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Revista Vanguardia   
martes, 22 de enero de 2008
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¿La zona cero de la política?
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¿Quito dejó de ser el centro de la política? Tras ese hecho, están los cambios de dos décadas y la pugna entre la visión de los 60 y de los 90 en el régimen.

 

E n la era del internet es una herejía preguntar si la política se fue de Quito. Peor es afirmarlo. Sin embargo, hay hechos que, sumados, producen un escenario inédito: el Congreso está cerrado. La Asamblea Constituyente se reúne en Montecristi. Los gabinetes ministeriales son itinerantes. El enfrentamiento político y las celebraciones se llevan a cabo en Guayaquil. La Democracia Cristiana y la Izquierda Democrática lucen moribundas. Paco Moncayo, alcalde capitalino, está tan silencioso que cualquiera puede sentirse autorizado a dudar de su existencia… ¿Quito quedó convertida, por ahora, en la zona cero de la política? Lejos de ser una provocación centralista, la pregunta resume un dato que no es fortuito.

El replanteamiento operado por el presidente Correa y su régimen ha producido un descentramiento geográfico de la política que, a su vez, refleja los cambios que se han dado en el país por lo menos en las dos últimas décadas.

Estas mutaciones explican el triunfo de Rafael Correa, su deseo de reposicionar geopolíticamente al país pasando por Manabí, las broncas con el modelo seguido por Jaime Nebot en Guayaquil, su crítica al Estado-desertor y su afán de reconstituir un Estado fuerte, sus nostalgias de los años sesenta… Son esas mutaciones las que se están procesando en Montecristi y que han sacado el espectáculo político de Quito.

“Hay momentos en que la política no tiene espacio fijo, definido ni permanente. Especialmente en los procesos de transición”. Wellington Paredes, historiador guayaquileño, define así este período de crisis y reconfiguración política que vive el país. Lo cierto es que Quito no está, por ahora, en el centro.

Curiosa paradoja para una capital que ha sido el lugar simbólico y del ejercicio del poder. Una capital que botó tres presidentes en la última década y dio nacimiento al forajidismo de donde salió el actual Presidente.

¿Qué ocurre? La muerte súbita de la Democracia Popular y parsimoniosa de la Izquierda Democrática aporta elementos políticos a esta pérdida de centralidad, cuya realidad es, de por sí, polémica. Pero hay otro debate en el camino. ¿Por qué esos partidos se pulverizaron justamente en la ciudad donde Julio Echeverría, sociólogo y profesor de la Universidad Andina, reconoce como la parte del país “mucho más vinculada al mundo global y que vive con más intensidad el fenómeno de desterritorialización de la política”? La respuesta es clara: no supieron interpretar los nuevos tiempos. Las consecuencias ya han sido censadas. Hay elementos, manejados por esos partidos en general, que, por carambola, han castigado a la capital del país.

Julio Echeverría hace énfasis en la pérdida de importancia del Estado nacional y del Estado central en las lógicas políticas y económicas contemporáneas.

“Tenemos una globalización económica extremadamente intensa y una política que va por encima de las estructuras institucionales tradicionales, entre ellas el mismo Estado nacional”. La ecuación es simple: si Quito aparecía como sede de ese Estado central y centralista, y si éste perdió vigencia, no es raro que pierda espacio ante la fragmentación de lo local.

Esa es una lectura. Hay otras. Pablo Andrade, politólogo de la Universidad Andina, admite que hay un descentramiento en la política. Que coincide, con un centramiento del poder en torno al poder ejecutivo. Felipe Burbano de Lara concuerda con ese punto y, basado en él, se pregunta si la política se fue de Quito: “hay una reconstitución alrededor del centro que es, simbólicamente, Quito”. Rafael Correa busca la reconstrucción del Estado “y cada vez que se piensa en aquello, en el centro de ese Estado, aparece Quito”.

El subdirector de la Flacso cree que lo que ha habido es un mero desplazamiento de los electores de la Democracia Popular y de la Izquierda Democrática hacia Rafael Correa. “Ideológicamente su figura sintoniza mucho con parte de las tradiciones políticas que con más fuerza ha tenido Quito: una visión más progresista de la política, más desarrollista de la política, una visión que gira alrededor del Estado y de la figura misma del Presidente. Hay una serie de simbologías y políticas en el despliegue de Correa que gustan al progresismo de la clase media quiteña”.

Esto, que refrenda hasta ahora la matemática electoral, dejaría suponer que Rafael Correa copó el retraso del establecimiento tradicional que fracasó en su intento de anclar el país en la globalización. No pudo, como lo recuerda Julio Echeverría, “insertarlo en términos de una efectiva soberanía, disputar espacios y nichos productivos y ser realmente protagonistas”. ¿Qué hicieron? Aceptar el camino fácil de adecuarse a las demandas del mercado que exige de los países pobres ser proveedores de materias primas.

Correa no ha resuelto ese problema. Su triunfo es, por el contrario, el resultado de una resistencia frente al fenómeno global. “Una resistencia —dice Echeverría— que, en alguna medida, pide renegociar los términos de inserción en el contexto global y lo pide en una suerte de revuelta de las materias primas frente a un capitalismo extremadamente desarrollado y complejo”.

Hugo Chávez, presidente venezolano, lidera esa revuelta en la región. El líder de Alianza País se benefició, entonces, del retraso político de las élites que, desde los años ochenta, se encontraron totalmente desfasadas. Burbano de Lara y Echeverría concuerdan en afirmar que las élites políticas nunca pudieron superar el fracaso del modelo desarrollista. Éste ya estaba presente en la Constitución del 78 donde se habla —dice Julio Echeverría— de un Estado intervencionista, centralizador, con fuerte capacidad de redistribución y políticas fiscales expansivas.

La crisis del endeudamiento externo puso en jaque esa estrategia y lo que hubo fueron, repetidas políticas de ajuste estructural. “En ese sentido —dice Burbano de Lara— fue dramático el gobierno de Rodrigo Borja.

Socialdemócrata, desarrollista, con una concepción estatista de la economía y, en el momento de llegar al poder, no pudo aplicar su plan de gobierno.

Esa visión del modelo desarrollista fracasó en el país y arrastró a los partidos serranos. Se quedaron sin visión de lo que podría ser el Ecuador del nuevo milenio”. Los ciudadanos conocen la secuencia: sin visión, los partidos de derecha e izquierda se dedicaron a afinar los procesos de reproducción institucional, a perseguir rentas para sobrevivir y repartir y a chantajear a los gobiernos de turno. O a bloquearlos.

De paso, ignoraron la mutación que sufrió la política a partir de los años noventa y que en el país se inicia con el movimiento indígena: la emergencia de movimientos que no se sintieron representados en ninguna instancia política: etnias, mujeres, ecologistas, identidades sexuales… “Hay que saber leer el período político —dice el historiador guayaquileño Wellington Paredes—.

La caída de Bucaram, el golpe de Estado a Lucio Gutiérrez, los forajidos y Rafael Correa son parte del mismo proceso, de 1995 al 2006. Hay que analizarlo íntegramente. Todo obedece a reacciones. El grueso de electores que ahora apoya a Correa, apoyó en su momento a Gutiérrez, pero él no logró cumplir la expectativa de cambio”.

No entendió Lucio Gutiérrez, como no entendieron Jaime Nebot ni Álvaro Noboa ni tantos otros líderes políticos, que la política, la que moviliza a la gente, no se jugaba en la macroeconomía ni en los planes del Conam. Dependía del enlace de políticas públicas con las expectativas personales de los ciudadanos repartidos en centenares de movimientos; muchos de los cuales estaban financiados por organizaciones no gubernamentales. Allí se forjaron muchos de los cuadros que hoy acompañan a Rafael Correa. Esas sensibilidades se fueron reinventando desde los años 90 por la incorporación de nuevos recursos y vínculos internacionales y redes de conocimiento que se generan —dice Pablo Andrade— en una nueva ideología: gobernabilidad, buen gobierno, activismo ciudadano… Todo eso fue creando una visión local. Hasta allí Correa es contemporáneo.