: “están enamorados del proyecto. Hay un sentido de filiación muy grande de los que están alrededor de Correa. Es gente, en general, joven, honesta, dinámica que siente y que cree en lo que está haciendo”. Y ese proyecto lo anima un Presidente que aún no revela todos sus secretos. “Él es una persona, cuando hablas en privado —dice un ex funcionario—. Escucha, dialoga y es muy racional. Y es otra persona cuando tiene público. Entonces se vuelve reclamón y, ante eso, cualquiera se inhibe de decirle las cosas”. Sus amigos, ministros o no, tienen privilegios de los cuales no gozan los recién llegados al proyecto: lo tutean y, según dicen, le discuten. Algunos recuerdan todavía la forma fresca y hasta atrevida en la cual le hablaba Ana Albán. Pero advierten, como se dice en Senplades, que hay una regla que el Presidente aplica en general: si sabe de un tema o si ya tomó una decisión, es imposible que escuche. De lo contrario, abre el debate y se llena de razones.

Correa no improvisa. Detesta que sus colaboradores trabajen sin información cierta. “Él toma mucho tiempo antes de decidir —dice Ricardo Patiño—. Hace cruce de información. Si se le propone algo, él siempre va a pedir que lo sustentes. Se molesta cuando alguien dice “he sabido”, “he escuchado”… Él exige que sus colaboradores sepan, conozcan y argumenten lo que dicen”.

Hay otras cosas que molestan al Presidente. Que la gente se atore en detalles y no los resuelva. Que le repitan lo que le han dicho en otras ocasiones para justificar que las cosas no avanzan. De hecho, él ha implantado un sistema de administración que le permite seguir día a día los proyectos aprobados en el gabinete. Tiene una asistente, Sandra Naranjo, que toma nota en las reuniones ministeriales de los compromisos y órdenes impartidas.

“Ella deja sobre nuestros lugares —dice Ricardo Patiño— una carpeta con nuestro nombre. Dentro está un memorando señalando los temas pendientes”.

Este sistema surgió después de los primeros meses de gobierno y ha sido sistematizado en el Sigob. Hay allí cuatro componentes que incluyen las metas y su seguimiento. Hay luces rojas, amarillas y verdes y el Presidente hace a diario el monitoreo. Hasta en el exterior sigue conectado gracias a una oficina móvil que un técnico en computación, que viaja con él, mantiene siempre activa.

Resultados es la palabra clave del Presidente. “El requerimiento de cambiar las instituciones es alto”, dice Julia Ortega. Por eso mide lealtad, capacidad de gestión, de ejecución y compromiso con el proyecto político. Valentía, agrega Ricardo Patiño. Valentía para hacer las cosas, tomar decisiones y afectar intereses de grupos poderosos. “Aquí hay que jugársela, tomar el riesgo y no puede decirse que esto tiene que ver con algún funcionario o ministro en particular”. María Fernanda Espinosa, es la visión que hay dentro del Gobierno, no propició cambios en la Cancillería.

¿Podía hacerlos? El análisis en el campo de algunos ex es menos optimista. Se destaca el ritmo al cual quiere ir el Presidente. No así su capacidad para evaluar las diferencias entre aplicar, por ejemplo, poner a circular un subsidio y lo que toma cambiar la Policía o abrir un nuevo mercado. Hay inconsistencias que, por otro lado, hablan mal del perfil exacto que busca el Presidente entre sus colaboradores.

El caso de Lorena Escudero en el Ministerio de Defensa es el más llamativo. También lo es el que ella haya aceptado ir a un ministerio de menor perfil. ¿Cómo escoge, entonces, a sus colaboradores? Ahí, a pesar de lo que afirme oficialmente, vuelve a aparecer el sentido de la cuota política. En este caso regional y de género. El Presidente había prometido que allí fuera una mujer y que fuera cuencana. Cumplió su palabra, como dice saberlo un ex ministro, “un golpe de efecto”.

Ahora, si el leitmotiv es la eficiencia, ¿qué se ha hecho en cultura, por ejemplo, desde hace tantos meses? Julia Ortega dice no conocer en profundidad esa gestión. Destaca, eso sí, que el Presidente aprecia sobre manera la erudición del ministro Preciado, su manejo del idioma, el hecho de que es poeta y que representa una parte del país. Además allí se colocó recientemente a Ramiro Noriega, como viceministro, y con ese apoyo, si se entiende bien, los resultados no tardarán en aflorar.

Se dice que esté comprometido con el proyecto del Presidente. ¿Lo está Jorge Marún, uno de los últimos ministros nombrados? “Es honrado y capaz —dice Ricardo Patiño—. El Presidente creo que lo conocía desde que fue Ministro de Economía. En ese entonces se notaba una simpatía mutua por el trabajo que cada quien hacía”. ¿No hay en ese nombramiento una motivación electoral en Los Ríos? No, contesta el Ministro. “Se equivoca porque en esa provincia colocamos tres de los cinco asambleístas”.

La única razón que se acepta es que el Presidente quiere, en este momento, colaboradores que sean buenos administradores y que sepan liderar procesos. Administradores que admitan su estilo rudo, que llevó a las lágrimas a la Canciller, y su ritmo de trabajo que explica el semblante de muchos funcionarios.

Un estilo en el cual ex colaboradores suyos ven muchos aciertos y un voluntarismo político —vestido de misión casi religiosa— que, en casos, no se compadece con los datos de la realidad.

Uno: el Presidente no se hace cargo de los obstáculos, a veces insuperables, que sus funcionarios encuentran en la propia administración.

Otro: su visión sigue siendo, en ciertos campos, la de un académico. Tres: sus prejuicios ideológicos reemplazan, en casos, la formulación de políticas.

Un ejemplo: hace política interna, mucha política, contra Estados Unidos, cuando el país no tiene una política comercial definida. O tiene intuiciones, quizá afortunadas, que tardarán en cuajar con el tiempo. Hay bananeros, por ejemplo, que saben que el mercado de la China es una utopía. Hay empresarios que saben que en un mercado de commodities, Ecuador no tiene aún líneas de productos que sean apetecibles por esos consumidores.

“Hay en él una hipertrofia política —dice un ex funcionario— que lo acerca, en ese punto, a Jaime Roldós y que lo lleva, a pesar de ser un economista, a que decisiones pragmáticas en lo económico, se queden en el tintero”. Una hipertrofia que lo lleva a alejarse de aquellos que carecen del sentido de lo urgente y de los resultados. Para ellos, Correa es un karma. Y para sus amigos y coidearios, como el ex ministro Larrea, tienen la certeza de que no pasará el testigo durante largos años.