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El empresariado debiera ser un pulmón de cambio PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 18 de diciembre de 2007

Hasta que el empresariado no entienda que el mejor negocio es acompasar el entorno con la mutación, seguirá en los años cincuenta. Image

 

Stiglitz en Ecuador es una noticia. Pero Stiglitz reunido con los empresarios quiteños, era un acontecimiento. En época de cambios y de revoluciones ciudadanas, una invitación al premio Nobel de Economía por parte de las Cámaras de Industriales, bien podía verse como una mano tendida. O como el deseo expreso de poner en jaque convicciones que, en casos, parecen herméticas. O congénitas.

El experimento no prosperó. “Era como oír a Correa, pero en inglés”, dijo un empresario a esta revista. La versión oficial es que el premio Nobel no gustó: no respondió a preguntas puntuales ni fue concreto sobre las cosas que conciernen a Ecuador. En fin, que sin haberlo leído, la impresión que causó Joseph Eugene Stiglitz entre los industriales se redujo a lo que dijo en una reunión de alrededor de 75 minutos en los cuales la corriente no fluyó. Y, claro, el encuentro terminó en un punto inevitable en estos casos: Stiglitz no logró inquietarlos ni tampoco incitarlos a moverse de sus credos. Él se fue con sus teorías a otra parte y ellos se quedaron, impávidos, con sus convicciones.

El no-acontencimiento entre Stiglitz y los empresarios es sintomático de una cultura bien implantada en el país: las visiones quietas, cómodas y selladas. Por eso el caso no es que Stiglitz no haya convencido a los industriales. Es que a los industriales les cueste ponerse en jaque, variar sus enfoques, salir de sus verdades, ponerse a tono con una época donde la complejidad y la incertidumbre ya no son accidentes sino estados ineludibles. E innegociables.

Los empresarios no son un caso aparte. Si el país se atoró y si la política lo ayudó a congelarse es porque las visiones, lejos de interactuar, controvertirse y jugarse en el ámbito público, sólo sirvieron para multiplicar las capillas, las cámaras, los partidos, las asociaciones... Ecuador se convirtió en un campo de trincheras.

No es de buen gusto oír, peor leer, a quien no está en la línea de la cofradía propia. Hasta el Presidente ha hecho saber que le cuesta reunirse con los empresarios que hacen parte de las cámaras. Ese es un prurito oficial y puede ser contagioso. En el fondo, todo eso ha incidido, y sigue incidiendo, para que la cultura democrática sea un producto escaso en el país.

Y es escaso porque la democracia no se ve como una competencia de modelos sustentados en fórmulas exitosas y provechosas para la mayoría. Se concibe como un enfrentamiento de dogmas y de defensa unívoca de intereses. Ese esquema, tan estrecho como anticuado, llevó a las mal llamadas élites adonde están. Y se teme que ahí sigan, a pesar de alertas y campanazos.

No hay cambio en las cámaras. O son tan pocos que, al parecer, cuenta poco si sus dirigentes tienen 30 años o 60 años. El revolcón no es ni tan visible ni tan profundo como se requiere.

Porque el cambio no es ponerse a pensar igual que Stiglitz. Es producir pensamiento interactivo para cambiar actitudes y mentalidades conforme a la revolución vertiginosa que sufre la producción en general. Hasta que el empresariado no entienda que el mejor negocio está en acompasar el entorno con las mutaciones que promueven sus compañías, seguirá instalado en los años cincuenta. El empresariado debiera ser un pulmón del cambio integral porque nada de lo que ocurre alrededor de las empresas es ajeno a su actividad. Y todo repercute en ellas.

Sin embargo, el discurso promedio empresarial sigue siendo, en general, decimonónico. Petrificado en la imagen freudiana del buen padre que da trabajo y de comer a sus empleados. Aferrado a la noción caritativa de la obra social. Preocupado por sus cosas exclusivamente, como si el país anduviera por otro andarivel...

El empresariado no precisa, entonces, departamentos de imagen y de mercadeo para acercarse a la sociedad: necesita una gran ambición colectiva y entender que sus prácticas (atadas al conocimiento, la apertura, las nuevas tecnologías y formas de consumo...) pueden ser extendidas al marco social y político. En esa lógica, hasta Stiglitz puede ser un motivador.