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Correa frente a su invento PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 18 de diciembre de 2007
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Correa frente a su invento
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¿Qué revelan los líos en acuerdo país? ¿cómo encara el Presidente el poder total? Vanguardia perfila el nuevo momento del régimen.

 

Correa contra Correa. Esto no se esperaba en este Gobierno. Ocho buses de afiliados a Alianza País manifestando, en Montecristi, contra los asambleístas de Acuerdo País. Raúl Patiño los dirigía mientras su hermano, Ricardo Patiño, trataba de poner orden entre Alberto Acosta y Trajano Andrade. Así, en forma deslucida y haciendo gala de una capacidad de movilización pírrica, responsables del régimen atentaron contra una Asamblea Constituyente propuesta y dirigida por ellos, en un sitio escogido por ellos.

El Presidente repitió la misma película cuando, en una actitud que algunos de los suyos critican, amenazó a la Asamblea con renunciar si no lo dejaban gobernar. Es decir, el Mandatario que pidió plenos poderes para esa Asamblea, decidió, en un enroque anunciado, trazarle la cancha.

¿Paranoia política? Augusto Barrera, dirigente de Acuerdo País, admite que durante algunos días, el régimen pudo dar esa impresión. ¿Y, de paso, comprobar que era innecesario y absolutamente equivocado someter su cargo a la Asamblea? Con un movimiento de cabeza, el concejal de Quito asiente.

En todo caso, algo pasó en Carondelet desde el día en que el Presidente, puesto ante Larrea, Pareja Yanuzelli y el Comandante de la Policía, tuvo tres versiones sobre lo que ocurría en Dayuma. Desde entonces, los sucesos se han acelerado: caída de un ministro de Gobierno, del presidente de Petroecuador, Dayuma sometida a un electrochoque militar, bronca de Rafael Correa con el alcalde Jaime Nebot en Guayaquil, amenazas de renuncia si la Asamblea no le deja gobernar, pelotera entre los ochenta asambleístas del régimen… Para la oposición, representada sobre todo por Sociedad Patriótica y el Prian, todo esto lleva a una conclusión: es Rafael Correa, y no la Asamblea, quien detenta los plenos poderes. Sus amenazas, catalogadas como chantajes, hubieran doblegado una institución que, ahora, tras el lío de Dayuma, parece estar disminuida.

Juan Sebastián Roldán, viceministro de Seguridad Interna y Externa, no lo ve con esos ojos. Él, Augusto Barrera y otros ministros (Manuela Gallegos, Fernando Bustamante), quienes dialogaron con Vanguardia, hablan de una transición. De un nuevo momento político en el gobierno de la llamada revolución ciudadana.

En ese análisis, Larrea no salió solamente por haber fallado, según lo hizo saber Rafael Correa. Salió porque su perfil ya no corresponde al nuevo momento político. El primero fue materializar los ofrecimientos de campaña.

Ahora el régimen, en ello coinciden plenamente Barrera y Roldán, tiene que hacer una buena Constitución y gobernar. Tiene, entonces, en frente, otros actores, otros ritmos, otros tiempos. Gustavo Larrea sabía operar en el tablero anterior donde había un Congreso y unas formas específicas. Sin Congreso, el régimen se da cuenta de que debe tener otros interlocutores.

“La gente que llega a la Asamblea — dice Roldan— también llega renovada. Tiene otra forma de operar, de dialogar, de acercarse. Hay que ver cómo funciona para ver qué tipo de actor político necesitas insertar allí”. Mientras tanto, el régimen es consciente de que el país no se puede parar.

La política ha sido el gran capítulo de este año. La economía será el del siguiente. Pero hay conciencia de que hay inflación de expectativas, creadas por el propio Correa, y que si no se encauzan bien, pueden caotizar el país. Hay conciencia, igualmente, de que ahora el régimen está librado a sí mismo. Antes tenía al Congreso y le era tan útil que sí hubo la tentación de conservarlo.

Pero la última encuesta hecha para medir el deseo popular arrojó un resultado lapidario para ellos: 76% de personas pedía que los congresistas fueran enviados a sus casas. La comunidad internacional tampoco se opuso.

Solamente agregó una fórmula semántica: no cesen —les dijeron— recesen. Y eso fue lo que hicieron.

Sin el Congreso, el régimen ya no tiene espantapájaros a la mano. Ahora sabe que tiene que hacerlo todo bien porque tiene todo el poder. No se trata, como se hace usualmente, de gestionar el cambio produciendo caos. Por el contrario, dice Barrera: “ahora somos gobierno y estamos obligados a producir los cambios estructurales en paz”.

Esto explica la reacción de Rafael Correa ante los acontecimientos en Dayuma. Primero, y según la lógica expuesta por el ministro Fernando Bustamante, ponerle coto a una situación ilegal. Pero después enviar algunos mensajes a destinatarios con nombre: no se aceptarán paros ilegales. No se admitirá que se paren servicios públicos.

Ni que se obstruyan vías. Esto es lo que Juan Sebastián Roldán denomina “trabajar de otra forma con la sociedad civil”. Atacar lo que el ministro Fernando Bustamante llama “costumbres viciadas, dañadas”, que han dado lugar a una suerte de cultura de chantaje frente a las instituciones. “Hoy el diálogo se responde con resultados del gobierno —dice el viceministro Roldán— pero a la paralización ilegal se responde con el legítimo uso de la fuerza. Es un cambio enorme”.

Esto explica la llegada de los militares a Petroecuador. Allí, por lo que averiguó esta revista, se harán cambios profundos que, a los ojos del régimen, no se han llevado a cabo durante lustros. Algunos contra los excesos sindicalistas.

Ya hubo un primer muñequeo contra la UNE que, tras un amague de movilización contra los cambios decretados por el Presidente, recogió banderas y sus deseos de obtener la cabeza del ministro de Educación, Raúl Vallejo.