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La soberanía del cuerpo es un derecho básico PDF Imprimir E-Mail
Ana Cristina Vera   
martes, 18 de marzo de 2008

Si la constitución no despenaliza el aborto, el debate continuará. Debe haber una ley plural que proteja a quienes lo practican.

 

Fui invitada a la Asamblea a dar un discurso sobre la despenalización del aborto en un acto por el día de la mujer. Muchas personas dijeron que mi discurso iba a ser incómodo.

Entonces, decidí no ir, pues esta afirmación era una forma de cuestionar mi posición.

Sin embargo, mi grupo, la coalición por la despenalización del aborto —el cual defiende desde una perspectiva feminista de izquierda los derechos de las mujeres, las poblaciones empobrecidas y las familias alternativas como las de homosexuales— tuvo audiencia en la Asamblea.

Esa apertura fue importante a pesar de existir división de opiniones respecto al tema.

La existencia de leyes que restringen la decisión de las mujeres sobre sus cuerpos y sus vidas, muestra que en Ecuador existe una sociedad moralista. Se ve a la mujer como un sujeto incapaz de tomar decisiones acertadas y autónomas sobre su cuerpo y su vida. Esta concepción le niega la posibilidad de decidir sobre su cuerpo, acceder a abortos seguros, optar por la anticoncepción e informarse sobre su sexualidad.

Es fundamental la soberanía del cuerpo y el derecho a no ser penalizadas por interrumpir un embarazo no deseado. ¿Cómo podemos hablar de un país autónomo o que se autodetermina cuando las ciudadanas no podemos autodeterminar nuestras vidas? No creemos en una democracia en la cual las ciudadanas no puedan decidir sobre lo más cercano a ellas: su cuerpo.

Entiendo que haya opiniones diversas, esto incluye a personas que están en contra del aborto.

Pero más allá de la opinión, de la ley o la moral, las mujeres abortan. Esa es la segunda causa de muerte materna en el país según la Organización Panamericana de la Salud.

La clandestinidad hace que se busquen médicos que operan en secreto. Algunos lo hacen profesionalmente por 500 ó 1 500 dólares. Pero muy pocas pueden pagar este valor. Entonces, las mujeres pobres son las que más sufren. Pagan 50 dólares y acuden a consultorios médicos insalubres.

O emplean métodos caseros. Sabemos que muchas mujeres se introducen en la vagina herramientas cortopunzantes y hasta veneno para ratas para practicarse abortos. Ello provoca daños como la infertilidad y hasta la muerte.

Por tanto, el aborto es un asunto de salud pública.

Y la ley debe ser plural y proteger a quienes por sus convicciones se lo practican.

Apoyar la despenalización no significa estar en contra de la maternidad, sino luchar a favor de la vida de las mujeres y por su derecho a ser madres cuando lo decidan y en condiciones dignas.

Se dice que quienes defendemos la despenalización no pensamos en las consecuencias sicológicas del aborto. En realidad, esto responde a un contexto social específico. Si la sociedad tacha de asesinas a las mujeres que abortan, las persigue y las criminaliza es lógico que sientan culpa.

Si este tema no es insertado en la nueva Consitución, lucharemos desde dos frentes.

En el aspecto legal acudiremos a la Asamblea porque la concebimos como un espacio para el diálogo y el debate. Luego, acudiremos a un ente legislativo. Y presionaremos a otros organismos como el Ministerio de Salud para que tome medidas públicas urgentes.

Pero nuestra lucha va más alla de la despenalización legal del aborto. Lo fundamental es la despenalización social para que las mujeres que deciden abortar dejen de culparse y esconderse por ello. No queremos obligar a nadie a abortar.

Pero tampoco queremos que se juzgue a quienes sí lo practican. Para ello organizamos acciones callejeras como marchas, performances y teatros.

Socializamos la información y establecemos diálogos con la gente. Creemos que para que alguien tome cualquier decisión debe contar con información adecuada.

Eso es tener soberanía sobre nuestro cuerpo.

Tener derecho a disfrutar de nuestra sexualidad de manera plena y placentera. Decidir sobre los diversos aspectos de nuestra vida. Sólo nosotras podemos tomar la mejor decisión; porque, aunque nos equivoquemos, no ha sido impuesta por nadie más.