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El síndrome de autista en el corazón del poder... PDF Imprimir E-Mail
José Hernandez   
miércoles, 18 de junio de 2008
La visión unívoca no es tomada como una ausencia, como la tara paralizante del poder, sino como señal de lealtad al Presidente/Totem. El Plebiscito sobre la nueva Constitución, tampoco será para el régimen, el motivo para evaluar su política. E introducir correctivos. Por el contrario. La campaña, que ya empezó de lado y lado, oxigena al Presidente para que vuelva a la tensión maniquea que tanto resultado le ha dado en las urnas y en los sondeos. Los buenos de un lado; los malos del otro. El futuro de un lado (él y los suyos); el pasado del otro (el infierno son los otros, dijo Sartre). El cambio y la transparencia de un lado; el statu quo y la corrupción del otro…

El país, mirado por Rafael Correa, sigue políticamente parqueado en la demolición. Hay fuerzas que vencer, dijo Ricardo Patiño la semana pasada en un amplio diálogo con Vanguardia. Así, mientras más se los escucha —a él, al Presidente, a ciertos asambleístas fundamentalistas de Alianza País—, se entiende mejor la visión que los anima. La política es la guerra. Una guerra total y sin tregua contra un enemigo que tiene mil rostros. Y otros tantos cómplices. Hay un aire religioso en el ambiente. Hay un voluntarismo típico del caudillismo que nada tiene que ver con el manejo contemporáneo de un Estado. Los vientos de mesianismo desplazan, con una naturalidad insólita, los procesos institucionales y técnicos de la administración pública.

El Presidente y su entorno no cambian porque no se sienten interpelados. Porque no reconocen a nadie como su par. Porque en su forma de pensar dejaron de ser un sujeto político controvertible para convertirse en tótem. No cambiarán ni siquiera ante el desgaste evidente, pero nada letal, sufrido en estos 17 meses. Desgaste que no admiten como suyo: es culpa de otros. De una oposición tenaz (cuya existencia sólo ellos perciben), de los medios (mediocres en su mayoría), de Alberto Acosta (demasiado democrático a su gusto), de la Asamblea (que perdió tiempo en forma innecesaria)... El Presidente y su entorno no aceptarán que incidieron directamente en la mala imagen de la Asamblea al haberla convertido, en el imaginario popular, mediante los mandatos y leyes, en un facsimil del Congreso.

El Presidente no cambiará porque en su entorno no hay quién piense la política como arte de gobernar. La ven en una forma tan funcional, tan perplejamente apegada a la búsqueda de votos, que da mareo. La moda es seguir la visión de Vinicio Alvarado, un hombre que piensa el poder como mercancía de uso. Por eso en Carondelet andan en un operativo de sobrevivencia, de búsqueda incesante de seguidores, de refriegas con enemigos virtuales o reales. Andan en un vértigo maniqueo en el cual se opone, por ejemplo, la belleza de la zona regenerada de Guayaquil y el derecho al trabajo… Las visiones unívocas que destilan no son tomadas como una ausencia, como una tara paralizante del poder sino como un acto de lealtad al amigo, convertido en referencia única de lo que se debe hacer y pensar.

Ricardo Patiño también encarna la lógica de un régimen que está privilegiando los actos de fe a la duda metodológica. Se dice favorable a las aperturas, a condición de que sean para que los otros interioricen el mensaje del gobierno. Es partidario de revisar conductas, pero sólo para afianzar lo que han hecho, puntualizarlo, transmitirlo de mejor manera… Patiño es el mayor operador político del régimen. Pero él, como el Presidente de la República, rehúsa producir pensamiento político. En los diálogos se defienden. Hurgan en su catálogo de lugares comunes. Ven al otro a través de un manojo de prejuicios. Y el Mandatario se mueve, además, con carpetas para saldar cuentas.

Difícil debatir tesis con este poder. Por eso son tan deprimentes las entrevistas del Presidente de la República, incluida la última que concedió el jueves pasado a Ecuavisa. Imposible argumentar con este poder que, ahíto de verdades, campea con síndrome de autista en el corazón del poder. Sus cortesanos siempre han afirmado que llegará el día en que cambie su lenguaje, su estilo, sus actitudes. Después de la próxima elección… Pues no parece: en la guerra, ya se sabe, las señales de civilización huelgan.