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Cuando la vieja izquierda copia a la vieja derecha... PDF Imprimir E-Mail
José Hernández   
lunes, 23 de junio de 2008
Muy pocos ecuatorianos irán a las urnas habiendo leído los textos constitucionales. En ello, el fracaso político del régimen es evidente. La Constitución, que fue el programa bandera de Rafael Correa, no será debatida en el país: eso dicen los sondeos. Eso dicen los asambleístas, totalmente aislados —absurdamente castigados— en un monte de Manabí. Eso dicen aquellos que miran cómo los grandes debates que surgen en algunas mesas son tramitados públicamente, en una forma tan primaria, que ofende la definición mínima de inteligencia.

Lo que se dice es que muy pocos ecuatorianos irán a las urnas habiendo leído los textos constitucionales. Eso significa que el presidente Correa, en primera instancia y luego de tanto hablar de revolucion ciudadana, habrá fracasado. De paso, quedará trunco el motivo que inspiró su afán refundacional: pactar entre la mayoría de ciudadanos las reglas para dar sentido orgánico y diario a una democracia que sólo se renovará si es capaz de producir inclusión y mejorar la calidad de vida de la nación en su conjunto. En septiembre no se votará por esas reglas sino por el aprecio o la aversión a Rafael Correa. Lo patético ya es de todos.

Ese es —así gane el Sí— el primer fracaso de la nueva dirigencia del país: no haber logrado cuartear siquiera los marcos culturales en los cuales se hace política en el país. Se acomodó a ellos. Los repitió y, por eso, a los amigos del Presidente no extraña que su perfil político y personal sea perfecto para el país. No les extraña que, a pesar de los matices que quieren articular, el Presidente calce tan bien en el molde caudillista y populista que domina políticamente en el país.

Se dirá —como están diciendo en el régimen— que los medios de comunicación tienen una enorme responsabilidad en este fracaso. Que en vez de debatir las políticas públicas —el tema del aborto es emblemático—, se dedicaron a buscar a inefables damas que confunden, en forma tan elocuente, un escenario legislativo con un púlpito evangélico. Sí, hay allí problemas innegables de cómo los medios encaramos, política y culturalmente, el debate sobre el interés público. Y allí subyace igualmente —no hay cómo esconderse— una enorme deuda mediática con el país. Sin embargo, este fracaso, ahora seguro e irreversible, de los promotores de la nueva Constitución, es una pésima noticia para los historiadores nacionales: demuestra que la vieja izquierda naufraga en las mismas cosas que la vieja derecha. Una veintena de constituciones no dejó ninguna enseñanza. Una veintena de intentos no instruyó a esa izquierda sobre el peligro de nuevamente redactar textos constitucionales que se vuelven letra muerta para el país.

El problema de la Asamblea no es, entonces, de comunicación sino de perspectiva política. La misma prepotencia del poder. La misma incapacidad para hacer la diferencia entre un Carta Magna y un programa de Gobierno. La misma ceguera para creer que sus dirigentes, hoy populares, podrán perennizarse. Esa izquierda —teórica, ultrista, decimonónica, inexperimentada en la función pública— muestra sus límites.

Esa izquierda llegó sabiendo mercadeo pero ignorando —todavía ignora— cómo introducir a los ciudadanos (no a los comités de Alianza País) en la coadministración de sus asuntos. Su pobre concepto de la política contemporánea no le ha permitido copar el vacío político del cual tanto sufrió el país con la vieja derecha.

Este régimen cree que hacer política es convertir al Presidente en un ser omnipresente, generador de discursos indómitos, aficionado a sermonear públicamente a medio país y a convertir a los ciudadanos en consumidores —pasivos y diarios— de propaganda oficial… Un superman dedicado al bien público. Por eso tampoco los medios han evolucionado en su visión. Su relación no es con los temas que interesan a los ciudadanos (que siguen pasivos). Es con Rafael Correa que dice representar, en forma exclusiva y a veces atrabiliaria, a esos ciudadanos. El pasado sigue vigente: broncas inútiles, mientras los debates, y por ende los acuerdos sobre las políticas públicas, siguen ausentes. Salvo que esta vez en lugar de neoliberalismo se habla de revolución.