REVISTA VANGUARDIA
La casa del gran hermano
| La casa del gran hermano |
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| Revista Vanguardia | |
| martes, 26 de febrero de 2008 | |
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La asamblea no tiene imagen propia y aún es ajena al País. En su encierro pesan sus errores, susede, los intereses del Presidente y los medios. ¿Hay salidas? Vanguardia lo indaga. ¿ Asamblea sitiada? No parece. Hay cientos de delegaciones de sectores sociales, regionales, étnicos, productivos, minorías que visitan Montecristi a diario. A diario también hay incontables sectores que manifiestan y ante los cuales Alberto Acosta se expone para oírles o ser insultado. Hay medios de comunicación que han plantado allí sus antenas o tienen equipos permanentes en la sala de prensa, construida al apuro. De la Asamblea se habla. Pero sigue siendo una desconocida para el país. Hay factores que están pesando para que el trabajo diario y, en casos, arduo de una mayoría de asambleístas, no sea conocido ni evaluado por la opinión. Esos factores, sumados o contrapuestos, inciden para que el debate sobre los contenidos de la Constitución que saldrá de Montecristi aún sean ajenos a los ciudadanos. Vanguardia analiza los factores que convierten la Asamblea en una suerte de casa del Gran Hermano. Un enclave encerrado, con aire de tedio asumido y retiro político forzoso. LA SEDE Un recinto impropio para la labor intelectual Ninguna descentralización sobra. Y congregar la Asamblea en Montecristi se antojaba, en teoría, una buena idea del Ejecutivo. La realidad puede ser menos generosa. Se habló poco del dudoso criterio arquitectónico bajo el cual se aprobó la construcción de la sede de la Asamblea y, sobre todo, del Mausoleo a Eloy Alfaro. Es pavoroso. Se ha hablado menos, en cambio, de la funcionalidad del lugar donde se está elaborando la Constitución. Esa sede es la casa del Gran Hermano. Así la define Norman Wray, asambleísta de Acuerdo País, con una sonrisa inconfundible: Wray no se resiste a cometer una herejía. Su descripción define, en cambio, a la perfección ese aire de encierro, de tedio asumido, de retiro político forzoso en el cual se encuentran los asambleístas. Los espacios son exiguos. Las salas para las diez mesas constitucionales serían suficientes si no tuvieran que contener, al mismo tiempo, decenas de delegaciones, con decenas de personas ávidas de hacerse oír. No sólo no hay espacio. No hay techos y el murmullo del ambiente incita a hablar al oído de los interlocutores. La invasión de moscas no hace grata la estadía y hasta María Paula Romo, cuyo entusiasmo por el trabajo es alabado, se queja. No hay sitios para reuniones extra, no se consigue ni un café pasablemente potable y la carpa bajo la cual comen los asambleístas recuerda cualquier rancho militar. El único sitio que respira relativa comodidad es el pleno. La descentralización nada tiene que ver en este asunto. Es la sede, hecha al apuro, bajo el influjo de un capricho y no de un diseño racional, lo que le da a la Asamblea ese aire de encierro, de sitio impropio para el ejercicio intelectual plany político, por excelencia, que representa concebir y redactar una nueva Constitución. La sede es fiera y sólo los profesionales de procesos laborales pudieran medir cuánto incidirá ese hecho en la nueva Constitución. LA ASAMBLEA La dificultad de generar una imagen propia... La Asamblea no sabe cómo comunicarse con la opinión. No faltan herramientas y trabajo en la oficina de Orlando Pérez, el responsable de esa gestión. Pero ese no es el problema. La Asamblea necesita de una comunicación más orgánica con el país. Y hasta Alberto Acosta admite (ver entrevista) que ese tema, político por excelencia, sólo ha sido visto en dos dimensiones. Las visitas externas y los viajes de las mesas a las provincias. Hubo una, incluso, que quiso desplazarse a Nueva York… Ese ímpetu patriótico-turístico fue parado a tiempo. La Asamblea no es, por supuesto, un cuerpo homogéneo. Hay asambleístas que trabajan con tesón en todos los grupos. Tania Hermida, Paco Velasco, Betty Tola y Alexandra Ocles son algunos de la bancada oficial que se destacan. En ese grupo también está César Rhon, Diego Borja, Pablo Lucio Paredes, León Roldós y su sobrina. También están los que trabajan en grupo con asesores para cada temática como los asambleístas de Ruptura 25 y del MPD. Igualmente hay quienes chatean o envían mensajes sobre el trabajo en sus mesas. O que no abren la boca como es el caso de Gilmar Gutiérrez. Los hay que, además del trabajo asambleístico, visitan a sus provincias o participan en foros y debates. Otros ya no vienen sino esporádicamente como Trajano Andrade, de País, o Eduardo Maruri, de UNO. Algunos han bajado su perfil; otros están haciendo proselitismo y apenas ven una cámara se acomodan la corbata pensando en sus electores, como es el caso de Galo Lara. Lo cierto es que en la Asamblea hay ambiente propicio para los consensos. César Rhon es un ejemplo. Él reivindica ese arranque de trabajo, aporte y disponibilidad para llegar a acuerdos. En el grupo oficialista no sólo lo reconocen así. Alaban su actitud. Rhon teme, sin embargo, que esta voluntad que él tiene y ve en su mesa, se disuelva en el pleno. No tiene garantía de que lo que están construyendo en cada mesa, sea demolido por Acuerdo País en el último tramo de la Asamblea. No obstante, de estos temas poco se sabe afuera y en la Asamblea se tiene el convencimiento de que ese espíritu que, al parecer, ronda en Montecristi, no se ha transmitido a la sociedad. La Asamblea aún no tiene una imagen propia que también incluya las bondades construidas por asambleístas de casi todos los sectores. Dicho de otra manera, la Asamblea también tiene culpa en este estado de sitio en el cual se encuentra. EL PRESIDENTE Su presión conspira contra la Asamblea ¿Qué quería de la Asamblea el Presidente? En principio, que haga una nueva Constitución. Allí se fundían, y en ella debían concretarse, sus ofertas de cambio y sus ímpetus fundacionales. En la realidad, el Presidente ha querido instrumentalizar la Asamblea. Aquello fue evidente en su intención de enviar 30 o más proyectos que debían concretarse en leyes o mandatos. Una tarea que no estaba prevista en el estatuto y que Acuerdo País, contrariando su propia propuesta, no incluirá en el referendo. Dos meses tardó el Presidente hasta aceptar reducir el número de leyes y mandatos que evidentemente distraen a la Asamblea y refuerzan en parte de la opinión la sospecha, injustificada según los responsables de la Asamblea, de que el Presidente lo hace porque la Constitución ya está hecha. La actitud de Rafael Correa ha conspirado contra la Asamblea. La convirtió, en el imaginario de la opinión, en una fábrica de leyes y, de paso, en un remedo, injusto dicen los asambleístas del Presidente, de un Congreso al servicio del Presidente. La Asamblea no termina de pagar esa factura en la cual se cuenta la fragilización de su imagen, un cubrimiento mediático tradicional y el sentimiento, para algunos certeza, de que los asambleístas de Acuerdo País apenas son unos levantamanos. El Ejecutivo agravó el caso. Endosó a la Asamblea el desgaste político (Ley Tributaria) y la convirtió en el centro de la lucha política que figura más en la agenda de Rafael Correa que en la Alberto Acosta. Hay un caso emblemático: la denuncia del hombre del maletín hecha por Fernando Bustamente, ministro de Gobierno. La hizo en el Salón Amarillo de Carondelet y sin haberla anunciado, se dijo a Vanguardia en Montecristi, a los responsables de la Asamblea. La ducha fue helada. El resultado fue patético: la Asamblea cayó esa semana en la columna “mucha confianza” en los sondeos de la firma de Santiago Pérez. De 25 a 15 puntos y de ahí no ha salido. De hecho, no hay dirigente de Alianza País que no tuerza los ojos cuando se le pregunta cuánto han incidido la agenda presidencial y las formas del Presidente en la Asamblea. Correa, conscientemente o no, ha aminorado el protagonismo de la Asamblea. Ningún debate, abierto y profundo, ha propuesto sobre los grandes disyuntivas a las cuales se enfrentan los asambleístas. Y los mecanismos de conexión del Ejecutivo con la Asamblea, si bien han evitado algunos choques de trenes, no han incidido hasta ahora, en forma alguna, en acercar la Asamblea a la opinión. Por todo esto, el Presidente es uno de los factores que contribuyen a sitiar a la Asamblea. LA PRENSA Los medios evaden los debates de fondo Otro momento, otra forma. Quizá los medios de comunicación no están mirando la Asamblea con las lentes que debieran. Vanguardia se incluye. En Montecristi se quejan de que se cubre la Asamblea como se cubría el Congreso. Se nada en la superficie, cuando se está hablando de transformar estructuras de fondo. Se construyen sentidos con frases, cuando se están articulando procesos. Se miran solamente eventos diarios, cuando la opinión, para apoyar u oponerse, requiere saber en qué disyuntivas reales navega la Asamblea. El Presidente ha ayudado sobremanera en esta transposición. El trabajo de las mesas (que saben en qué temas ya hay acuerdos y en cuáles no) tiende a probar que hay muchas opiniones y algunos debates que se hacen sin la debida información. Para decirlo claramente, hay déficit informativo sobre lo que ocurre en nueve mesas de las diez que hay en la Asamblea Constituyente. Y ese déficit existe porque ni los asambleístas están preparados para comunicar su dinámica. Ni los medios se muestran, se dice en la Asamblea, dispuestos a recogerla. Esa información no se procesa en los pasillos de Ciudad Alfaro. Requiere ser sistematizada en debates de fondo, alrededor de temas medulares, con todos los grupos de la Asamblea y, por supuesto, necesitaría nuevos formatos periodísticos. Y tiempos específicos por parte de los asambleístas. Ese ejercicio, el cual Alberto Acosta y Fernando Cordero se dicen prestos a concretar, centraría el debate donde debiera estar: en visiones y en tesis. En todo caso, en los medios de comunicación se está opinando sin que el nivel de información sea acorde a la dinámica interna de la Asamblea. En ese sentido, la prensa también es responsable del estado de sitio que vive la Asamblea. En Montecristi cabe una esperanza: quedan por lo menos tres meses y ya hay acuerdos o temas suficientemente debatidos para vislumbrar cómo quedará la Constitución. |








