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La kriptonita de ciudad Alfaro PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 05 de febrero de 2008

El estrés mandó a 40 asambleístas a la camilla. Presión, lluvia, gripe... Vanguardia vivió un día al ritmo de 800 huéspedes de Montecristi.

 

Montecristi y Ciudad Alfaro son hoy sinónimos de estrés. Lo son para los asambleístas. Al ambiente político tenso, a las marchas multitudinarias (taxistas, transportistas pesados y vendedoras de perfumes y cosméticos, se sumó, la semana pasada, un temporal de lluvias, frío y neblina.

El aguacero que cayó durante tres días es el primero con esa intensidad en una década. El agua bajó en improvisadas cascadas por las calles, sorteando escombros. No causó inundaciones, pero sí molestias y resfríos. Los asambleístas lo sufrieron con cierto estoicismo.

Tampoco los alteró la inesperada invasión de polillas gigantes que se posaron sobre las húmedas paredes de cemento. Ni el mal olor de los insectos esparcidos sobre el césped.

Norman Wray (PAIS) camina con desenfado. Viste de jean y camiseta del tipo polo a franjas cruzadas. Ese es su look: cabello largo y suelto, y lentes de luna rectangular. En el preámbulo del área destinada a la cafetería, que opera en la calle, cubierta por una enorme carpa, se abraza con la lojana Ana Moser, a quien dice no haber visto hace mucho tiempo. La broma es aceptada por ella, quien es su compañera de bancada.

Es así. Ellos se ven a diario, pero no tienen tiempo para conversar más allá de las cotidianidades que los abocan: sus tareas constituyentes. Wray es un empedernido conversador.

Saluda y sonríe. Su forma de escapar de las presiones es trotando en la playa. Lo hace cuando menos dos veces a la semana. Aunque come de todo y bien, especialmente viche y corviche, “harto maní”, ha bajado 10 libras desde que asumió la curul. No le incomoda tanto como el sentirse observado. La Asamblea —dice— es una especie de gran hermano. Se debe estar atento. “Es una experiencia de vida, es un espacio para crear y recrear muy exigente”.

César Rohón (PSC), a pocos metros, escucha y sonríe. Le pasa igual. Pero su ánimo es más calmo. Algo desgarbado, explica, mientras se hace de un croissant, que se necesita disciplina para el oficio. El trabajo es distinto al de la Constituyente de 1998. “Era más de plenario aquella”. Rossana Queirolo (PAIS) lo saluda, dice estar triste, sus dos hijos han partido de viaje de vacaciones por dos meses. Eso —confiesa— la tiene sin cabeza para nada. Tras de ella, otra Rosana (Alvarado), la de la mesa 10, va con su mirada perdida. Ha tenido una mañana tensa y busca en la hora del lunch un refugio. Dos reinaclaudias y una tortilla de verde, más un café sin azúcar, logran despejarla.

El radiodifusor Paco Velasco también toma el oficio con calma. Su manera de librarse del estrés es bromeando. “Reír me ayuda y tengo mis amigos con los que siempre estamos bromeando”.

Así también lo hace María Paula Romo, sentada en la mesa que casi da al extremo del recinto. Conversa una anécdota agitando sus manos. Tres mujeres y un hombre que la escuchan ríen con su relato. Mientras la cúpula del MPD, reunida en una mesa de 12 sillas, revisa los detalles del último boletín de prensa que harán circular dos horas después.

El estrés ha hecho bajar de peso a muchos. Los problemas digestivos derivados de comer en horarios distintos causan estragos. La mayoría extraña la comida de casa. El médico de la Policía, Ángel Villacreces, pone cifra a las dolencias.

En dos meses se han atendido 40 asambleístas. El cuadro es el mismo: migraña, hipertensión arterial y dolor de espaldas, síntomas del agotamiento provocado por la presión laboral. Pero en total 148 personas fueron atendidas por los médicos de la Policía y del hospital del Seguro Social de Portoviejo.

Villacreces recorre los pasillos como pasando revista a los pacientes. “¿Ya no le molesta el oído?”, pregunta a Virgilio Hernández (PAIS). “Tome con calma las cosas y respire profundamente. No olvide sus ejercicios”, recomienda a Rafael Esteves (PSP).

Afuera, en la ambulancia del hospital del IESS de Portoviejo, atendían a un hombre con oxígeno, mientras una asesora se acercaba discretamente para pedir algo en voz baja. La ambulancia es una especie de farmacia. Hay de todas las cosas elementales. Ciudad Alfaro aún no cuenta con un dispensario y las emergencias, las leves y graves, se atienden en este vehículo.

El 65 por ciento de las dolencias de los asambleístas son enfermedades respiratorias, como rinitis, gripe y alergia, provocadas por virus, polvo y por el cambio de clima. El médico Villacreces ha recomendado una exhaustiva limpieza tanto de los ductos del aire acondicionado, como de los pisos y zonas comunitarias.

Por eso es común ver a las cuadrillas de limpieza junto a los asambleístas, a cada instante. Los pisos y baños se limpian tres veces al día con cloro y cidex, productos usados en la limpieza hospitalaria. Además para evitar futuros brotes epidemiológicos, desde esta semana se prevé la entrega de vitamina C a todos los visitantes.

En sí, la Asamblea es algo parecido a un enjambre. Cada día 800 personas, entre asambleístas y asesores, comunicadores y delegaciones, permanecen en ella. No hay reposo, aunque llegar a Ciudad Alfaro no es una peregrinación sin pasaporte. Hay tres filtros policiales que impiden el libre paso. Se requiere acreditación. O previa cita con alguna de las mesas. Las delegaciones no mayores de veinte personas pasan, pero en caso de ser más numerosas, como ya ocurrió con los taxistas, la mesa correspondiente los atiende en el Salón de la Ciudad, ubicado en la Municipalidad de Montecristi, o en el parque central.

Quien llega sin aviso es probable que no sea recibido. Las órdenes a los policías son cumplidas sin excepción.

En estas últimas semanas, el ingreso de visitantes se incrementó. El administrador Luis Moncayo no lleva una cifra exacta, pero saca sus cuentas y dice que son entre 200 y 300 los visitantes por día. El miércoles pasado, por ejemplo, fueron atendidos 27 grupos, dos ministros de Estado y una delegación de los ex empleados del ingenio Aztra. Los visitantes provienen de muchas regiones y sectores sociales. Ese mismo miércoles también llegaron los transexuales.

Los asambleístas trabajan a puerta cerrada. El paso de las cámaras de televisión es eventual. En el pasillo que une todas las oficinas se mezcla toda variedad de oficios, desde personal administrativo, asesores, personal de limpieza y uno que otro periodista infiltrado, porque en esa zona está prohibido el trabajo de la prensa. Los visitantes cazan a los asambleístas. Lo hizo la delegación de oficiales de la Comisión de Tránsito del Guayas, que rodeó a León Roldós, a César Rodríguez y a cuanto constituyente conocido se cruzaba.

Ciudad Alfaro trabaja y su forma de evidenciarlo es con papeles. El fotocopiado llega a cifras récord. Cada propuesta, cada resolución y cada opinión que emite un asambleísta o que presenta un grupo, es respaldada con muchas copias que son distribuidas entre todos. Hasta dejadas en los pasillos junto a los tres surtidores de agua.

Cada día se gastan, aproximadamente, 2 000 hojas blancas en copias y el promedio semanal bordea las 15 000. Cada solicitud de copia debe ir firmada por el asambleísta y autorizada por un coordinador. En la era de la internet y las comunicaciones en línea, Ciudad Alfaro sigue necesitando hojas de papel para la comunicación entre sus integrantes y el mundo externo.

Es un trabajo que, por cierto, tiene diversas rutinas y matices. Aunque la hora de entrada es a las 08:30 y la de salida generalmente es más allá de las 18:00, hay algunos asambleístas que llegan a las 10:00. Asimismo, el cierre de la jornada depende del orden del día. En PAIS tienen otra dinámica. A veces se reúnen a las 06:00 en Manta, para definir una postura, o continúan su jornada pasadas las 18:30 en reuniones que suelen durar entre tres y cinco horas. Por eso, Ciudad Alfaro para todos los que allí trabajan es un caldero a presión.