REVISTA VANGUARDIA
Los dilemas de un falso debate
| Los dilemas de un falso debate |
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| Revista Vanguardia | |||||
| martes, 12 de febrero de 2008 | |||||
Página 2 de 3 LA BOLIVIANIZACIÓN Un mito sin bases en Bolivia ni en Ecuador No hay cómo comparar, para fines políticos, Bolivia con Ecuador. ¿Pero se pueden hacer analogías, con los mismos fines, entre Guayaquil y Santa Cruz? Miradas sin detenimiento, las dos ciudades tienden a parecerse. Tienen aire tropical, lucen abiertas, son emprendedoras y tienen una amplia tradición comercial… Sin embargo, hay componentes diferentes hasta en el rol que juegan las élites. Lo reconoce el experto boliviano, René Fernández: en Guayaquil las élites tienen tradiciones desde la independencia. En Santa Cruz, en cambio, “las organizaciones que se estructuraron (las cámaras) y el mismo Comité Cívico (que se fundó para el desarrollo urbano en Santa Cruz) son posteriores a las políticas descentralizadoras de desarrollo público de los años 50. Ahora esas élites emergen como líderes natos de un proceso autonómico que no tiene tradición, como sí la hay en Guayaquil”. Y esto tiene una explicación: Santa Cruz fue una ciudad maltratada por La Paz. “Por falta de recursos”, dice René Fernández. El vértigo colonizador apenas suma medio siglo y la atención por parte del aparato estatal está atada a las políticas que se decidieron tras la revolución de 1952. En claro, Santa Cruz depende de una estructura económica limitada. La agroindustria (que vende casi todo a Brasil) y, desde hace una década, del gas que, en realidad, está más en Tarija. Nada que ver, entonces, con la versatilidad de la economía guayaquileña que tiene agricultura —extensiva e intensiva— industria, comercio, servicios, apertura al mar… Santa Cruz necesita a Bolivia, tanto como Guayaquil necesita al Ecuador, pero por motivos diferentes. ¿Qué sería Santa Cruz sola —se pregunta Simón Cueva— en la mitad de la nada? Sería el último apéndice de Brasil”. Su estructura económica tampoco resistiría. “No sólo se beneficia de subsidios directos —dice René Fernández—, sino que la región se beneficia de un gran porcentaje del petróleo”. En definitiva, la retórica política puede ser extrema pero hay nexos, mercados e intereses que han llevado a Evo Morales y a los departamentos, declarados autonomistas, a la misma mesa. La consigna es evitar el desmembraposteriores a las políticas descentralizadoras de desarrollo público de los años 50. Ahora esas élites emergen como líderes natos de un proceso autonómico que no tiene tradición, como sí la hay en Guayaquil”. Y esto tiene una explicación: Santa Cruz fue una ciudad maltratada por La Paz. “Por falta de recursos”, dice René Fernández. El vértigo colonizador apenas suma medio siglo y la atención por parte del aparato estatal está atada a las políticas que se decidieron tras la revolución de 1952. En claro, Santa Cruz depende de una estructura económica limitada. La agroindustria (que vende casi todo a Brasil) y, desde hace una década, del gas que, en realidad, está más en Tarija. Nada que ver, entonces, con la versatilidad de la economía guayaquileña que tiene agricultura —extensiva e intensiva— industria, comercio, servicios, apertura al mar… Santa Cruz necesita a Bolivia, tanto como Guayaquil necesita al Ecuador, pero por motivos diferentes. ¿Qué sería Santa Cruz sola —se pregunta Simón Cueva— en la mitad de la nada? Sería el último apéndice de Brasil”. Su estructura económica tampoco resistiría. “No sólo se beneficia de subsidios directos —dice René Fernández—, sino que la región se beneficia de un gran porcentaje del petróleo”. En definitiva, la retórica política puede ser extrema pero hay nexos, mercados e intereses que han llevado a Evo Morales y a los departamentos, declarados autonomistas, a la misma mesa. La consigna es evitar el desmembracejal de Quito y experto en temas de descentralización, ve que Jaime Nebot se ha hecho no un líder cantonal sino nacional. “La derecha en general, no ha logrado renovarse, no ha logrado ir más allá de lo que significa la privatización. Ha encontrado, entonces, en el territorio una especie de plataforma para reestructurar su discurso, su programa y proyectarse nacionalmente”. En ello, Carrión ve similitudes con Santa Cruz. Ésta porque tiene el imán gravitatorio del Mercosur. Guayaquil porque la producción agroexportadora del Ecuador, que ha tenido salida por ese puerto, necesita una articulación con la Cuenca Asia–Pacífico. Menos sujeciones a regulaciones estatales para incorporarse a economías mucho más dinámicas, globalizadas y complementarias, y mayor autonomía frente a la Capital: esas son las variables que manejan las élites políticas que hacen frente a la crisis de los partidos y que requieren —dice Fernando Carrion— nuevas formas de accionar político. “Los territorios terminan siendo absolutamente funcionales, y aquí me refiero explícitamente a la derecha”. ¿Cuando Nebot se cantoniza? Cuando no resuelve el nexo de su territorio local con el nacional y se concibe como un ente autárquico. El proyecto autonómico teorizado por él, contemporáneo en un comienzo, se volvió conservador. Eso se vio, admite Carrión, en el debate sobre el Puente de la Unidad Nacional, el Aeropuerto y las fundaciones. Nebot mismo entra en una contradicción porque para poder ser una plataforma hacia afuera, las reivindicaciones guayaquileñas tendrían que ser nacionales. Y como no lo son, se confronta con la fractura que vive el país”. Fractura que el encuestador, Santiago Pérez, próximo al régimen, define de esta manera: “La partidocracia va a ser recordada como un período entre 1979 y 2007, en el cual cuatro fuerzas se manifestaron bajo la forma de partidos no hegemónicos, que construyeron un Estado de conveniencia que devino en un pacto sin legitimidad y que provocó un sentimiento de rechazo evidenciado en las últimas elecciones”. Ese Estado no está, por ahora, en el mapa de Jaime Nebot. Él, al igual que los cruceños, sigue focalizado en su ciudad cuando el proyecto del régimen ha puesto en evidencia realidades que no militan a su favor. La bicefalia en la cual insiste Simón Cueva cuando dice que aquí el enfrentamiento es del país contra Quito y Guayaquil. Fernando Carrión amplía el espectro pero subraya el mismo hecho: sólo 8 ó 9 municipios reciben el impuesto del 25 por ciento. El proyecto de Jaime Nebot no sirve para por lo menos 211 municipios porque todo proceso de descentralización tiene tres características: la horizontal que es la separación de funciones. La vertical que se lleva a cabo en los distintos niveles del territorio (nacional, provincial…). Y la tercera, que ha aparecido ahora con mucha claridad, la descentralización al territorio. “Efectivamente, Quito y Guayaquil captan muchos más recursos per capita que el resto de ciudades. Creo que lo nacional ya no es Quito y Guayaquil sino esos 211 municipios”. En este punto, Santa Cruz y Guayaquil sí se parecen: las dos están llamadas a ser la locomotora que arrastre el conjunto de vagones. Nebot no ha teorizado su propuesta. En sus exposiciones, no ha dicho cuál es el diseño de competencias que le permita articular Guayaquil al resto del país. Ni cómo, pensando en la solidaridad, propone generar un reparto de recursos que permita acabar con una bicefalia nacional, aupada por todos los partidos en detrimento del resto del país. |
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