REVISTA VANGUARDIA
El castigo mediático de las cadenas apologéticas
| El castigo mediático de las cadenas apologéticas |
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| José Hernández | |
| martes, 22 de abril de 2008 | |
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La llegada de académicos dejó presagiar que los ciudadanos/televidentes dejarían de ser rehenes del capricho del poder. No es el caso. Lo obvio parecía imposible en este Gobierno. Parecía imposible, por ejemplo, que un régimen de académicos imitara a los gobiernos que, en el pasado, habían usado la televisión para hacer campañas propagandísticas con tufo tercermundista. Porque ¿qué eran esas cadenas, puestas al aire en horario triple A, en las cuales la administración, sin mayor recato, se tejía coronas de laureles y se extendía certificados de buena conducta? ¿Qué volvía insufribles esas letanías gubernamentales? Todo. Su tono falsamente informativo. Su guión despavoridamente funcional. Su pobreza estética. El uso político. La prepotencia oficial para imponerlas a la hora que le provocara. Todo. Porque la suma de afrentas hechas a los televidentes siempre producía el mismo resultado: ciudadanos convertidos en rehenes mediáticos de los caprichos del poder. Y de su mal gusto. Todo, porque ese privilegio (aunque esté bien envuelto y sea bien producido) sólo lo tienen los mandatarios tercermundistas. La llegada de académicos al poder dejaba presagiar que ese vicio de la democracia mal entendida, iba a desaparecer. Que en vez de propaganda habría una relación madura y racional de la palabra. Que el Presidente, en vez de castigar a los ciudadanos, usaría su inteligencia y su capacidad de convocatoria para hablar con la nación. Que sus encuentros no serían obligatorios… En fin, se podía esperar que, en vez de menosprecio por los ciudadanos/televidentes, habría sutileza y, sobre todo, respeto del momento estelar que tienen para informarse. Este régimen no repite lo hecho por otros gobiernos. Lo agrava. Es más propagandístico. Más acuciosamente consciente del mensaje y del perfil que quiere forjar en la ciudadanía. Es más coherente y más creativo: se mueve con sondeos; comunica para fraguar o reforzar percepciones. Suplanta los canales tradicionales de información para llegar sin interferencias a los electores. El Presidente no da entrevistas: hace cadenas. Sus ministros no tienen otra existencia mediática que la que bien quiera otorgarles Vinicio Alvarado en sus apologías oficiales. Antes los regímenes hacían sus homilías los lunes. Ahora son los lunes y los días que la revolución ciudadana y sus funcionarios estimen. Antes eran a las ocho de la noche. Ahora a cualquier hora. A las siete de la mañana o en medio del noticiero nocturno. Antes se revestían de un supuesto carácter extraordinario. Ahora no. Se hacen por cualquier motivo: porque hay que responderle a un periodista de opinión. A algunos diarios. Porque un funcionario ha sido denunciado, como lo fue el Superintendente de Compañías, por quien el Presidente se jugó. O porque un ministro, apurado por la coyuntura, tiene que salir a justificarse. No hay límite. Porque el poder es para usarlo. Y porque los canales, que en el pasado osaban protestar, están asustados. O conmovidos ante la montaña de paquetes promocionales que usa a su antojo el Secretario de la Administración. Pocas veces un régimen se ha regodeado tanto con la publicidad. Hay dinero, sin duda. Y eso se ve —lo pone en evidencia el Gobierno— en cuñas y cadenas. ¿Qué muestra en prioridad? Lo que da y reparte. Como el prefecto Nicolás Lapentti que es —o era— de otro bando. La derecha y la supuesta izquierda compiten ahora, en la televisión, en una carrera sin obstáculos de caridad pública. ¿Qué mensaje se destila, cada día, en esta patria que ya es de todos? Que la autoridad está hecha para repartir. No hay una nota de una comunidad organizada en la cual el apoyo oficial resulte tangencial. O inexistente. El espíritu de las cadenas, en ese punto, conduce a una convicción irremediable: todo está hecho para depender de este Estado de la revolución ciudadana tan apto para socorrer, repartir y pedir luego los votos. ¿Qué ha cambiado, entonces, en la comunicación del gobierno con los ciudadanos? La retórica. Ahora no se habla de castigos impuestos a los ciudadanos/televidentes. Se habla de rendición de cuentas. Es mucho más sofisticado y es normal: ahora se encargan los académicos. |









