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Ganar elecciones... sólo eso mueve a Alianza País PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 13 de mayo de 2008

Tras su gran éxito electoral, el movimiento político del Presidente aceita los mecanismos de poder y sueña con copar todos sus espacios. Image

El poder es atroz. No perdona. Quien le paga tributo y sube a su escenario, sabe que será examinado bajo todas sus costuras. Es la ley en un mundo hipermediático que ha convertido a Rafael Correa, gracias al publicista Vinicio Alvarado, en un ícono.

Pero ese sólo hecho basta para analizar el abismo que separa a Alianza País de su principal figura.

Mientras el presidente Correa se ha convertido en una efigie casi religiosa, su grupo político sigue siendo una masa amorfa e inorgánica. Un conglomerado cuyo único mérito es guarecerse bajo el mismo paraguas y recitar lugares comunes: la larga noche neoliberal, la patria altiva y soberana, la lucha contra los pelucones, el poder ciudadano cuyo contorno es tan etéreo como cuestionable, la soberanía hasta del sexo...

¿Quiénes en sus filas producen pensamiento político? ¿Dónde están sus planteamientos contemporáneos? ¿Quiénes dan sustento conceptual a una organización cuyo mejor activo parece ser reciclar incesantemente el pasado? ¿No hay una crisis ideológica evidente en Alianza País? Cuando se formula la pregunta, la respuesta es automática: se creó una comisión encargada de pensar cómo se vuelven partido. ¿Y el programa? Está en la campaña electoral, en el plan de desarrollo que armó Senplades, en las posturas de los asambleístas en Montecristi y hasta en las insufribles cadenas del régimen... Es claro, los dirigentes de Alianza País arman su programa mientras producen hechos de gobierno, mandatos o textos constitucionales. No preocupa que un programa de un partido no sea lo mismo que una acción de gobierno. Ni que los dirigentes de ese movimiento sean, al mismo tiempo, ministros de Estado, funcionarios, miembros del buró político, tutores de la Asamblea, candidatos... La promiscuidad política ya es de todos.

Sin embargo, la crisis política de Alianza País ya está aflorando. Hay guerras internas por las candidaturas. Hay asambleístas que, gracias al presupuesto de Ciudad Alfaro, en vez de mesas itinerantes hacen simple y llanamente proselitismo político. Hay algunos, incluso, que están montando sus propias estructuras. En definitiva, buena parte de los dirigentes nacionales y locales de Alianza País están metidos de cabeza en la nueva campaña electoral. Y la fiebre política no está en las ideas sino en saber quién estará con Rafael Correa en los afiches y en los anuncios de televisión.El ejemplo de Santo Domingo de los Tsáchilas será devastador, porque articuló un mensaje que militantes y dirigentes, con probadas excepciones, quieren seguir al pie de la letra: basta con aparecer al lado del Presidente para ganar el favor de los electores. El gran elector es él. Lo que importa es hacerse acreedor a su afecto, ser su fiel seguidor. Dicho de otra forma, el replanteamiento de la política está lejos de provenir de un movimiento que, tras su éxito electoral, se ha dedicado a aceitar los mecanismos de poder y a soñar con copar todos sus espacios. A cualquier precio: basta con mirar lo que intentó hacer la semana pasada César Rodríguez en la Asamblea, cuando pretendió, vulgarmente, volver a meter mano en las cortes de Justicia.

El presidente Correa ha sido de una habilidad poco común para ocultar la realidad de su movimiento. Él es el paraguas. Él protege esa masa amorfa e inorgánica, erigiéndola en la parte buena de una visión maniquea en la cual sólo puede haber, del otro lado, un enemigo: los pelucones, los empresarios, los medios de comunicación, Álvaro Uribe, los autonomistas de Santa Cruz de la Sierra, la oligarquía internacional...

Mientras haya un peligro, él asegurará la unión del grupo. Es la ley del clan que antes era cuestionable y hoy es lícita. Antes era un principio mafioso usar el poder para proteger a los suyos. Hoy no importa: basta con ser amigo del Presidente, gozar de sus afectos, haber sido su profesor… para sentirse impune.

El poder es atroz. Y en el desfile insalvable que impone ante las luminarias, el movimiento presidencial está revelando costuras insospechadas. Su poca sensibilidad para percatarse no extraña: está ocupado ganando elecciones...