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Y Rafael Correa no vota por la contemporaneidad PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 15 de enero de 2008

El país adora, en ciertos sectores, falsos mitos. el régimen debiera hacer esa de-construcción. Pero en cultura recicla los setenta...Image

 

El Gobierno de la revolución ciudadana no ha atacado el único sector que realmente necesita una revolución profunda: la cultura. ¿Y qué debiera hacer allí? Exactamente lo contrario de lo que ha hecho en el Ministerio de Cultura. Es decir, dejar de reciclar las visiones de los años sesenta.

En eso, este Gobierno no difiere, en forma alguna, de administraciones anteriores, como la de Jamil Mahuad. Fue él, en efecto, quien, desde la Alcaldía de Quito, se especializó en traer a todos los nostálgicos del continente de los años setenta. Esos ardientes defensores de epopeyas épicas, hicieron de la búsqueda de la identidad un programa que calzaba a la perfección con los viejos manuales de revoluciones esquivas y, en casos, de añoranzas leninistas. O de proclamas lisonjeras sobre el castrismo.

En esa época, la cultura también debía tener sus héroes. Poetas supuestamente comprometidos, que debían echarse a la espalda las desgracias ajenas y, de paso, construirse un altar. O una capilla. En esa visión el arte no fue otra cosa que un espacio para fabricar egos superlativos que caminaron al margen de lo que realmente ocurría en el arte y en la cultura en esos años.

Ser contemporáneos en su tiempo nunca atrajo a los aspirantes a capillas personales. No les interesó. Estuvieron cerca del poder, se sirvieron de él mientras armaron sus redes y coparon las instituciones que élites, esas sí totalmente insensibles, les cedieron graciosamente. Todo eso no produjo otra cosa que generaciones talentosas, con chapas de plomo encima, mientras los intocables inundaban el mercado con obras de tercera y biografías intrascendentes. El país que, en ciertos sectores sigue adorando falsos mitos, no ha hecho esa de-construcción.

No la ha hecho la Academia que no ha logrado conectarse enteramente con el pensamiento contemporáneo. No la han hecho los medios de comunicación que, en general, seguimos manejando conceptos de cultura dignos del Manual de Urbanidad y Buenas Maneras, de Carreño.

Esta revolución, la de los referentes, es más importante que las broncas del Presidente con los periodistas, aunque esto no lo procese el departamento de marketing de Vinicio Alvarado. Es una revolución profunda. Porque implica enchufar al país y a las actuales generaciones con uno de sus mayores retos: pensar la contemporaneidad.

Dejarla fluir en obras y libros. Cernirla sabiendo que ese ejercicio es vacuo sin una mirada sosegada pero aprensiva sobre el pasado.

La de-construcción no se ha hecho en cultura, como sí se hizo sobre las prácticas políticas. Por eso no hay miradas especializadas, o críticas como se les dijo hasta que una posmodernidad, mal digerida, hiciera pensar que la producción cultural no necesita legitimador alguno. Le basta con existir y circular en internet. Y esas voces no ayudaron a forjar esos quiebres ni a descubrir nuevas miradas no porque les faltara talento.

En muchos casos no se manifestaron porque sintieron un contexto donde no es de buen tono decir las cosas por su nombre.

La conclusión es apabullante: en la cultura, lo que se llama cultura desde las instituciones, hay sectores arcaicos instalados y que, con aires supuestamente progresistas cuando no revolucionarios, se han dedicado a mantener el statu quo. Es decir, han remado en contra de la vocación irrevocable de la cultura: crear siempre nuevos sentidos, formas, representaciones, ideas...

Apostar por esas visiones, intrínsecas a la contemporaneidad, es una actitud que, en el mejor de los sentidos, es política. Ese es el dilema ante el cual no se puso el Presidente de la República al inaugurar un Ministerio de Cultura. Perdió la oportunidad de hacer mentir el sentido común que dice que la cultura, como arte de producir rupturas, nunca puede provenir del Estado.

Por eso no se espera que el Gobierno haga algo por la cultura: salvo enviar una buena señal en un momento propicio para que las instituciones culturales salgan de la refrigeradora donde algunos intocables las instalaron. El resto le incumbe a los creadores que saben lo que deben hacer.