REVISTA VANGUARDIA
La resaca que llega para durar
| La resaca que llega para durar |
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| Revista Vanguardia | |
| martes, 11 de marzo de 2008 | |
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La crisis diplomática demoró una semana. En ella, Correa y Uribe evidenciaron diferencias radicales. ¿Cuáles son y cómo incidirán en la nueva etapa? Vanguardia responde.
“Con el compromiso de no agredir nunca más a un país hermano y el pedido de perdón, podemos dar por superado este gravísimo incidente”: la historia dirá que el viernes 7 de marzo, Rafael Correa clausuró, con esa frase, la crisis diplomática que arrancó con la expulsión del Embajador de Colombia, el 2 de marzo. Y un día después se agravó con la ruptura de relaciones. La reconciliación se dio en la Cumbre de Río que se realizó en Santo Domingo. Colombia, a través de Álvaro Uribe, reconoció haber violado la soberanía ecuatoriana y pidió perdón por ello. Un cruce de palabras y acusaciones entre los presidentes mostró que si se puso fin a la espiral peligrosa, los dos países tienen trabajo por delante para recomponer la relación. Se requerirá poner sobre la mesa las dudas y sospechas que, de hecho, explican el incidente. Así lo dio a entender Álvaro Uribe al revelar que no informó del operativo por falta de confianza. “Haberle dicho al Gobierno ecuatoriano habría fracasado el operativo”. Esa confesión abre un interrogante inmenso: ¿cómo se establecerá ese nivel de seguridad entre dos gobiernos que miran el protagonista que los dividió –Las FARC- en forma tan diferente? Vanguardia analiza de los principales factores que produjeron la crisis bilateral y que incidirán en la nueva etapa que se abre tras el apretón de manos en Santo Domingo. EL OPERATI VO Uribe no lo reveló por desconfianza ¿Por qué Álvaro Uribe no informó al presidente Correa del operativo que condujo a la muerte de Raúl Reyes? El viernes, en Santo Domingo, el presidente colombiano dio su respuesta. “Porque no hemos tenido cooperación del gobierno del presidente Correa en la lucha contra el terrorismo. Haberle dicho al Gobierno ecuatoriano habría fracasado el operativo que no era contra un arcángel. Era contra uno de los más tenebrosos terroristas de la historia de la humanidad”. Así el mandatario colombiano reconoció que el bombardeo contra Raúl Reyes fue planificado como una operación quirúrgica. La revista Semana reveló en su última edición que ésta se inició el miércoles 27, después de que labores de inteligencia les permitió “detectar la presencia de Reyes en Ecuador”. La reunión de la Junta de Operaciones Especiales Conjunta (Joec) en el Ministerio de Defensa planificó y coordinó la intervención. Dos grupos de Policía fueron enviados a la zona. Seis hombres del Comando de Operaciones Especiales de la Policía (Copes) y otro grupo de 53 integrantes de los Comandos Jungla. Todos se instalaron en Granada, en el Putumayo. Los altos mandos pusieron su puesto en Larandia, en Caquetá. En el terreno corroboraron que Reyes estaba en la zona y pidieron ayuda. Militares fueron enviados para apoyarlos. En el terreno corroboraron, igualmente, que Reyes estaba un par de kilómetros al interior del Ecuador. El ataque se planificó para el jueves 28. El mal tiempo, previsto por el satélite, los obligó a posponerlo para la 01:30 del sábado 1. Tras el bombardeo, efectuado por aviones Supertucano de la Fuerza Aérea Colombiana, las tropas entraron por tierra, para comprobar los resultados y llevarse el cadáver de Reyes, fueron atacados por otros guerrilleros. En esa refriega murió un soldado que fue enterrado con honores en Colombia. A las siete de la mañana, se verificó la identidad de Reyes. Tres horas más tarde, Juan Manuel Santos, ministro de Defensa de Colombia, dio la información. Wellington Sandoval, ministro de Defensa, dijo el miércoles en la reunión de Carondelet, que por su grado de precisión este operativo fue “técnicamente increíble”. En ello coincide Freddy Rivera, experto en asuntos militares. Según él, en el operativo colombiano al ser realizado en tiempo real, implicó satélites, la órbita geoestacionaria y, quizá, la Base de Manta. “Se podría averiguar, se podrían leer las bitácoras”. Wellington Sandoval, ministro de Defensa, también indujo a mirar hacia Washington, aunque no la citó, al afirmar que la tecnología utilizada no está al alcance de estos países. LA CALIFICACIÓN La visión idílica de la guerrilla Una masacre. Eso dijo el presidente Correa refiriéndose a las consecuencias del operativo colombiano en Ecuador. Lo dijeron también Gustavo Larrea, ministro coordinador de seguridad Interna y Externa. Y Wellington Sandoval, ministro de Defensa, reiteradas veces. Además se hizo referencia a que los guerrilleros estaban durmiendo. En pijama. La forma cómo el Gobierno nacional se refirió al operativo no sólo chocó en Colombia. El general José Gallardo la encontró inadecuada a las circunstancias y así lo dijo a Gonzalo Rosero, en Radio Democracia. “La guerra irregular es así. Es guerra de golpes de mano. No voy a decir que es una masacre si es eso la guerra. Eso hacen las FARC a cada momento”. Ese calificativo resumió las diferencias enormes que hay entre Ecuador y Colombia. Aquí la guerrilla parece ser un grupo romántico de idealistas cuyo prototipo es el Che Guevara. En Colombia, las guerrillas significan otra cosa para la población: violencia, secuestros, extorsiones, desplazados… La misma diferencia incumbe a la figura de Raúl Reyes. Aquí, gracias a entrevistas a la televisión concebidas por él, logró proyectar la imagen de un abuelo que, a pesar de aparecer siempre armado, lucía tranquilo y ecuánime. Para los colombianos, él era el líder de una guerrilla que pone bombas, minas quiebrapatas, ataca a pueblos con tanques de gas (repletos de clavos y excrementos) y tiene gente secuestrada desde hace más de diez años. Aquí se dio la impresión de lamentar su desaparición. En Colombia, 83 por ciento de personas, según el Centro Nacional de Consultoría, apoyó la decisión de Álvaro Uribe. Y en el correo de los lectores de la prensa colombiana, hay cartas en las cuales los autores confiesan nunca haber siquiera imaginado que en la vida se iban a alegrar con la muerte de una persona... Reyes era un ícono de una guerra sangrienta que Colombia vive desde hace medio siglo y que, desde hace décadas rechaza. Aquí el Gobierno dijo masacre e insistió en que no hubo combate. El de Colombia consideró que Raúl Reyes murió en su ley: en un acto bélico, como tantos que él planeó contra soldados, policías y una población civil que, en forma abrumadora y por millones, ha rechazado en las calles las acciones violentas de las FARC. LA SOBERANÍA El reclamo del Ecuador fue justo El presidente Correa denunció, desde el sábado 1 en la noche, y con mayor vigor desde el domingo 2, la intervención colombiana. Según los primeros informes los aviones Supertucano debieron ingresar unos diez kilómetros en Ecuador. Los técnicos de la FAE están haciendo ese estudio. Colombia reconoció, desde que la información sobre la muerte de Reyes fue hecha pública, que penetró en Ecuador y violó su soberanía. Con anterioridad, Bogotá ya había aceptado que, bajo el principio de persecución en caliente, había traspasado la frontera. Esta vez, sin embargo, fue más lejos: planificó y ejecutó una acción extraterritorial. Bogotá violó un principio, ratificado por la Organización de Estados Americanos, el 5 de marzo, amparándose en otro principio: el de su seguridad. Lo confesó el presidente Uribe en Santo Domingo: las FARC están en guerra contra el Estado colombiano y han encontrado, por acción u omisión –esa es la tesis de Uribe– refugio en Ecuador. Colombia no puede tolerar que desde otro Estado (Ecuador) disparen o preparen acciones contra su población. Las autoridades ecuatorianas de este y otros gobiernos han rechazado esa acusación. La historia, desde los años setenta (Vanguardia edición 115), y las cifras presentadas por el propio ministro de Defensa muestran, sin embargo, que las FARC han establecido, temporalmente en la selva ecuatoriana, polígonos de tiro, fábricas artesanales de explosivos, reparación de armas, procesamiento de droga, cuidados de heridos, centros de descanso… El ministro Sandoval concedió incluso que el campamento de Raúl Reyes era “el más sofisticado y permitía una estadía más estable”. Ecuador admite hoy que es imposible supervisar los 740 kilómetros de frontera en los cuales hay casi la mitad de una selva prácticamente impenetrable. “No hay capacidad humana –dijo el ministro Sandoval– para ejercer ese control”. La misma tesis había esgrimido Colombia, sin eco político en Ecuador. Lo cierto es que Colombia violó la soberanía y no siguió los procedimientos contenidos en las Cartillas de Seguridad. ¿Por qué? Uribe lo dijo: hay desconfianza. Y las acciones mostradas por Defensa (desmonte de campamentos, captura de 10 guerrilleros…) no logran demoler la percepción de que las FARC han logrado encontrar, desde hace décadas, un modus vivendi favorable sobre todo en la zona fronteriza. La incursión colombiana debe ser leída, así la lee Freddy Rivera, catedrático de la Flacso, como “un estate quieto”. En ese sentido, la reconciliación lograda en Santo Domingo deja presagiar un saldo negativo para las FARC: han perdido, al parecer, las ventajas que encontraban en usar territorio ecuatoriano. Y esto implicará muy seguramente un replanteamiento político y militar de los dos países en la zona fronteriza. EL PROBLEMA Las FARC no son lo que el Gobierno cree ¿Qué son las FARC para Ecuador? El ex canciller José Ayala Lasso considera que ese tema no está claro. Y que este gobierno no ha hecho ese ejercicio que se antoja necesario en la relación con Colombia. Él no reclama calificarlas de terroristas, como sí las tildan, en particular, Colombia y Estados Unidos. Esclarecer ante la opinión lo que son para el Gobierno permitirá —dice él– enviar mensajes claros al gobierno de Colombia y también a las FARC. En ese sentido, la revelación, hecha por Colombia, de que Gustavo Larrea, ministro de la Seguridad Interna y Externa, estaba en conversaciones con Reyes, causó un vivo malestar en Bogotá. “Sea de buena fe –dice Freddy Rivera– el ministro Larrea participó en conversaciones para liberar equis gente acá. Eso es un involucramiento más directo respecto a lo anterior y te marca gubernamentalmente hablando”. Nadie, en Colombia, cree que sea posible negociar con las FARC a cambio de nada. Más aún si se trata de rehenes tan importantes como Ingrid Betancourt. Y nadie lo cree porque las FARC se han especializado justamente en lo contrario: aprovechar el mínimo resquicio para sacar provecho político, diplomático, económico o militar. Para ello no dudan en comerciar incluso con la vida de los rehenes. Y esta percepción es tan fuerte en Colombia que explica la elección y la reelección de Álvaro Uribe. Él hizo una promesa a sus compatriotas: acabar con ese grupo armado. Acabar con sus recursos provenientes de la droga y el secuestro. Llevarlo a negociar en condiciones que nunca logró Andrés Pastrana, cuya propuesta de paz, con inmenso costo para la institucionalidad colombiana, fue desdeñada por Manuel Marulanda y sus seguidores. En cinco años y medio, Uribe le dio la vuelta a la tortilla. Los expertos colombianos hablan de que hoy las FARC han perdido control territorial, presencia diplomática, sus finanzas no son boyantes como antaño, enfrentan deserciones, tiene problemas de comunicación, seguridad y fragmentación que las han forzado a hacer cumbres entre sus mandos mediante Internet. Y sus secuestrados ya no son únicamente un calvario para los colombianos: están en la sensibilidad internacional como se vio el 4 de febrero pasado con manifestaciones en decenas de ciudades en el mundo. La muerte de Reyes no es un capítulo más en ese declive relativo que sufren las FARC. Es un capítulo diferente que contiene elementos cruciales para el gobierno de Uribe: su muerte pone fin a algunos mitos que señala, en Semana, el analista León Valencia: muestra que el alto mando, históricamente invulnerable, ha sido alcanzado. Es decir, que no están destinados a envejecer tranquilamente en sus hamacas mientras su ejército hace la guerra. “La retaguardia profunda ha sido penetrada”, dice el analista. La muerte de Reyes es también altamente simbólica: prueba que la selva ya no es un terreno seguro. Y que los militares colombianos poseen una tecnología de punta y condiciones que les han ayudado a desempatar el partido a su favor. Esa ventaja sicológica –se dice en Bogotá– se ve incrementada por la muerte de Raúl Reyes. En este plano también hubo (o hay) diferencias entre Quito y Bogotá. El presidente Correa y su ministro Larrea afirmaron que a Reyes lo mataron justo en este momento porque Álvaro Uribe quería torpedear la liberación de los secuestrados. La versión en Colombia difiere totalmente: lo mataron cuando pudieron, pues él y otros miembros del Secretariado, como Iván Márquez, son, desde hace lustros, una prioridad para los militares y la Policía colombiana. Correa dijo que Uribe quiere la guerra por la guerra. En Bogotá hay otro discurso: se piensa que con la desaparición de Reyes, un líder histórico acostumbrado a vivir de la guerra, se crean mejores condiciones para forzar, dentro de las FARC, una negociación política. Negociación que ya es desfavorable para la guerrilla, si se juzga por lo que ha perdido desde que, el 2 de mayo de 1999, se encontraron Andrés Pastrana y Manuel Marulanda en el Caguán. El tiempo juega contra las FARC y la muerte de Reyes acelera ese proceso. Por eso Uribe prefirió pedir perdón que pedir permiso. LA RELACIÓN Lo cortés no hubiera quitado lo valiente... El distanciamiento, evidenciado en la ruptura de relaciones, estaba anunciado. Lo dice Freddy Rivera. “De hecho las relaciones bilaterales estaban paralizadas desde hace casi dos años”. Y el experto en temas de seguridad enumera las señales: retiro del embajador, enfriamiento hasta de acuerdos comerciales, fricciones por la cuestión migratoria, el tema del pasado judicial... Diego Stacey, subsecretario de relaciones internacionales, recuerda, además, que los anteriores incidentes de violación del espacio aéreo, que dieron lugar a notas de protesta y a exigencias de indemnización, no han sido satisfechas por Colombia. Sin embargo, el ex canciller Ayala Lasso, en charla con Vanguardia, consideró que la ruptura de relaciones fue una decisión equivocada. “Ni siquiera en la guerra del 42 con el Perú se rompieron las relaciones diplomáticas”. Inspirándose en la sabiduría popular (lo cortés no quita lo valiente), el ex canciller señala, igualmente, como un error la dialéctica del insulto en el cual cayó el Presidente. “Él debía ponderar el hecho, la ilegalidad y la gravedad de la acción colombiana, pero no insultar al presidente Uribe. Cada palabra que el presidente Correa pronuncia tiene un efecto, pero él no parece tener conciencia de ello”. La resolución de la OEA, que dejó un sabor agridulce en los dos países, fue el primer paso hacia la reconciliación lograda en Santo Domingo. Ahora Quito y Bogotá tendrán que poner todas las cartas sobre la mesa. “Ya están puestas –dice Freddy Rivera–. Verdades que estaban visibles y no ser veían básicamente por un juego diplomático a mi entender poco técnico”. ¿Qué verdades? Colombia tiene todo el apoyo estadounidense. Tiene problemas de control territorial. No le ha funcionado la erradicación manual o mecánica de cultivos. Ecuador tiene que aceptar que efectivamente ha habido infiltraciones. Tiene porosidad y debilidad institucional. “Poniendo las cartas sobre la mesa se puede llegar a nuevas medidas de confianza mutua. Los juegos circulares (retiro mi embajador, mando cartas de protesta…), el juego de los oídos sordos, ya no va más. La nueva etapa no puede ser manejado con ese tipo de diplomacia”. El ex canciller Ayala Lasso no ve, en ese campo, estrategia alguna: “hay más reacciones biliares –dice– que política exterior”. La culpa se la endosa en buena medida al Presidente, quien decide de todo. EL METICHE Hugo Chávez puso el sello belicista Hugo Chávez se convidó solo al incidente entre Ecuador y Colombia. Y eso lo hizo notar, en forma explícita, el presidente peruano Alan García en la visita que efectuó el presidente Correa. Chávez movió tropas hacia la frontera con Colombia y esa orden la dio a su ministro de defensa, en directo, durante un acto televisado. Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, tomó la misma decisión diplomática en un acto que no podía ser interpretado sino de una manera: un manejo ideológico se coló en la crisis bilateral. Por eso, el presidente Correa, sin miedo a repetir a Chávez, dijo que Uribe era un títere de un titiritero que estaba en otra parte. Todo el mundo entendió que se trataba de George W. Bush. Èste, a su vez, apoyó la decisión del presidente Uribe. ¿Ecuador ganó con la intervención de Chávez y Ortega y con la visita del Presidente a los dos? No, responde el ex canciller Ayala Lasso. El país salió mal parado porque las similitudes en las cuales se encontró con Venezuela y Nicaragua (ruptura de relaciones, insultos, expulsión de los embajadores...) llevó agua al molino de aquellos que incluyeron a Ecuador en ese triángulo ideológico. Además Correa introdujo un elemento que ha contribuido al desgaste regional de Chávez: el insulto. Como sea, el factor Chávez, con el cual el presidente Correa había puesto algunas distancias, volvió a la agenda diplomática del país. Y ese factor es altamente impredecible. LA POLÍTICA Los dos presidentes subieron en los sondeos ¿Cuánto incidió el ajedrez electoral de Ecuador y Colombia en esta crisis? Freddy Rivera cree que la intervención sirvió como “bisagra catapultadora para ambos proyectos políticos”. Lo cierto es que en Bogotá y en Quito los presidentes Uribe y Correa subieron en los afectos ciudadanos, por razones exactamente contrarias. En Quito, el Gobierno se proponía sistematizar el apoyo en una campaña (“Soberanos y unidos por la paz”) que debía desembocar en una manifestación masiva este jueves. Es lo que Ricardo Patiño anunció en Carondelet. Eso necesitaba tiempo y es ese, precisamente, el peligro que quisieron evitar los países del área. No había ambiente para ir más lejos de lo que fue la Organización de Estados Americanos en su resolución. El presidente Correa debió sentirlo en su periplo. La reconciliación de Santo Domingo permite, otra vez, abrir viejas carpetas entre los dos países. Álvaro Uribe salió como lo había previsto: con un trofeo de guerra, una popularidad que bordea el 90 por ciento, según el diario El Tiempo, y un pedido de perdón al Ecuador. El presidente Correa defendió una buena causa, pero otra vez impuso a la Cancillería mecanismos que, a la postre, se revelaron contraproducentes. Chávez volvió a tener una salida en falso, llegó de entrometido y, además, llegó con aires de guerra. En cuanto a Ortega... |








