REVISTA VANGUARDIA
Jaque al secretismo
| Jaque al secretismo |
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| Revista Vanguardia | |
| martes, 22 de abril de 2008 | |
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Acuerdo País niega recibir órdenes del Presidente. Pero no sabe cómo asumir sus diferencias. ¿abrir sus debates o sólo mostrar los consensos? Sus dirigentes aún se lo preguntan. La Asamblea entró en la etapa de redacción de la Constitución. Y el presidente Correa incrementó sus viajes a Montecristi. ¿Blanco es, gallina lo pone? Hay medios, como El Comercio, que han establecido ese nexo. Han dicho incluso que el Presidente dirime los conflictos internos de Acuerdo País. Su presencia durante el encuentro ecuménico con Rossana Queirolo y la noche en la cual se adoptó la tesis de la plurinacionalidad, abunda en ese sentido. Pero esas percepciones duelen en Acuerdo País. Y duelen porque reiteran otras afirmaciones que, según el propio Alberto Acosta, han sido desmentidas por cuatro meses de trabajo. El Presidente de la Asamblea acusa a los periodistas de ser poco acuciosos en sus notas. Fernando Cordero, vicepresidente de la Asamblea, retoma la crítica y la extiende a los columnistas que, inspirados en esas informaciones, repiten lugares comunes sin haber puesto un pie en Montecristi. La hipótesis de que Rafael Correa da línea, dirime conflictos, fija las posiciones, ordena, asume una actitud vertical, tiene la última palabra… ofusca en Acuerdo País. Vanguardia habló con nueve asambleístas tan diferentes como María Paula Romo y Paco Velasco, Virgilio Hernández y Aminta Buenaño. El discurso no varía: Correa cuando va a Montecristi no lo hace para dar cátedra o evitar que se salgan de la línea. Ese Correa para ellos es desconocido. Se sienta en la primera fila, oye y, en muchos casos, sus posiciones no encuentran el eco necesario. Si se entiende bien, el Presidente es un compañero más y frente a él no hay ni la reverencia ni la anuencia de la que tanto se habla. Pero, claro, precisa Aminta Buenaño, segunda vicepresidenta de la Asamblea, “en las líneas críticas nos ponemos de acuerdo con el Presidente y el buró político”. El compañero– Presidente goza de un peso específico. Sin embargo, se insiste en que el carácter beligerante ante él no es una mera veleidad mediática. Basta pedir ejemplos para que aparezca la misma lista: Montecristi no se volvió una fábrica de leyes, como quería el gobierno. En el caso de Dayuma, Correa tuvo que archivar sus amenazas. La ley tributaria fue cambiada. La ley de tránsito aún no ha salido. El Superintendente de Compañías está ante un juicio político y, por lo que se colige, cesará en sus funciones. En el caso del aborto, el Estado garantizará y respetará las excepciones previstas en la ley… así el Presidente haya dado a entender otra cosa. En una palabra, no hay levantamanos en Acuerdo País. Lo dicen todos, convencidos de la diversidad que representan y de las discrepancias regionales, étnicas y de opinión que hay en un bloque tan heterogéneo. “Creo que hay una cierta concurrencia en los objetivos generales —dice María Paula Romo— pero hay diferencias en la comprensión de los temas y en la solución de los mismos”. La ventaja no es sólo la diversidad —dice Alexandra Ocles—. Es que se puede tener opiniones distintas, e incluso opiniones de derecha y que se puede debatir con argumentos. No están en la tónica de descartarlas simplemente por ser de otra línea. Si esto fuera así, si el nivel del debate político fuera tan alto en Acuerdo País —como sostiene Fernando Cordero— ¿por qué existe una percepción de aplanadora sumisa a la voluntad presidencial? ¿Por qué los visita directamente Correa, tras haber establecido un nexo (Augusto Barrera) y por qué los visita tanto que logra poner nerviosos hasta sus más devotos seguidores? La culpa es atribuida, en buena parte, a los medios de comunicación tan ávidos de hechos faranduleros, como los llama Alberto Acosta. Las cámaras serían culpables, por otro lado, del desdoblamiento de algunos asambleístas (incluso de PAIS) que sin ellas pasan desapercibidos y con ellas están prestos a patear la mesa. Alberto Acosta, especialista en apagar incendios, es tan consciente de ello que tiene recortado un titular de Diario Expreso que, repetido por él, dice: lejos de las cámaras, en silencio, las mesas trabajan mejor. Preguntas: en esas circunstancias, ¿qué pueden hacer los medios? ¿Acuerdo País realmente tiene procesos democráticos cuando actúa políticamente como una niveladora de esas que armó, en su momento, el socialcristianismo? ¿Cómo se comprueba ese espíritu supuesto de diálogo y apertura de Rafael Correa si sólo lo prodiga con los suyos y en el secreto del buró político y de las reuniones con su bloque? ¿Y, sobre todo, por qué no poner ante la opinión las tesis en debate, ahora que no hay oposición y que Acuerdo País representa casi las tres cuartas partes del electorado? Las preguntas sorprenden. Aminta Buenaño y Gustavo Darquea usan el mismo símil, el de una familia, para decir que el movimiento no puede darse el lujo de mostrar sus diferencias internas. “Se hace público —dice Gustavo Darquea— luego de que hay consensos o acuerdos. Aquí no se trata de hacer un show en vivo. Se trata de asumir con seriedad un análisis profundo de las temáticas y en ese sentido, los medios deben ser respetuosos de ese proceso que tenemos”. Ahí es donde el zapato aprieta. Acuerdo País no ha asumido, en efecto, la posición absolutamente hegemónica que tiene. Por un lado, acapara el debate (y las decisiones), pero, por otro, rehúsa que el país vea sus costuras internas. La riqueza de su diversidad, como afirman todos los entrevistados. “Hemos preferido —dice Paco Velasco— privilegiar los acuerdos y no los desacuerdos de manera pública”. Velasco no ve en ello un problema pues a su entender son coherentes “con el proyecto unitario de la ciudadanía que demanda una posición conjunta”. ¿Posición conjunta? No parece ser ese el principal obstáculo que tiene Acuerdo País. María Paula Romo hurga de manera más fina en el dilema: “Hay ausencia de mecanismos para procesar las divergencias públicamente. Y sí, hay temor a la divergencia en el sentido en que no se diferencia la oposición de la derecha de críticas y reflexiones más escépticas sobre ciertas posiciones”. Su conclusión en ese punto mira en dos direcciones: la política sigue siendo, en muchos casos, un discurso maniqueo (estás conmigo o en mi contra) y también quienes la leen sólo los pueden poner a ellos en esos dos lugares. Acuerdo País no sabe, entonces, cómo superar la lógica de la unanimidad. Lo reconoce Norman Wray, quien se dice favorable a “trasladar el debate hacia fuera”. ¿Cómo hacerlo? Ocles cree que un primer paso quizá sea diversificar las vocerías. Pero el dilema continúa cuando se pregunta quién o quiénes ponen esos debates en la sociedad, cómo lo hacen y cómo serán recibidos. Lo que sí sabe es que la Asamblea y Acuerdo País no son lo que parecen. “Nos falta comunicar mucho más. Creo que en pro de cuidar el espacio se dice estrictamente lo necesario y eso puede ser una dificultad porque sin duda nos ha creado una imagen de rebaño obediente a Correa”. Fernando Cordero coincide plenamente. Y ya no se hace preguntas. Para él es claro que el secretismo de Acuerdo País y la prohibición de entrar los periodistas a las mesas, son dos crasos errores de Acuerdo País. “Si nuestras reuniones que son riquísimas por la diversidad política se hubieran dado con la prensa de por medio, el país hubiera salido ganando y muchos calificativos, de gana injustos que nos ponen distancia y conflictos con los medios, hubieran desaparecido”. De hecho, el Vicepresidente de la Asamblea, dice haber oído a Correa inquietarse de que la prensa no esté en las reuniones del bloque. Si así hubiera sido en la que tuvieran con Rossana Queirolo “las que hubieran quedado mal —dice Fernando Cordero— hubieran sido las compañeras”. Por eso cree que su movimiento debe reconsiderar esa posición. Y da algunas razones (ver recuadro) que le permiten concluir que “si votáramos, ganaríamos los que creemos que nuestras reuniones deben ser públicas, abiertas, como son las reuniones del pleno”. La apertura de Cordero es muy parecida a la de María Paula Romo. Salvo que ella confiesa que el bloque no ha encontrado un mecanismo para hacer público el debate que no sea televisarlo. “Tal vez hacer una discusión pública no es hacerla por televisión sino hacer documentos y analizar los temas”. Mostrar, en definitiva, cuáles son las tesis que se debaten en la principal fuerza política que está gobernando y haciendo la Constitución. Ese hecho llevaría a otro: darle juego público a las tendencias que han hecho de Acuerdo País, el colectivo más novedoso de la política nacional. Virgilio Hernández no admite que estén operando como tendencias. Es loable —dice— la pretensión de un partido político que funcione con tendencias, pero no creo que esa es la lógica que funciona en Acuerdo País. “En Alternativa Democrática no es que tengamos reuniones previas”. Sin embargo, reconoce que tienen generalmente coincidencias las ocho personas que provienen de Alternativa. Lo mismo se puede decir de Ruptura de los 25. O de los grupos que se sienten más cercanos a Ricardo Patiño, Gustavo Larrea, Fernando Cordero... Ser y parecer democrático. Ser y parecer inclusivo. Ser y parecer de la nueva izquierda. Acuerdo País no sabe cómo hacer la transición del secretismo y el unanimismo propio de los partidos únicos, a lo que es: “un movimiento de movimientos”, según la definición del primer vicepresidente, Fernando Cordero. Y ahora lo necesita para lograr adhesión a la Constitución y votos que le aseguren una supremacía que, según Norman Wray, busca superar la visión de la izquierda tradicional. |








