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Pero sigo siendo el rey PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 20 de mayo de 2008

Rafael Correa un Presidente todopoderoso. Popular y con altos índices de aceptación. Un Presidente que tiene Asamblea propia y cuyas acciones no son fiscalizadas por ningún organismo de control.¿Está el país viviendo una democracia o, sin saberlo, cayó en una monarquía? Vanguardia debatió con asambleístas afines y aliados de Rafael Correa.

Los tiempos han cambiado. Ahora el Presidente se permite despachar a antiguos aliados con canciones y coros improvisados.

Ya no hace análisis de quiénes son.

Ahora calcula cuánto pesan en la balanza electoral. Dos por ciento, dijo refiriéndose a Pachakutik. Dos por ciento que, mirado desde las alturas de los sondeos, donde habita por ahora, él simula no necesitar.

Ese gesto de Rafael Correa es revelador. En minutos liquidó a un movimiento que, al inicio de su campaña, le tomó meses en decidir lo que iba hacer con él. “Es una actitud de arrogancia y de burla —dice Mónica Chuji, asambleísta de la Conaie—. Es una muestra más para decir que el que manda aquí es él”. Y ese solo gesto ha agudizado, en parte de sus asambleístas, las diferencias que mantienen con el primer Mandatario. “Esto no se hubiera producido con Javier Ponce a su lado —dice un representante de la Sierra central—. Su salida de Carondelet ha reforzado al grupo de derecha que rodea a Correa: los hermanos Alvarado y Alexis Mera”.

El presidente Correa deshizo con una cumbia, que le encanta a Mónica Chuji, semanas de diálogos con Pachakutik y la Conaie sobre la plurinacionalidad y el mandato minero.

“Hay cosas que están en el libreto y en las cuales es posible discutir con el Presidente —dice el asambleísta que pidió no ser citado— y otras que son de su condumio”.

¿Hasta dónde los asambleístas de Acuerdo País siguen las decisiones que toma el Ejecutivo? ¿Y cómo las siguen si viven prisioneros en Montecristi y hundidos hasta 18 horas diarias en textos virtuales y en reuniones y debates que se extienden más allá del cansancio y la razón? Algunos sPresidente con los asambleístas ante el cual hay tres actitudes en Acuerdo País. Dos de ellas describe el padre Fernando Vega, asambleísta elegido en Cuenca con apoyo del movimiento presidencial: “Hay una parte de Acuerdo País que tiene un grado de fascinación con el Presidente. Dijo el Presidente, amén. Hay otros que no, que discernimos muchísimo”. Y hay un grupo que calcula. Y cuya mirada y opiniones están irremediablemente mediatizadas por las próximas elecciones. Ese grupo, no desea hacer olas. Dice lo que en Carondelet quieren oír.

Lo cierto es que en Montecristi, en el grupo oficialista, la bronca con Pachakutik sí hizo mella y volvió a marcar una diferencia política importante entre Rafael Correa y Alberto Acosta. Diferencia que Pachakutik y la Conaie no cesan de hacer notar.

Pero aun así en Montecristi no se tiene la percepción de que Correa sea un Presidente todopoderoso (ver recuadro), que violenta procesos legales y constitucionales, firma contraltos a dedo, desautoriza opiniones contrarias, pone funcionarios cuestionados o los defiende contra toda lógica, como ocurrió con el Superintendente de Compañías. O como ocurre con Vinicio Alvarado. El presidente Correa no es en Ciudad Alfaro —como ya se dice en el país— un monarca con Asamblea propia y sin organismos de control. Él es un compañero, carismático, popular y líder de un proceso. Un compañero audaz, un poco malgeniado (y por eso algunos lo alaban), que deja que le debatan y a quien, en algunos casos, han forzado a volver sobre sus decisiones.

Fernando Vega recuerda el caso de Dayuma. María Paula Romo agrega la Ley de Equidad Tributaria, la Ley de Tránsito… Pero ni ella ni Betty Amores, asambleísta nacional, entienden por qué se habla tanto de Correa. “Él no es todo el proceso, hace parte de él —dice Betty Amores, con la pasión que la caracteriza—. Correa es la sumatoria de muchos acumulados históricos. Y este proceso va a continuar con él y sin él; con nosotros y sin nosotros”. Pedro de la Cruz hace coro. “Éste no es un asunto personal, es un proyecto que estamos viviendo para cambiar al país. El pueblo juzgará si Correa lo ha hecho bien o lo ha hecho mal”. Para el dirigente de la Fenocín cuenta respaldar un proceso, no reparar en detalles.

¿Es un detalle lo ocurrido con la empresa argentina Enarsa? ¿Es un detalle tener un Secretario de la Administración dueño de agencias publicitarias cuando él se ha convertido, con decreto de excepción, en un zar que distribuye la publicidad del Estado a su antojo y sin control? ¿Es un detalle ampararse en emergencias ilegales para hacer contratos públicos a dedo por casi diez mil millones de dólares? ¿Es un detalle la falta absoluta de gestión económica y los esfuerzos absurdos por cambiar las mediciones de las estadísticas económicas? (ver pág. 17) Acuerdo País asume dos actitudes para encarar esos interrogantes: apela al espíritu de cuerpo, o vuelve al dilema maniqueo de comparar a Rafael Correa con los gobiernos que lo precedieron.

Estrategia ganadora, en apariencia, si se miran los sondeos. ¿No están reiterando, por esa vía, la larga y oscura noche del caudillismo nacional? Sí, responde Gilberto Guamangate, asambleísta de Pachakutik. Él compara este proceso con lo sucedido con Lucio Gutiérrez.

Ve en Correa un hombre más inteligente.

Respeta su liderazgo, pero cree que está derivando hacia un caudillismo que puede ser “sumamente peligroso”.

Y pronostica que algunas acciones emprendidas por él incidirán para que su liderazgo termine.

María Paula Romo pide ayuda a la historia. La política y los políticos (incluye a Acuerdo País) siguen inspirándose —dice ella— en Velasco Ibarra.

“Por supuesto que nuestras prácticas políticas tienden a esos personalismos.

Así somos en Ecuador. Pedimos eso.

Así es el diseño institucional. Es chistosísimo porque del otro lado, la derecha pedía un líder, no una estructura”.

¿Acaso el cambio no implicaba romper ese círculo trágico de caudillismo y populismo? La vicepresidenta de la mesa 10 consiente. Y según ella, Acuerdo País lo está haciendo. “Pero ese cambio —dice— no se da en un día y no sólo necesita voluntad sino espacio para que surjan nuevos liderazgos”.

Decir que lejos de aminorar esa tendencia, el régimen está afianzando un súper presidencialismo, sacude a Betty Amores. “Eso es un mito que ustedes están construyendo, y no es así”. Y cita la palabra empeñada y cumplida de Correa. ¿Caudillo? Ni más faltaba. “Es el líder de un proceso, un líder creíble, a quien el pueblo ama y respalda”. Por si no fuera suficiente, ella dice que en la Constitución se han aumentado las causales de destitución del Presidente.

E incluso —revela— a Correa lo han tenido que convencer para que acepte la figura de la reelección… Curiosamente Fernando Vega, que es sacerdote, no hace tantos actos de fe, como Betty Amores. Primero admite que Correa ganó atrayendo hacia él todo el populismo del país. ¿Qué lo diferenciaba? Según él, un programa y el cumplimiento de la palabra ofrecida.

El colapso en el cual este gobierno encontró al país necesitaba, según el eclesiástico cuencano, “un tipo con los pantalones bien puestos”.

Por ahora, Fernando Vega percibe signos contradictorios. Por un lado él advierte que Rafael Correa tiene un estilo intemperante. Es fosforito. Por otro lado, los textos que están haciendo en la Asamblea Constituyente, con la aquiescencia del Presidente, hablan, según Vega, de una cancha apta para la participación ciudadana y para la construcción de nuevos liderazgos. “Espero —dice él— que Rafael Correa tenga la generosidad de no envanecerse y de no quedarse con ese poder”.

¿Participación ciudadana? ¿Cuál? En Montecristi es difícil afirmar que el Presidente se acostumbró a estar, para parafrasear al poeta Rilke, en la múltiple compañía de sí mismo y de sus discursos. Que usa cadenas de radio y televisión con una profusión tal que parece que convirtió la política en el arte de repetir verdades oficiales. Que el Presidente no debate con nadie que no sean sus coidearios. Y que aquellos que disienten corren el grave peligro de verse tratados de idiotas, como le sucedió al joven emigrante en España.

¿Esos hechos eran los que se esperabanque llegan a las mesas constituyentes o a la plaza principal de Ciudad Alfaro crea la sensación de una participación incesante, fluida y masiva. Y las imágenes de un Presidente bien acogido, amado por la gente como dice Betty Amores y omnipresente, basta para afirmar que la ciudadanía sí está movilizada y participando en el cambio emprendido por de un cambio supuestamente de izquierda? ¿Es de izquierda y es innovador haberse otorgado un pasaporte para actuar sin contrapesos, apostrofar a quienes osan criticarle y generar la sensación de impunidad a su alrededor? Pocos son los asambleístas que, siguiendo a María Paula Romo, asumen que la Constitución, para legitimarse, requiere no sólo reuniones de los asambleístas con Rafael Correa, sino con la ciudadanía. El desfile de delegaciones el régimen de la revolución ciudadana.

Gilberto Guamangate, de Pachakutik, disiente. Para él, el Presidente no ha soltado la pelota a la sociedad. Y el asambleísta dice no comprender lo que Acuerdo País entiende por ciudadanía.

Aquello le suena a una exquisitez urbana que deja por fuera las comunidades rurales. Para él es claro que el régimen debiera hablar con la sociedad organizada.

Reivindica, entonces, la corporativización que ataca Acuerdo País. “En eso, compañero —le responde Betty Amores— tenemos una clara diferen- cia”. Ella ve la participación ciudadana hasta en la conformación del círculo íntimo del Presidente que, dicho sea de paso, produce urticaria en muchos sectores de Acuerdo País. “La presencia de esas personas (los hermanos Alvarado, Alexis Mera…) muestra que no hay cerrazón”. Y con una convicción que conmueve, Betty Amores afirma que “el país está integrado por gente de la más diversa ideología y que todos deben ser tenidos en cuenta a la hora de tomar decisiones”.

María Paula Romo no va tan lejos.

Ella es de las pocas voces que admiten que, también en participación ciudadana, hay un déficit. No solamente de Acuerdo País —precisa—, sino del Ecuador en general. “Pasarán años antes de que podamos pensar en una participación de otras características.

¿Estamos construyendo las bases para ello? Quiero creer que sí. Pero antes de tener una ciudadanía informada, deliberante y que toma parte en las decisiones va a pasar mucho tiempo”. La asambleísta de Pichincha es, sin embargo, optimista: “somos más deliberantes que hace quince años. Este proceso es resultado de eso”.

Fernando Vega pisa el mismo terreno.

Su teoría, por ser también químico, es que el país está en un momento de caos plásmico en el cual todo se está reconstruyendo. En ese escenario ve que es un mérito de Correa haber repolitizado a la sociedad y haber hecho de esa forma que la política, tan devaluada, vuelva a ser una oportunidad para construir algo nuevo en el país. Pero sobre todo, él mete la mano al fuego por las formas de participación ciudadana que quedarán, según él, en la Constitución. A partir de ahí ve nuevos partidos, ciudadanos más maduros… En definitiva, Fernando Vega no se desespera: “muchas de las formas de ser y decir del Presidente me chocan, me molestan. Pero no puedo tirar el niño con el agua de la bañera”.

Eso en cristiano significa que la pedagogía de la política, que en este caso debía hacerla en primera línea el Presidente, está pendiente. Porque la política también se define por las formas.

María Paula Romo está de acuerdo en la parte conceptual. “Es verdad que el ejercicio político sí es pedagógico. No sólo lo que digo, sino cómo lo digo, hacia quién lo digo, qué palabras utilizo”.

Pero otra vez se apoya en la sociología para salvar a Rafael Correa. “Ese ejercicio no nos queda pendiente en la figura del Presidente, sino en todos”.

En esto no hay mayor innovación.

También los socialcristianos en su momento se inspiraban en la misma máxima: somos como todos, luego no podemos ser mejores. En ese capítulo se reedita la pregunta que, extraída de una tragedia griega, parece envolver al país. Si los dirigentes del Ecuador son como los demás ciudadanos, ¿cuándo y cómo sale el país del drama caudillista y populista que lo persigue? Las asambleístas Amores y Romo coinciden en insistir que el proceso actual no puede ser evaluado únicamente por la figura del Presidente de la República. ¿A quién culpar? ¿Acaso no fue él –y no la opinión–, quien se erigió en principio y fin del universo nacional? ¿Acaso no es él —y no la opinión— quien pesa sobre manera en las decisiones de la Asamblea? ¿No es él quien también es canciller y ministro de Finanzas y ministro de Energía y negociador de contratos? ¿No es el Presidente, un hombre supuestamente informal, quien resucitó artículos arcaicos del Código Penal para perseguir a un diario que lo criticó? María Paula Romo es consciente de que si el Presidente quisiera podría romper moldes de la vieja política. Pero, quién sabe si resignada, afirma: “no caímos de una nave espacial. Correa es igual a lo que es Ecuador”.

Fernando Vega, consciente como Romo de que la política tiene una tarea pedagógica a la cual no se puede renunciar, patea el balón hacia delante.

Para él van a ser muy importantes las próximas elecciones. Y como si reviviera recuerdos de mayo del 68, apuesta a lo que parece imposible: “que Correa escuche, no desautorice, no apostrofe, no deslegitime. A veces me he sentido deslegitimado… eres ingenuo”.

Entretanto, y salvo los representantes de Pachakutik, los asambleístas de Acuerdo País se hacen cargo de los aciertos y errores del gobierno.

Con pocos matices. “Las acciones del Gobierno y de la Asamblea son complementarias —dice Pedro de la Cruz—.

Por eso hablamos de solidaridad en la convergencia. No sé si nos hacemos enteramente cargo, pero respaldar el proceso sí”. Betty Amores pudiera suscribir esa frase. Son corresponsables, lo admite. Pero hace una diferenciación en el grado de responsabilidad y participación en las decisiones. Cada uno en lo suyo: Correa y su entorno responden por lo que hagan en el Gobierno. La Asamblea por su trabajo.

“Hacerse cargo no significa —dice María Paula Romo— estar de acuerdo con todo”. Pero esos debates, cuando se produzcan en Acuerdo País, no se harán públicos. De todas maneras, en Montecristi hay conciencia de que la Asamblea Constituyente ha sido beneficiosa para el Presidente. Lo ha aterrizado en algunos aspectos. Y en su grupo, todavía hay voces que, en algunos puntos, le dicen la verdad.

Pero igualmente se sospecha que en el Gobierno no hay quien lo haga. “En el Palacio de Carondelet —dice Mónica Chuji— llega un momento en que no hay quién te diga lo que está ocurriendo afuera. A Correa le debe estar pasando aquello. Todo el mundo le dice que está muy bien lo que está haciendo”.

Soledad del poder y alabanzas de los cortesanos: hay voces en Acuerdo País que dicen que esos males se agravan cuando, gracias a las condiciones que se han dado en este régimen, el Presidente y su círculo más íntimo pueden confundir democracia con monarquía.