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¿La economía real interesa al régimen? PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 06 de mayo de 2008

El Gobierno no procesa la angustia de las empresas y de los hogares. Tampoco le mortifican las señales confusas que envía al exterior.Image

 

La sensación de mareo es absoluta. Se siente que los factores que el gobierno está juntando, pueden llevar a la economía, ya la están llevando, hacia la recesión y la crisis. En todo caso, lo único que no podía pasar está ocurriendo: la economía empieza a depender enteramente de la política y de sus vaivenes.

Y el régimen actúa como si eso fuese, además de normal, procedente. Como si sus tiempos políticos fuesen los mismos que los de la producción y el empleo. Y eso causa una certeza irreverente: muchos ministros y funcionarios del régimen jamás han pagado una nómina ni se han enterado del esfuerzo que hacen las empresas para obtener créditos y abrir nuevos mercados.

No hay señales de que el régimen sea consciente de cuánto afectan a la economía, al comercio y a la producción, la campaña electoral permanente, la inseguridad que crea el no saber cómo quedará la nueva Constitución, las amenazas que hacen pesar las generalizaciones del Presidente… Tampoco le inquieta, al parecer, la ausencia de inversión exterior. No lo alarman sus propias estimaciones que dicen que el país crecerá este año al mismo ritmo —o menos— que el año pasado.

Eso, en cifras, es pírrico, pues el crecimiento registrado apenas llegó a 1,8 por ciento. La economía no es, entonces, una prioridad para un gobierno dirigido por un economista cuyas críticas, agrias y rotundas al sistema, no se han traducido en políticas alternativas reales. Y palpables.

El régimen pasa de agache ante las estadísticas que dicen que su gestión económica es mediocre. Para ello ha echado mano a toda suerte de explicaciones: que los índices tradicionales no miden el estado real de la economía. Que para exportar había otros mecanismos por fuera del TLC propuesto por los Estados Unidos. Que la inversión pública iba a halar la reactivación productiva.

Que el riesgo país es una fantasía de los bancos de inversión de Nueva York… Y, claro, los electores se dijeron que el gobierno, tan lleno de fórmulas alternativas, iba a hacer lo que los economistas ortodoxos, tan despreocupados por la equidad, no habían logrado. Y pagaron por ver.

16 meses después, la economía no arranca. El Ministerio de Economía y Finanzas se convirtió en un ente contable. Y el Ministro Coordinador de la Economía sigue haciendo discursos sobre la nueva arquitectura financiera. Y sobre el Banco del Sur que, de pronto, arranque este año. 16 meses después no hay política comercial.

Nada se ha estructurado en forma sostenible con Estados Unidos. La negociación con Europa será larga. Y con Asia las oportunidades reales parecen ser mucho menores, en el corto tiempo, que la prosopopeya de los discursos oficiales.

16 meses después no hay estrategia para la renegociación petrolera. El Ministerio de Minas y Petróleo y Petroecuador siguen hablando dos idiomas. Como ha ocurrido siempre. Como acaeció en tiempos de Alberto Acosta y de Carlos Pareja Yanuzelli. Salvo que hoy la guerra entre esas dos instituciones se ha agravado. Por eso Galo Chiriboga arrancó la negociación y, tres meses después, el Presidente la paró. Porque el Ministro iba por una vía alterna que la cúpula de Petroecuador no comparte. Y porque, además, los presupuestos políticos de Correa no estaban en el nuevo formulario de renegociación.

Las consecuencias de esa guerra, en la cual se juegan visiones e intereses, y las señales que eso articula, no parecen preocupar al Gobierno.

Tampoco le mortifica, al parecer, la forma cómo se lee afuera la renegociación accidentada con empresas como Porta. No hay en absoluto concordancia entre esas renegociaciones —legítimas sin duda por parte del Estado— y los esfuerzos que hace, por ejemplo, Susana Cabeza de Vaca, ministra Coordinadora de la Producción, para atraer inversión extranjera.

¿Cómo creer que la economía real interesa al régimen? ¿Cómo decirlo si no procesa la angustia que produce en las empresas y en los hogares, y las señales confusas que envía al exterior? Para colmo, el Banco Central ya no emite las alarmas que, en la época de los ortodoxos, ponía coto a los políticos. Y a sus irresponsabilidades.