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Imaginar el futuro y no reinventar el pasado... PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 04 de marzo de 2008

 De Alberto Acosta depende que la vieja izquierda no se diga mentiras. Una es creer que la generación del iPod quiere ver un canal estatal Image

 

¿La Asamblea hace soñar? Esa pregunta debe producir insomnio a Alberto Acosta. Él tiene la embarazosa misión de conectar las ilusiones de los ciudadanos con las realidades de un país que suma atrasos, de siglos en ciertos casos. La aterradora situación que vive el Litoral es un reflejo crudo y espeluznante de aquello.

En Montecristi hay señales de esperanza de una nación en ebullición política. Ebullición pacífica y eso se celebra como uno de los grandes activos del país. Las decenas de delegaciones que desfilan cada día por las mesas de los asambleístas, sus documentos y sus propuestas, hablan de este reto, convalidado tantas veces, de querer diseñar un Ecuador más inclusivo y más equitativo.

Hay un aire de entusiasmo que circula y cuyos principales protagonistas están claramente definidos: activistas de todo tipo que han pensado el país desde espacios sociales o políticos y que han encontrado apoyo, así sea tangencial, en las Organizaciones No Gubernamentales.

Ellos sueñan. Esta Asamblea es sobre todo la suya. Y es lógico tras decenas de años pasados en luchas, en muchos casos desperdigadas y en otros fallidas. La misma tendencia se observa en las mesas donde sobra sentimiento y falta, a veces, conocimiento teórico y experiencia pública.

Hay muchas y muchos dirigentes de base.

Sí, en la Asamblea se sueña con esa capacidad desparramada de los militantes de antaño que se comprometían a cuerpo perdido. Se sueña y se tiene la impresión, puertas adentro, de que el país también lo hace. Al fin y al cabo el Presidente cree, invocando los resultados electorales, que aquello que le pasa a él, le ocurre a todos.

Hay otra impresión, no menos falaz, que recorre los pasillos: que esas delegaciones, que por decenas atiborran las diez mesas de la Asamblea, representan a la opinión nacional. ¿Espejismo o realidad? Porque la Asamblea no sólo es una representación política. Es sobre todo la expresión cultural de un país que ahora, inspirada en el recuerdo de Eloy Alfaro, cree estar haciendo realidad los sueños paridos en décadas pasadas.

Hay, por ello, un desfase irredimible. La mayoría electoral que está en Carondelet y Montecristi no es la misma mayoría sociológica y cultural que anda por el país. La asincronía es evidente.

Salta a la vista en Ciudad Alfaro hasta en la forma cómo se pensó en el trabajo del Canal del Estado, que tiene un estudio dentro de la Asamblea. En teoría él es el que debe llevar los debates de la Asamblea a la sociedad. Eso demuestra cómo el espejismo termina aporreando la realidad.

TvEcuador no es conocido, emite en UHF y no tiene programación alguna. ¿A quién se le pudo ocurrir que ese canal llegara a cumplir tarea alguna en un momento tan crucial en lo político como el que está viviendo el país? Vinicio Alvarado puede darse por bien servido porque la Asamblea destinó un espacio privilegiado al canal estatatal en la sala del pleno de la Asamblea.

Pero su canal, porque es el suyo, nada ha producido y nada tiene que mostrar.

Algo parecido puede estar ocurriendo con las delegaciones en Montecristi. Y con los debates sobre la Asamblea programados fuera de Montecristi, en sitios donde el público que asiste es sensiblemente adicto a los discursos de los grupos sociales. ¿Qué papel juegan en ese caso y para qué sirven? ¿Qué gana la democracia con ejercicios vacuos entre convencidos? Un peligro acecha a la izquierda —vieja izquierda en casos— que es mayoría en la Asamblea: el autismo. Y una trampa: tomar sus deseos por realidades. La pregunta, entonces, vuelve al punto de partida: ¿cómo puede hacer soñar la Asamblea a aquellas generaciones que no saben nada, y nada quieren saber, de viejas beligerancias y nostalgias frustradas? Y hacer soñar es, en principio, lo propio de una Constitución cuyo espíritu es —debiera ser— imaginar el futuro como debe ser y no querer reinventar el pasado que ya no fue. Alberto Acosta tiene trabajo. Y de él depende que esa izquierda no se cuente mentiras.

Una de ellas es creer que la generación del iPod se muere de ganas de ver un canal estatal.