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Las ideologías gregarias frente a los hipernarcisos PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 26 de febrero de 2008
Si el Presidente y sus amigos están en los setenta, si el arte en el cual cree se refleja en el mausoleo a Eloy Alfaro, hay de qué preocuparse.Image

Los setenta están de vuelta. Se ve en el Presidente tan hipermoderno en el manejo de imagen y tan retro en algunas de sus visiones y referentes personales. Se ve en Cuando me toque a mí, una película, formalmente bien lograda, que se proyecta ahora con un Quito que apenas existe en la añoranza. Se ve hasta en el Ministro de Cultura recién nombrado, fundador y compositor de Pueblo Nuevo... una suerte de copia xerox de los Quilapayún. O de sus primos cercanos los Inti Illimani.

Los setenta están de vuelta como si hicieran parte congénitamente de unas generaciones que, en esos años, militaron por la buena causa. No vuelven, entonces, como una moda retro de esas que arrastra la posmodernidad y que interactúa con los asombros tecnológicos y otras exquisiteces que conjugan los narcisos contemporáneos.

Vuelve como un sueño incumplido, como una cuenta por arreglar. Y lo más pasmoso es que vuelve desde el poder, donde se dan cita personas formadas en la San Francisco, la Central, la Flacso, la Católica de Quito y de Guayaquil... Y si se dice poder, es inevitable pensar que desde allí se usarán todos los resortes para influir en la sociedad. ¿Desde qué parámetros? Ese es un gran interrogante. Tantas coincidencias juntas, nutren más preguntas.

¿Por qué parte de las élites vuelve, con aspavientos y sin polémica, a una época de la cual la izquierda contemporánea se arrancó con fuerza en otras partes? ¿Por qué Quito o Guayaquil no cuentan, por ejemplo, con la película cosmopolita que también merecen? ¿Por qué esas élites (peor es en el campo de la derecha) permanecieron tan impermeables ante los nuevos tiempos? ¿Es verdad que las universidades no tienen nada que ver en este atraso que es evidente si apenas se ojean, por ejemplo, los libros de Lipovetski? Atraso de sensibilidad. Atraso de visión entre los adoradores de aventuras épicas y los hipernarcisos que han hecho de sí el principio y el fin del universo. No hay meros matices de por medio. Hay una ruptura singular y profunda en la cual se aceleraron, en tan pocas décadas, visiones sociales, políticas, filosóficas, de género... y cuyas huellas son palpables en el arte, la música, el cuerpo, la comunicación, el consumo... la relación con el poder, los otros y la naturaleza.

La política cambió porque cambió la cotidianidad y porque los sistemas de pensamiento que se asumían como globales e inmutables ya no dieron cuenta de ese individuo que ha hecho de su liberación y goce un programa de vida. ¿Cómo puede una ideología gregaria y religiosa, diseñada en la escuela del deber y el sufrimiento, dar cuenta de la revolución narcisa que empuja, y se concreta, en el hiperconsumismo actual? ¿Hay atraso, entonces, en las ciencias sociales? ¿Ecuador no hace parte de ese proceso que es mundial e irreversible? ¿Acaso basta con decir que las élites se desconectaron del resto para justificar un bache de la magnitud del que se observa? ¿Qué corrientes tan aterradoramente reaccionarias recorren al país como para justificar que las élites, casi todas, logren abstraerse de procesos tan sentidos y vividos en la actualidad? Porque el problema —si se acepta que hay uno— tampoco se explica diciendo que el país es conservador y que quien aquí vive está casi condenado a reproducir los esquemas. ¿Dónde está, entonces el poder —ese sí liberador en principio— de las universidades? ¿Enseñan a dudar y deconstruir o han sido y son, por el contrario, centros de fe y verdades reveladas? La llegada de esta izquierda setentera al poder no debiera dejar inmunes ni a la academia ni a los intelectuales. A propósito, ¿cuál es hoy su rol en el ámbito público? ¿Siguen divididos entre la noción trasnochada del compromiso y la bola de cristal que los mantiene inmunes e impunes frente a la sociedad? Retornar a los setenta inquieta. Y, claro, no es que regresa la sociedad en su conjunto. Pero si vuelven el Presidente y sus amigos, si el arte en el cual creen se refleja en el Mausoleo a Eloy Alfaro y si la música tiene por epicentro a Alberto Cortez, ciertamente hay de qué preocuparse.