REVISTA VANGUARDIA
¿La zona cero de la política?
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| Revista Vanguardia | |||||
| martes, 22 de enero de 2008 | |||||
Página 2 de 3 Lo es porque, en su análisis, la política ya no tiene un centro. Se establece por agregación de miradas e intereses ciudadanos que, cansados de los mecanismos tradicionales, hacen de la democracia directa su nuevo credo. De ahí los outsiders, la antipolítica y la guerra contra los partidos anquilosados. No obstante, tras esa semántica —dice Julio Echeverría— se proyecta otra: la de las nostalgias de los años sesenta. “Muchos de estos líderes son nostálgicos de lo que sus padres no pudieron hacer. No pudieron hacer la revolución, entonces, nosotros la haremos con la parafernalia, cánticos, iconografía, música protesta que escuchaban en los megáfonos de sus padres”. Esas dos visiones están en competencia y se dan cita en Alianza País. Una: la de una ciudadanía que lucha por derechos, diferencias y una democracia cosmopolita, participativa. Otra: la de una ciudadanía que se articula bajo la égida de un grupo de escogidos, comandado por un líder fuerte. Para Echeverría no hay duda de que la estructura de refundación ya absorbió la estructura que venía formándose alrededor de la Ruptura de los 25. En este punto, vuelve Quito. Y vuelve porque esa ciudad fue el escenario de esos nuevos conceptos de ciudadanía y de nuevas formas de ver y hacer política. Los forajidos las exhibieron. ¿Qué pensarán esos electores capitalinos de un programa de gobierno que, en sustancia, repite, con diferencias es verdad, el modelo del desarrollismo que ya fracasó en los ochenta? Los sondeos aún no dan pistas sobre ese punto. Tampoco las dan sobre esta cohabitación de visiones que la oposición también da por saldada a favor de los nostálgicos de los sesenta. El retorno a un Estado fuerte, regulador pero también promotor de actividades económicas, y la propuesta territorial del régimen son sus principales argumentos. En este plano, la política se fue para Guayaquil. En ese plano, las manifestaciones organizadas en Guayaquil revelan una medición de fuerzas en torno a dos conceptos sobre cómo rehacer la política. Correa la piensa desde el Estado; Nebot desde su proyecto local. El Presidente quiere debilitar el proyecto del Alcalde. El Alcalde no cree que pueda haber un Estado fuerte con regiones y municipios fuertes. Nebot está convencido de que Correa quiere avanzar en su proyecto en detrimento de una experiencia que él contribuyó a teorizar como la alternativa a un Estado ineficiente y centralista. Felipe Burbano de Lara se ve sentado entre las dos sillas. Por una parte, cree que es necesario fortalecer el Estado. Por el otro no ve cómo las regiones o los municipios puedan ceder ante la idea artificial, a sus ojos, de crear siete regiones que no tienen identidad, historia, cultura o trayectoria en común. “En ausencia de actores regionales fuertes que puedan constituir ese proceso con cierta coherencia, o hasta que se constituyan esos actores, ese espacio intermedio será ocupado por el Estado”. ¿Y hasta que esto despegue, si es que despega? El subdirector de la Flacso no abriga dudas: “Vamos a asistir a una tensión entre ciudades, con proyectos locales, vitales e interesantes durante la última década, con un Estado que va a tener que llenar los vacíos generados por su propio modelo de regionalización”. En Guayaquil se piensa de la misma forma. Lo dice William Sánchez, director del foro ciudadano Vigilancia de la Gestión Pública. “En este tema se producirá el gran choque de un proyecto nacional con realidades de desarrollo locales. La visión que el Gobierno quiere implantar lo obliga a buscarse este escenario”. “El choque —dice Paredes— es entre un macro proyecto para reestructurar un Estado deteriorado y un modelo ya probado. El proceso dirá cuándo se van a encontrar esas dos visiones”. El problema es que las dos, en este momento, no suman sino que se confrontan. Jaime Nebot está en una etapa supuestamente postnacional. Y allá viajó sin haber resuelto lo que se debe hacer con un Estado, candidato a terapia intensiva. Su autonomía resolvía, hasta la llegada de Rafael Correa, el dilema en su provincia; la única viable finacieramente así como Pichincha. Correa definió un tipo de Estado que da sentido a la colcha de retazos que saldrá de un proceso autonómico. Estado que, en algunos puntos, luce vetusto a la luz de logros municipales que han producido líderes o proyectos políticos locales. “Una correcta lectura política da cuenta de que no se trata del centralismo ni de Quito contra Guayaquil —dice el historiador Paredes—. El problema es cómo en la visión de Correa se neutraliza, desvía u obstaculiza el modelo local que obliga a descentralizar y a que el Estado negocie, no imponga”. |
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