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Dayuma refleja al País sin estado PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 18 de diciembre de 2007

La ley del más fuerte prima en Orellana así se capea el abandono. ¿Qué lecciones sacan los dirigentes del paro y el régimen?

 

En Dayuma se ha cosechado lo que se ha sembrado desde hace años en la Amazonia ecuatoriana: el caos. El Oriente no sólo ha sido un mito, sino el patio trasero del país. Y los recientes acontecimientos lo prueban: poblaciones vergonzosamente desatendidas, sin agua, salvo cuando llueve; sin luz eléctrica, con un carretero asfaltado de kilómetro en kilómetro, a punta de reclamos a los distintos gobiernos.

Lo que suceda en Dayuma, en El Pindo, en Tigüino, en Inés Arango, en Santa Rosa, en el km 26, en el 30, en el 50, en Guayacán... en cualquiera de esos puntos de una tierra de nadie, poco ha importado. O mejor: importa sólo cuando menguan las cifras del petróleo o se llevan a cabo cierres de carretera que impiden el paso de los camiones de diésel a las instalaciones petroleras.

En el Oriente se tiene la certeza de que no importa que haya derrames (que son frecuentes), que se contaminen las aguas, que se enferme la gente, que no haya salud y tampoco educación, o que se prohíba comprar más de un galón de gasolina por persona, a sabiendas de que ni en las riberas de los ríos ni en las vías amazónicas existen gasolineras. De Coca a Nuevo Rocafuerte hay 300 kilómetros de río y, para surcarlos, se necesita llevar la gasolina en canecas en un viaje de 12 horas en canoa, que cuesta 15 dólares. Quienes tienen el bono de desarrollo humano tienen que gastar los 30 dólares que reciben, en el viaje de ida y vuelta para cobrarlo.

Hoy, por ejemplo, como medida para combatir el contrabando, la gente de Coca tiene que llevar desde el RUC hasta la copia de la cédula de quién transportará la gasolina y una carta de pedido con el cuánto y el para qué, a la Dirección Nacional de Hidrocarburos en Lago Agrio (a hora y media de viaje), para disponer de gasolina para el hospital, para las escuelas, para el turismo, para las plantas generadoras de luz, para los motores fuera de borda.

Quienes están en la vía Auca y tienen vehículo, deben llevar gasolina en canecas para poder regresar a Coca.

Hasta el gas es más caro en esas tierras petroleras. En Coca una bombona cuesta USD 2,50 y en Rocafuerte se llega a vender hasta en 10 dólares. Tampoco hay agua. La gente de Dayuma la toma del río Rumiyacu o espera algún camión repartidor que pase por ahí...

Los 1 700 habitantes de ese pequeño poblado de colonos trabajaban antes en el agro, pero los precios del café y del cacao cayeron tanto, que empezaron a servir a las compañías, unos con más suerte, como choferes o guardias, otros abriendo trochas, limpiando derrames.

Trabajadores de machete casi todos. En la Amazonia se sabe que la región ha sido caldo de cultivo de innumerables pleitos, infiltraciones, vándalos y buscavidas, de negociados y corruptelas.

Se sabe que allí todo se ha conseguido a punta de paros, invasiones, patadas y por la fuerza. ¿Por qué iba a ser diferente —se preguntan algunos— con el gobierno de Rafael Correa? ¿Por qué iban a reclamar de otra forma los dirigentes del paro de Dayuma el incumplimiento del Gobierno de pagar a Fopeca para el asfaltado de 40 kilómetros de la carretera Coca-Dayuma, acordado en la Asamblea Biprovincial en el 2005? Fopeca paralizó sus trabajos en julio porque el Gobierno central le adeudaba 11 planillas por 7 millones de dólares.

En octubre los dirigentes de la parroquia escribieron al Presidente demandando dicho pago. El 7 de noviembre viajaron a Quito y se les prometió el pago inmediato de lo adeudado. 15 días más tarde la cosa siguió igual… Los dirigentes decidieron entonces escribir una nueva carta, el 24 de noviembre. Como no encontraron respuesta, decidieron la medida de hecho y pusieron piedras y ripio para obstaculizar la vía. La vía Auca (construida por la Texaco y llamada así por ser, ése, territorio waorani antes de la explotación del oro negro) es la principal arteria petrolera: 100 kilómetros de pésima carretera, tortura para cualquier pasajero. A partir del kilómetro 40, según el acuerdo del 2005, los trabajos de asfaltado correspondían a los gobiernos locales. Las demandas en la vía, y en los paros, son casi siempre las mismas: atención gubernamental y mejor trato de las petroleras, arreglo de vías y servicios básicos, que las empresas contraten mano de obra no calificada local y que cesen los derrames de petróleo. La gente ya no se cree cuentos. Los paros terminan en acuerdos. Y los acuerdos no se cumplen.

En el Oriente queda claro que el Gobierno ha tenido en esta historia informaciones cruzadas y, probablemente, interesadas. Empezó hablando de terroristas, saboteadores y extorsionadores, en sus discursos. Frente a los organismos de DD.HH. ya bajó el tono y habló de examinar excesos y de formar una comisión que investigue.

¿Hubo o no excesos militares en esa pequeña población de la vía Auca? En Dayuma no hay duda de aquello. Muchas familias tienen al menos un pariente preso en la cárcel de Tena o alguna historia que contar del día que entraron los militares rompiendo puertas, lanzando gases, sacando a la gente de sus casas por la fuerza.

La televisión local difundió escenas de niños escondidos, aterrorizados, en un aula en el patio trasero de la escuela Panecillo, mientras veían correr a los militares de un lado a otro. Tampoco en El Pindo quedan dudas sobre los atropellos pues la gente, luego de una incursión militar similar a la de Dayuma (en julio de este año, en un paro contra la compañía Andes Petroleum), pasó dos noches en la selva, cubierta tan sólo con plásticos, por miedo de volver a casa.

¿Qué lecciones deja Dayuma? Que el Gobierno, si quiere recuperar la confianza perdida, tendrá que empezar a cumplir y a crear un Estado ahí, donde no existe. Donde a lo sumo existe la ley del más fuerte y de la sobrevivencia.

Y eso no será fácil. Que tendrá que hablar y reconocer a una sociedad civil que no es una entelequia, que está integrada por dirigentes campesinos forjados a pulso, con apenas educación primaria (en contados casos) en escuelas unidocentes.

Que en el Oriente han sido y son los militares quienes mandan. Que los funcionarios han echado mano del recurso de la mentira para justificar sus acciones: como decir que se ha volado un puente a dinamitazos cuando saben que el puente sigue allí. Que la gente disparaba desde las casas a la fuerza pública para luego decir que tipos encapuchados disparaban desde la maleza.

Como negar que los desmanes y los apresamientos a los dirigentes campesinos ocurrieron justamente cuando se había creado un canal de diálogo de los ministros de Gobierno y Defensa con la gente de Dayuma pero que, por el Estado de Emergencia, a los parroquianos no los dejaron reunirse esa mañana del 30 de noviembre.

Que los organismos de DD.HH. tendrán que definir que su compromiso debe ser ético antes que político y que, por ende, tendrán que empezar a poner en sus listas de víctimas de la violencia también a los militares heridos. O que alinearse con alguna tendencia, como ocurrió con algunas instituciones, no implica ignorar sus abusos… Más tarde o más temprano saldrán los presos de Dayuma. Pero eso no arregla en nada los problemas de fondo. En esta ocasión, un paro que no era nada, que era uno más de los cierres de carretera, se volvió una trifulca. Así quedó sembrado el miedo a reclamar lo justo. Entonces crece la posibilidad de que estas medidas de 'mano dura', que tanto se reclaman para unos, se vuelvan intolerancia, autoritarismo, violencia y represión para el pueblo llano... Y que las respuestas vuelvan a ser los dinamitazos y los perdigones.