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¿Vuelve el viejo Estado productor de felicidad? PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 25 de marzo de 2008

Acuerdo País aún no ha decidido cómo quedará la comunicación en la Constitución. Pero lo que circula en Montecristi produce mareo. Image

 

Si no fuera tan serio, daría chiste. Sí, causaría gracia leer u oír propuestas que, inspiradas en la ideología, pudieran desembocar en mundos macondianos. Todo se complica si esas propuestas se hacen en Montecristi y si en vez de promesas surrealistas, lo que se oye, o se lee, amenaza con convertirse en textos constitucionales. No pasa con todo, evidentemente. Acontece, por ejemplo, con lo que algunos quisieran llamar “derechos de la comunicación”.

No hay textos definitivos en ese tema y se sabe que lo poco que se ha escrito no tiene el visto bueno de Alberto Acosta. Enhorabuena. Porque lo que circula pudiera darle envidia a autores como Fernando Arrabal. Lo inaudito es que la Asamblea no es un taller de literatura.

¿Qué quieren los amantes de la comunicación en Montecristi, aquellos que la aman tanto que quisieran constitucionalizarla? Pues que el Estado garantice todo: el derecho a la comunicación participativa, alternativa, deliberativa e incluyente.

Que el Estado garantice la pluralidad, la creación de medios alternativos, el diseño y la aplicación de políticas y estrategias de comunicación con participación directa de sectores específicos (indígenas, afroecuatorianos...). Que el Estado garantice el derecho a acceder a fuentes de información, a buscar, recibir, conocer y difundir información y que esta sea veraz, plural, oportuna, no tergiversada y promotora de debate público. Que el Estado prohíba publicidad o programas que amparan la violencia, el sexismo, la transculturación... Y que obligue a los medios a transmitir —al menos 40 por ciento— basado en la cultura y en las costumbres nacionales...

En definitiva, que el Estado haga feliz a todos los ciudadanos, supuestamente obsesionados por estar muy bien informados.

Es evidente que en el bloque oficialista hay quienes sonríen nerviosamente ante lo que proponen algunos de ellos. Aquellos que preguntan quién no quiere información veraz, incluyente, plural... Claro, ¿quién no quiere que lo políticamente correcto sea cotidiano y que esa prueba de amor al prójimo se refleje en todos los medios del país? Tanta bondad junta no puede causar ningún resquemor. El problema empieza cuando se pregunta quién evaluará la información. ¿Quién dirá lo que es plural, veraz y objetivo...? ¿Quién pesará, y con qué instrumento, lo que es constitucionalmente correcto? ¿Quién dirá lo que es cultural y lo que no lo es? ¿Quién nombrará los comités encargados de hacer esos controles? Finalmente, ¿qué tipo de sociedad pudiera resultar de esa visión gregaria y religiosa que está tras esas bienintencionadas propuestas? Es tan utópico el planteamiento (y lo utópico en política ha producido campos de concentración) que se pide que el Estado garantice el acceso al ciberespacio y específicamente a Internet. ¿Y eso qué pudiera significar? ¿Que el Estado dote a cada ciudadano de un terminal y un teléfono? ¿Que abra cybercafés en todas las parroquias? Los medios tienen responsabilidades enormes en la sociedad. Eso es verdad, y en ello están en deuda. Pero los cambios de actitud y de sensibilidad no se logran por ley. En ese campo, el Estado puede incentivar, no obligar.

La visión de los amantes del Estado productor de felicidad supone un mundo tan simplón y asistido, tan estadodependiente, que está más enlazado con sus deseos que con la sociedad que quieren normar. Esa sociedad es compleja y se activa por tendencias, más que por decretos. Si el país quiere ciudadanos debe partir de una realidad: ante los medios ningún adulto es inocente.

Ni ciego. Por ende, no necesita tutores. Lo que el país requiere es un cambio de referentes, una revolución cultural. Y esa no la hace el Estado. La ideología, la añeja, que ve al Estado como productor de felicidad, impide siquiera debatir cómo lograrlo. Porque su doctrina parece fruto de un retiro espiritual y no de una mirada lúcida y serena sobre la realidad. Ante la maleza ideológica es imposible sopesar, con detenimiento, cómo han hecho otras sociedades para incidir en una mejor información. Pero no es atiborrando de deseos, trasnochasdos o no, a la Constitución.