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El diario que mató su historia PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 01 de abril de 2008

El telégrafo, lanzado por el Gobierno, está mal impreso y es tipográficamente caótico. Periodísticamente no innova.

 

Un logo totalmente nuevo, una tapa gráfica que aparentemente no necesita vender ni un titular y un diario en el cual priman el blanco y el negro: El Telégrafo rompió todos los esquemas de lo que significa un rediseño. No los rompió para innovar. Los rompió porque ahora que se sustenta en el dinero del Estado, no necesita respetar las reglas mínimas del mercado. En este sentido, su propuesta (si algún día hubiera alguna) no generará ninguna escuela periodística.

Allí se pueden hacer, se están haciendo, experiencias sin ninguna racionalidad económica. Mientras el Ministerio de Economía envíe el dinero y Vinicio Alvarado le asegure parte de la torta publicitaria, todo estará permitido.

Ninguna empresa, en ninguna parte, hubiera aceptado, en efecto, botar por la borda 124 años de historia que, en buena medida, se resumen en el cabezote del diario. Es lo que acaba de hacer El Telégrafo. Le Monde, The New York Times, entre los casos emblemáticos de diarios que han sido rediseñados, nunca hubieran aceptado perder su logo tradicional.

Esa es la marca. La han rediseñado actualizando su tipografía y manteniendo su carácter. En periodismo diseñar una bella marca, con peso histórico, siempre inspira. El reto no es, entonces, modificarla hasta hacerla desaparecer. Es enriquecerla pero sin violentar su naturaleza. Un diseñador no puede tomar a una vieja dama de 124 años y convertirla en una chica contemporánea.

Es grotesco. En ese caso, lo mejor es no volver al pasado y hacer un diario nuevo con otro nombre. Pues bien: ese ejercicio resultó fatal. El nuevo logo de El Telégrafo no tiene la fuerza visual y reconocible del anterior ni la contundencia que se necesitamodien una ciudad caliente y bullanguera como Guayaquil. El nuevo logo es intrascendente.

Apto quizá para un diario universitario para principiantes. Un logo con un fondo que, por la mala impresión del diario, ensucia las manos sin clemencia, tiene un día reminiscencias de verde y otro de negro. O de los dos al mismo tiempo.

La tapa vuelve a reflejar los desatinos que propicia el tener la chequera del erario público abierta y disponible. En el mercado de periódicos nadie hubiera admitido, en efecto, una primera página que no tiene la urgencia de informar y seducir: parece revista y es cotidiana. Es periódico y no compite noticiosamente.

No lo necesita, pues oficialmente se dijo que un cuarenta por ciento de su producción pudiera ser distribuida gratuitamente. En sus páginas interiores, la cosas no mejoran. Todo medio impreso ancla en la tipografía su principal imagen. En ella está su personalidad y la forma como se relaciona con sus lectores.

Por eso hay protocolos que, en forma consciente, siguen todos los tipógrafos y diseñadores. El interlineado, la forma como se ajustan las letras para no producir entre ellas distancias innecesarias, el tamaño de las columnas, la mezcla de familias tipográficas...

El Telégrafo no solucionó los problemas derivados de la tipografía escogida: no se hicieron los ajustes técnicos y la mezcla poco feliz de por los menos tres tipografías crea un verdadero caos visual. Esto se agrava por la existencia de textos con interlineados tan exagerados como inexplicables. La tipografía en este caso no cumple con los cánones básicos: evitar la monotonía, ayudar a los contrastes, jerarquizar la información, ordenar el diario, propiciar el confort de la lectura... Y hay perlas dignas de ser señaladas como las capitulares en las páginas editoriales que son tan estrambóticas que parecen recuperadas de algún mural olvidado de los años setenta.

¿Quién es el público de El Telégrafo? Esa pregunta es capital en cualquier empresa privada. En El Telégrafo, gracias al dinero del Estado, tampoco esa pregunta debió haberse hecho. Porque en cualquier rediseño es esencial mirar cómo viven las personas que van a comprar ese producto. Pues bien: en una ciudad caliente y jocosa como Guayaquil, El Telégrafo innovó: lanzó un diario funerario. Un diario monótono, con una arquitectura de páginas reiterativas, con formatos de recuadros que se repiten casi en cada nota y en los cuales la tipografía (a veces condensada, a veces expandida) hace difícil la lectura.

Pero el contraste mayor está en otra parte: el contenido informativo versus la aparición de una miríada de columnistas (nacionales e internacionales) que es, en principio, su mejor aporte editorial. Salvo que también ahí se ve que no hay concordancia entre el contenido de las notas (es decir, el público objetivo a quien aquello pudiera estar dirigido) y el contenido de las columnas que supone un público adepto a los ensayos de corte académico. Y, salvo excepciones, con un ligero perfume de la izquierda de antaño.

La carga gobiernista no está ahí. Está en las páginas de información. En la presencia de jerarcas del poder, en forma alguna cuestionados. En la ironía que se lee sobre los conservadores o periodistas como Jorge Ortiz que no goza de buena prensa en el gobierno...

En definitiva, el cambio de El Telégrafo llegó en un formato europeo (un tabloide grande y cómodo como lo quería el Presidente), pero sin la propuesta periodística que preocupó en algunas redacciones. Es el único alivio que ha proporcionado el gobierno a los medios escritos.