REVISTA VANGUARDIA
Ahora la obediencia alucinada ya es de todos
| Ahora la obediencia alucinada ya es de todos |
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| José Hernández | |
| martes, 10 de junio de 2008 | |
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Si Fernando Bustamante, uno de los ministros más prestantes, no se opuso a una orden irracional y la cumplió, ¿en qué queda el Gabinete? Sin contrapeso en la sociedad y sin contrapeso en el Gobierno: así está el presidente Correa. La noticia no es nueva pero sí es reveladora. No del Presidente, quien en forma incansable ha hecho lo posible para deshacerse de cualquier amarra. Es reveladora de su entorno. De esos colaboradores, perdidos en sus oficinas y prisioneros de círculos estrechos, que lenta pero inexorablemente se desdibujan hasta negar lo que fueron. Fernando Bustamante entró, sin retorno al parecer, en esa vorágine. Él era el profesor insigne de la Universidad San Francisco. Era imposible pensar que él pudiera ir contra sus convicciones. Peor, que pudiera creer que la opinión, ni tan formada ni tan cargada de diplomas como él, pudiera convertirse en tragadora de aldabas. Las suyas. Pero el poder tiene misterios indescifrables para los ciudadanos de a pie. Y ese mismo intelectual, convertido en alto funcionario, decidió cumplir órdenes que postran, hasta los admiradores de Correa en la Asamblea, en un profundo chuchaqui moral. Órdenes inauditas. Irracionales. Inexplicables. Bustamante Jamás hubiera ni siquiera intentado exponerlas a sus alumnos. Era demasiado cartesiano para ello. Nunca hubiera podido concebir en sus clases, que un poder —cualquier poder— usara a un pensador de gran calibre, para reinstalar en su cargo a un señor acusado y a punto de ser destituido. Y reinstalarlo mediante grupos de élite de la Policía que se abrieron paso, entre empleados irascibles, a punta de golpes y toletazos. ¿Cuántos heridos ha previsto, Ministro, en los casos que reciba órdenes que, ética y políticamente, se revelen imposibles de asumir? Y ese gesto de Fernando Bustamante, en el cual cedió su alma de intelectual, devuelve la película a un interrogante mayúsculo: ¿cuál es el papel de los ministros y colaboradores presidenciales en un gobierno que no cesa de refregar a la opinión su supuesta superioridad moral? El presidente Correa ya había marcado la cancha y ahora la selló: obedecer. Ciega y diligentemente. La pregunta siguiente es, entonces, ¿por qué se quedan esos funcionarios en su cargo si el costo es perder su alma? No hay explicaciones a la vista. O mejor, las que hay son tan insignificantes conceptualtualmente y tan inviables éticamente, que resultan impresentables. Ahora se habla de que había un imperativo legal. ¿Y acaso no fue este gobierno el que diluyó los imperativos legales e inauguró, en su reemplazo, la legitimidad política? ¿Qué legitimidad tenía un Superintendente de Compañías investigado por la Asamblea y que, contra los designios del Presidente, iba a ser destituido? ¿Qué legitimidad tuvo? ¿La de haber sido profesor del Presidente? La única razón que sustentó la actuación del Ministro de Gobierno fue haber plegado ante una orden que provino de Carondelet. Esas órdenes, por la ausencia de contrapesos, se han convertido en edictos reales. Y en ese caso, seguramente, las leyes de la democracia se revelan tan ajenas como inaplicables. Hay otras razones, claro, que se dan los colaboradores presidenciales y que, un cartesiano como Fernando Bustamante, hubiera considerado, en otras épocas, como simples coartadas. ¿Qué se dicen en los ministerios cuando la orden fue cumplida y el bumerán hizo su efecto? Que no valía la pena dejar el cargo por tan poco. Que el proyecto histórico que lidera el Presidente bien vale avalar algunas serpientes. Y que, finalmente, eso hace parte del costo que implica la inexperiencia política de Rafael Correa. Todo, salvo lo esencial: si Fernando Bustamante, uno de los ministros más prestantes del régimen, no se opuso a una orden irracional y la cumplió, ¿en qué queda convertido el Gabinete? ¿Amparar la sinrazón hacía parte del cambio? ¿Usar la fuerza pública para dar libre curso a caprichos presidenciales es parte del cambio? ¿Trocar la independencia, la libertad de conciencia, el juicio que debe regir la administración de lo público; trocar todo aquello por cargos sin sentido, no es vender el alma por viejos oropeles? El presidente Rafael Correa está promoviendo otra raza de intelectuales y de funcionarios. La obediencia alucinada ya es de todos. |









