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¿Producir miedo estaba en el menú del cambio? PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
miércoles, 28 de mayo de 2008

De Rafael Corr ea se podía esperar, en principio, honestidad intelectual. Examinar los argumentos contrari0s en vez de ridiculizarlos.Image

 

De un Presidente, de los políticos y del poder en general, ningún medio serio de comunicación puede esperar halagos. De Rafael Correa, en particular, sólo se aguardaba honestidad intelectual. No distorsionar los hechos aunque sus premisas y conclusiones sean radicalmente diferentes a las de sus contrincantes.

Examinar y evaluar los argumentos contrarios en lugar de ridiculizarlos. No trocar tesis por vejámenes o insultos. Mantener el nivel del debate. Usar las ideas y no los títulos o el poder y su parafernalia para desmerecer al oponente. Respetar al público ante el cual se libra la discusión. Sobre todo eso.

Vanguardia se guía por esos principios de honestidad intelectual para encarar su trabajo periodístico y de opinión. Desde ahí, desde la defensa del bien público, desde una deontología sin pliegues, esta revista ha planteado preguntas, denuncias y debates a la sociedad y al régimen proveniente, en buena medida, de la academia.

El presidente Correa, en vez de respuestas, descalifica, ridiculiza, cambia los hechos y, por último, llena el escenario público de epítetos que no hacen justicia al debate que el país necesita.

Ese es el viejo juego de la vieja política. ¿Qué hacía si no León Febres Cordero? ¿Alguien puede dudar del daño que hizo el ex presidente socialcristiano al debate público cuando convirtió la confrontación de ideas en oficio para sociólogos vagos? No extraña, entonces, que el presidente Correa, en vez de precisar cuándo y a propósito de qué Vanguardia ha publicado notas, a su parecer, equivocadas la acuse, como lo hizo el miércoles 21 con cinco periodistas, de prácticas que no son nuestras.

¿Olvidó tan rápido el académico Rafael Correa los códigos de la honestidad intelectual? ¿Se obnubiló tanto con sus ideas que se autoriza a pensar que quien las controvierte sólo se nutre de despojos e infundios? Lo que es alarmante es ver al Presidente del cambio pulverizando, en forma tan indigna, cualquier intento de debate público y cualquier ensayo de fiscalización. Bajo su égida, el espacio público ya no es de todos: es suyo. Suya es la verdad y el único destino posible para aquellos que rehúsan ser sus áulicos se encuentra en manuales para liliputienses.

Esta revista dijo, desde su primer número, que era amiga del cambio y que el país requería salir del statu quo. Desde el primer número, dijimos que esta revista trabajaría por un Ecuador renovado y equitativo, plural y democrático. Dijimos que ese país y su futuro hacía parte consustancial de nuestro proyecto periodístico. Y que para ello propiciaríamos los debates con la sociedad, con la academia y con el poder de turno. Cualquiera que sea su color y su discurso. No publicamos infundios, señor Presidente.

Creemos en un periodismo lúdico e irreverente, responsable y creativo. Un periodismo que contribuya a la formación de ciudadanos maduros, capaces de pensar y decidir por ellos mismos, librepensadores, progresistas, preocupados por las inequidades, demócratas y defensores del bien público. No hemos cambiado. Quizá extrañe al Presidente no leer siempre en las notas los nombres de las personas e instituciones que son nuestras fuentes. Quizá sea bueno darle una noticia: muchos nos piden no publicar su nombre. ¿Y por qué lo demandan? ¿Y por qué limpian toda huella posible de descubrirlos en los documentos que nos hacen llegar? Simplemente porque tienen miedo. Miedo de un régimen que avasalla.

Miedo de un Presidente todopoderoso, liberado de controles y con una Asamblea que cortesanos suyos sueñan con usar para tallar instituciones a la medida. Miedo de un régimen que no oye y no ve las acciones antiéticas de funcionarios que tienen oficina cerca del escritorio presidencial. Miedo de un régimen que, por haberlos borrado, no ve los límites de la legalidad y el derecho.

¿Producir miedo estaba, señor Presidente, en el manual de cambio? Dar cuenta de ello no nos exime, por supuesto, de rigurosidad y no nos pone al abrigo de errores. Pero usted, lejos de señalarlos, atenta contra la credibilidad ajena. Es otro de sus derechos. Triste derecho.