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El empate positivo PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 25 de marzo de 2008
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El empate positivo
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URIBE
Un éxito militar que lo llevó al aislamiento

El Presidente colombiano sabía lo que se le vendría encima tras la intervención en Ecuador. Pero, sopesado todo, el rédito le resultaba mayor al costo. Por eso dio luz verde a la operación que, en el fondo, le trajo más beneficios de los esperados. De ahí el aire triunfalista que respira su gobierno y el estado de una opinión que tras casi seis años de gobierno, lo premia con un 84 por ciento de popularidad. Eso no se había visto en Colombia.

Uribe no sólo liquidó mitos históricos que envolvían las FARC desde hace 40 años (ver Vanguardia 128): probó, como lo prometió en su primera campaña presidencial, que la guerra con las FARC podía llegar a otra etapa: una en la cual el Estado tuviera superioridad militar y, por ende, pudiera evitar el chantaje al cual sometieron las FARC a otros gobiernos. Esa es la nueva etapa que inaugura Uribe.

Nadie cree que el conflicto terminará con un triunfo militar. Pero ahora los colombianos creen que el Estado está sumando ventajas para obligar a la guerrilla a negociar efectivamente una salida política. Álvaro Uribe tiene, entonces, ante sí, por lo menos cuatro retos: mantener la ventaja militar en una guerra que pudiera ser, por un tiempo, aun más sangrienta. Imaginar una fórmula política que lleve al Estado a hacer los cambios de mayor equidad que un día, en sus inicios y antes de criminalizar sus acciones, reclamó la guerrilla.

Retomar la soberanía en zonas donde la guerrilla y las autodefensas con los narcotraficantes han hecho imperar su ley. Y reconstituir las relaciones internacionales, pues Colombia aparece aislada en el continente.

En este punto, la resolución de la Organización de Estados Americanos no constituyó una derrota personal para Álvaro Uribe. Él sabe, su gobierno sabe, que Colombia es un caso particular, en una coyuntura de gobiernos populistas y de izquierda en la región.

La intervención militar colombiana en suelo ecuatoriano agrava el distanciamiento y subraya la existencia de proyectos políticos en los cuales Uribe es el caso atípico. Por ello, fuera de México, no tiene, por ahora, mayores aliados.

Ese contexto explica por qué Colombia presenta como un éxito real el punto sexto de la resolución de la OEA, firmada la semana pasada, en Washington. Uribe sabía que su acción sería rechazada. Y que su noción de soberanía (si el terrorismo no respeta fronteras, por qué tiene que hacerlo un Estado democrático) no sería admitida.

Pero logró, por primera vez, incluir “el firme compromiso de todos los Estados miembros de combatir las amenazas de la seguridad provenientes de la acción de grupos irregulares o de organizaciones criminales, en particular de aquellas vinculadas a actividades del narcotráfico”. Esta obligación permite al Presidente colombiano no ganar aliados pero neutralizar eventuales soportes logísticos o políticos a las FARC. Es un aporte tan inesperado como esencial para la tarea que se ha propuesto.

Sin embargo, el panorama de Uribe también tiene nubarrones. Su política de seguridad depende, en buena medida, de una estrecha colaboración política, militar y económica con Washington. En este aspecto, no se conoce con seguridad lo que ocurrirá en caso de que ganen los demócratas.

Y hay matices de fondo entre Hillary Clinton y Barak Obama que pueden determinar una relación diferente con Uribe. En Bogotá se abriga, de todas formas la esperanza, de que, aun con matices, la colaboración estrecha con Estados Unidos proseguirá. Al fin y al cabo, la lucha contra las drogas es una política de Estado en Estados Unidos y el narcotráfico ha sido la caja chica y grande que ha subvencionado la guerra que las FARC hacen al Estado colombiano.

Su otro reto es reconstituir la relación con Ecuador, seriamente lastimada.

Álvaro Uribe tendrá que remar a contracorriente y probar, con hechos, sobre todo ante Rafael Correa que su palabra vuelve a tener sentido.