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El dilema de Nebot es reinventarse y parecerlo PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 05 de febrero de 2008

Con la ayuda del gobierno, el Alcalde de Guayaquil parece haberse liberado de los avatares de su pasado. Pero no se ve su discurso nuevo.Image

 

Jaime Nebot volvió a la tarima y su ensayo fue exitoso. Movilizar los miles de personas que hayan sido (él habla de 321 456) prueba que su liderazgo, en Guayaquil, es inmenso. Pero, claro, la política no es sólo el arte de sacar gente a la calle. Y se complica, para él, frente a un régimen que no es el fruto de una calentura electoral. Rafael Correa y Acuerdo País son la expresión de un momento político en el cual confluyen imaginarios cuyas concepciones —más arcaicas o más contemporáneas— transitan todas por la equidad y el cambio. Y también por valores profundos que congenian, a veces poco, con el pragmatismo económico.

El cambio de escenario es total y eso explica no solamente el poco desgaste sufrido por el Presidente sino el retorno, el año pasado, entre los ciudadanos, de un producto que se creía perdido: el optimismo. Ese detalle, mayúsculo, aparece hasta en los estudios de consumo.

Jaime Nebot no ha llegado a ese punto que Rafael Correa, en movidas irracionales, se ha empeñado en dilapidar. Y ese punto, el de los imaginarios, es crucial en este momento. Lo es porque Correa surge de una catarsis social que buscaba, entre otras cosas, reinventar la política. El Alcalde guayaquileño ha querido subirse en ese tren desde que, en el año 2000, decidió alejarse, en teoría por lo menos, del Partido Social Cristiano. Él quería tallarse un nuevo traje. Poner distancia con gente cuyas actividades él sabía poco católicas.

No figurar más con otros líderes de su partido especializados en combos: Congreso más organismos de control más cortes igual negocios millonarios, persecuciones e impunidad… Hacer una limpia implicaba, entonces, ser eficiente en su trabajo, ver fenecer al PSC, alejarse de grupos identificados con el statu quo, inventarse un futuro político cuya geografía iba hasta Santa Elena y seguir, desde lejos y sin estado de alma alguno, la agonía del Estado. El triunfo de Correa trastocó esos planes. Y forzó al Alcalde de Guayaquil a replantear su estrategia.

¿La marcha habla de un nuevo Nebot? Quizá en el tono. Quizá en la forma que lo autoriza a abrirse la camisa, al estilo de Guevara Moreno, para ofrecer su vida a los guayaquileños. Pero Jaime Nebot tiene problemas de fondo. Su discurso hoy no choca con el vacío. Tiene un contradictor, como nunca lo había encontrado en su vida política, que compite con él, en su terreno, en popularidad y aceptación. Peor: no tiene las bases ni los arrestos electorales para aceptar, por ahora, el desafío presidencial que le plantea Correa.

Su dilema mayor ya no es distanciarse de su pasado. En ello hasta el gobierno lo ha ayudado, atacándolo suciamente, antes de la marcha. Su dilema no es ése: es ser nuevo. Y parecerlo. Nadie, sensatamente cuerdo, puede criticarlo por querer defender a Guayaquil. ¿Qué propone hacer al país con ese Estado que un día — cansado de no saber cómo cambiarlo— decidió que ya no hacía parte de sus problemas? Él no lo dice.

¿Quién puede reprochar a Nebot pensar que la administración debe ser eficiente? ¿Pero qué hace el país con municipios que, para ser eficientes, se han inventado formas para estatales de gobierno? ¿Quién puede señalarlo por querer el bien de sus administrados? ¿Pero qué plantea hoy Nebot para el país, pues su mensaje, ahora traducido en un mandato, vuelve otra vez a hablar solamente de Guayaquil? El Alcalde protesta contra un régimen que, enrealidad, aún no sabe cómo organizar al Estado. ¿Pero qué distancia pone con las prácticas de ciertos grupos adictos a los combos millonarios? No lo ha dicho.

El dilema de Nebot es, visto desde el otro andén, el mismo que vive el Presidente: salir de los viejos catecismos. Recoger y procesar el aire de contemporaneidad y cambio que se siente en el país. Proponer ideas, ideas nuevas en las cuales navegue cómodamente la sociedad que votó por Correa, tras haber ensayado con otros.

La marcha de Guayaquil es una buena noticia para el país. Allí hay, sobre todo, un mensaje para el Presidente y para el organizador: dar cuerpo a esperanzas postergadas, en un tejido social plural y diverso, pero sin volver al pasado.