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Rafael Correa acelera la creación de anticuerpos PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
martes, 03 de junio de 2008

El Presidente cierra filas entre sus aliados. Y muchos están plegando ante el sujeto político que ahora representa la realidad del poder.Image

 

Acuerdo País no sabe qué hacer consigo mismo. ¿Cómo procesar sus diferencias? ¿Cómo hacerlo además para que esas discrepancias no sean interpretadas afuera como muestras de una implosión interna? El presidente Correa no tiene tiempo para sutilezas.

Por eso anunció públicamente una cirugía con machete: quien no esté de acuerdo con la posición oficial —dijo la semana pasada en dirección a sus asambleístas—, que le vaya bonito.

El mensaje deja desamparados a aquellos de Acuerdo País que saben que la unanimidad no es la medicina idónea para lo que Fernando Cordero llamó un movimiento de movimientos.

Correa quiere que se respete la posición oficial.

La pregunta de muchos de los suyos es precisamente cómo lograrla. Y cómo hacerlo cuando a veces es el propio Presidente quien desbarata los acuerdos —sigilosos, lentos y arduos— que se trabajan en Montecristi. El caso más palpable es el ocurrido con la Conaie alrededor de la plurinacionalidad y el consentimiento previo.

Sin embargo, la posición del Presidente es reveladora.

Muestra, en primer lugar, que quiere cerrar filas al mejor estilo de esas congregaciones, políticas o religiosas, donde la verdad es una sola. Pero también demuestra que, ante la debilidad orgánica de Acuerdo País, esos movimientos están plegando en los hechos a la voluntad del sujeto político que representa, en este momento, la realidad del poder.

Ese hecho sí interesa a la opinión pública. Porque significa que el escenario político posible para hacer y pensar la política, dada la inexistencia de otras alternativas, puede desaparecer por una razón calamitosa que cabe en dos palabras: funcionalidad presidencial. Así, tras ministros forzados a explicar hasta lo imposible —como hace la Canciller por ejemplo—, coidearios áulicos, intelectuales palaciegos, se está pensando en que los movimientos que componen a Acuerdo País plieguen ante aquel que tiene más popularidad y más votos. Esa lógica, inspirada en la sondeomanía que afecta al régimen, está lejos de augurar la cristalización de una tendencia.

Correa no juega, como tantas veces lo dice, a ser un instrumento del cambio. Se ha vuelto razón y sujeto del mismo. No ha aportado un mecanismo político, fuera de su persona, para institucionalizar una alternativa que pasa por él pero que él no resume enteramente. El ex presidente François Mitterrand logró, hace 33 años, fundir cuatro tendencias en una, encargada de renovar el Partido Socialista Francés. Las cuatro coexistieron haciendo públicas sus propuestas y sus visiones. Compitiendo políticamente con sus tesis en congresos públicos en los cuales se fijaban posiciones unitarias. Pero todos entendían que una cosa era el programa de gobierno y otra la riqueza de esas corrientes destinadas a animar la vida política, social e intelectual de Francia.

Cerrar filas, amenazar de expulsión, pretender poner uniforme al arco iris, no es sólo seguir en lo mismo. Es electrocutar las esquivas posibilidades que tiene la mal llamada izquierda de renovarse, remozar la política y forzar, por la vía democrática, a las demás tendencias a ser constructivas y propositivas.

Acuerdo País está en este momento en una disyuntiva clave para la democracia en el país: o transparenta sus diferencias y mete a la ciudadanía en el ejercicio real (no retórico) de la política.

O sigue el juego programado en Carondelet por aficionados al mercadeo que no piensan en la institucionalización de una tendencia democrática y en la renovación política del país. Piensan en cómo eternizar en el poder a su jefe.

Alberto Acosta (ver entrevista) es claro en afirmar que nada está jugado. El país puede ir con Correa hacia una democracia institucionalizada o hacia una dictadura. De ahí la responsabilidad de los movimientos que componen esa tendencia y que, en una buena proporción, cierran los ojos ante la forma cómo el Presidente ejerce realmente el poder. Muchos hacen como algunos ministros: repetir, sin aderezo personal alguno, lo que dice Rafael Correa. Así el régimen entra en una acelerada producción de anticuerpos.