REVISTA VANGUARDIA
El presidente Correa lastima los imaginarios
| El presidente Correa lastima los imaginarios |
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| José Hernández | |
| martes, 08 de enero de 2008 | |
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La opinión desea que el régimen pase de la demolición a la construcción, de la teoría a la concreción, del insulto a la mano tendida. El gobierno, que controla todo, no ha podido controlarse a sí mismo. No ha puesto en línea los dos verbos que más obsesionan a los asesores de imagen: ser y parecer. Y cuando esto sucede se producen fracturas que afectan su mensaje y su credibilidad. ¿Qué ocurre si esas distorsiones lastiman, además, los imaginarios que hacen parte de la cultura política que lo engendró? ¿O de aquella que ha ido forjando en el año que por estos días celebra? Al gobierno, atestado de académicos, le hacen faltan un par de semiólogos. Sólo ellos pudieran dilucidar las disyuntivas que aloja el régimen tras el descenso de su popularidad. O tras las cifras a la baja que registran los sondeos y que Carondelet aún no desentraña. ¿Qué pasa, en Quito en particular? Un semiólogo diría que el Ejecutivo ha sido incoherente y que, para infortunio de Vinicio Alvarado, la política sí reposa en imaginarios que las acciones sustentan o desgastan. Nada es gratuito en el poder. ¿Qué pasa con un gobierno que llega empapado de Derechos Humanos y, de pronto, frente a una coyuntura, genera imágenes como las que salieron de Dayuma? El cortocircuito no puede ser mayor. Porque una cosa es un gobierno firme y otra un gobierno autoritario. El régimen violó ese límite. Por eso habrá un antes y un después de Dayuma en el imaginario de muchos de los electores de Rafael Correa. ¿Qué pasa en la clase media, entre los forajidos exactamente, cuando ven que el Presidente, que en traje de profesor iba a los medios y gracias a ellos se dio a conocer, ahora los trata de porquerías? El sondeo, hecho por la empresa en la cual él confía, dice que la opinión no lo sigue en ese punto. Ahora los medios de comunicación son la tercera institución en la cual los ciudadanos más confían, tras el gobierno y la Asamblea. Pero en Quito (algo pasa en Quito…) los medios están en segundo lugar apenas a cuatro puntos del gobierno (59/55). Las cifras dicen, entonces, que la palabra presidencial ya no es, en el ámbito nacional, lo que fue. Los insultos y descalificaciones, el recurso a la Justicia y a un código obsoleto para zanjar diferencias, son, al parecer, mal vistos por electores que, paralelamente, creyeron escoger una izquierda adicta a los debates. A los debates y no a las lisonjas ni a la inquisición. Un Presidente omnímodo y dueño de la verdad, riñe con la cultura de la polémica y el libre pensamiento de donde supuestamente viene. Esas facturas están llegando. Y vienen acompañadas del cansancio que produce tener un Presidente, popular y sacrificado, pero entregado a un ejercicio de demolición que parece no tener fin. Cualquier sociólogo le diría que por ahí no anda el ideal de la clase media. Ni el de los sectores populares que ya no quieren bronca con contendores que el Presidente, cual Lázaro, se esfuerza en resucitar. El país quiere pasar a otra etapa. Quiere resultados. Eficiencia. Gestión. Buen gobierno. Calidad en la administración. Un muñeco del Presidente, quemado en un barrio de Quito por año viejo, estaba saturado de letras:bla bla bla bla bla... por montones. Un mensaje sin duda de la gente que aún confía en el Presidente y en su gobierno, pero que desea que pasen de la demolición a la construcción. De la teoría a la concreción. Del insulto a la mano tendida. De la ideología barata de barricada, a las acciones pragmáticas de gobierno. Hay un país en marcha que no vive del cuento. Que oye con desgano al Presidente decir que hay un plan de desestabilización en marcha y que se frota los ojos cuando su Ministro de Gobierno trata de explicarlo: la desestablización consiste —dijo en Canal 1— en desprestigiar la Asamblea… ¡Como si Correa no hubiera llegado a la Presidencia (también) desprestigiando a aquellos que encontró en tarimas contrarias! ¿Hay que decir tanto para tan poca oposición? El Presidente y su gobierno siguen sin entender que no son producto de un recambio político. Son el resultado de una revolución —ésta sí cultural y rica en imaginarios— que se da en el país sin que la mayoría de políticos se entere. La han relegado por tenerle fobia a los académicos. |









