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Y ganó el bloque funcional PDF Imprimir E-Mail
Revista Vanguardia   
martes, 01 de julio de 2008

La renuncia de Acosta revela la ruptura entre dos visiones. Correa se queda con los pragmáticos y busca captar para sí el proyecto de la izquierda.

 


 Dos palabras bastaron al régimen para explicar por que pidió la renuncia a Alberto Acosta: el plazo. El 26 de noviembre, fecha tope para entregar la Constitución. Un plazo que Alberto Acosta nunca quiso ponerse. Ni tampoco aceptó cuando asambleístas amigos lo llamaron, el lunes 23, y algunos, en medio de lágrimas, le dieron fórmulas alternativas, para cerrar hasta esa fecha la tarea constituyente: trabajar desde la 7 de la mañana. Crear una comisión que coordine los articulados.

Terminar el 26 de julio y presentar la Constitución el 10 de agosto. Trabajar fines de semana… A todos les respondió, de viva voz o por mensaje, que su decisión estaba tomada. Que esa era su palabra.

Y no cedió ni siquiera cuando supo que en Manta, asambleístas como Virgilio Hernández, Norman Wray, Betty Tola, Mónica Chuji, trataban de convencer al buró y al bloque de conformar una comisión para pedirle que deje de lado su renuncia. La rueda de prensa puso fin a esos intentos de mediación y reconfortó a aquellos que, como César Rodríguez, se mostraron visiblemente Foto: efe dichosos de que Acosta se fuera. Acosta resolvió mediáticamente su salida; no políticamente.

El plazo, tesis central del régimen, ayuda pero no aclara por qué Acosta cedió ante el pedido de renuncia hecho por el presidente Correa el miércoles de la semana anterior. Ese día se reunió con él en la Base de Manta, tras el partido de fútbol Ecuador/Colombia que vieron juntos. Se volvieron a ver dos veces el jueves. Acosta analizó seriamente el pedido y decidió (ver su entrevista) que no podía llevar al país a una pugna de poderes.

Para entonces, las relaciones entre los dos hombres estaban seriamente deterioradas. De hecho, un amigo común dijo que el vínculo político entre ellos venía sufriendo desde que Acosta salió del Ministerio de Energía. “Por eso él no puso a ningún Asambleísta. Sabía cómo era Correa y que en su forma de ser, de querer controlarlo todo, hay una falla de fábrica”.

No obstante, en la Asamblea más de una discrepancia se saldó a su favor: el caso Dayuma, la naturaleza como sujeto de derechos, el tema minero y el del agua… La oposición de Acosta a la amnistía a Gustavo Noboa, su adhesión al consentimiento previo pedido por los indígenas, su oposición al mandato Agrícola son ejemplos (hay otros) que confirman que entre Correa y Acosta hay diferencias ideológicas y políticas, en muchos casos, irreductibles. En la entrevista concedida a Vanguardia (edición no. 140) se revelaron, además, diferencias de fondo sobre la forma de concebir el poder; la democracia y sus necesarios contrapesos, y el respeto entre instituciones.

Acosta nunca lo admitió, pero quienes lo conocen afirman, que estaba decepcionado de la forma cómo su tendencia ejerce el poder. Por eso convirtió a Montecristi en su reducto ideal. Dejó de ir al buró político —dice un asambleísta de Acuerdo País— porque se sentía ajeno al discurso politiquero y a ese pragmatismo del poder que la ha sido tan ajeno. Se distanció política y geográficamente de Correa y quienes pensaron que la amistad entre los dos hombres bastaría para superar los problemas, no contaron con las gentes que en Carondelet se han dedicado a abrir brechas con un hombre que no resultó funcional a la acción del régimen.

Alberto Acosta se fue quedando así sin margen de maniobra frente a los factores y sujetos reales de poder.

Él agravó su caso porque en Montecristi no tuvo —según otro asambleísta del oficialismo—, un equipo de estrategas políticos. Sus asesores no tienen oficio político. Son activistas sociales, son teóricos de esa izquierda idealista de los años setenta. “Acosta no tiene un estilo fácil, confronta, —dice otro asambleísta— pero en su vida ha estado acostumbrado a construir solo”. El ex Presidente sabía que había críticas en su contra en el bloque de mayoría. Muchos veían que no se daba tiempo para hablar con los asambleístas oficialistas y menos aún para armar estrategias. Él zanjaba el problema diciendo que era el Presidente de todos los asambleístas. Así, muchas de las lealtades iniciales se diluyeron en el camino, mientras el discurso pragmático del poder fue haciendo su obra entre sectores de Alianza País que ven en Correa un proveedor de cargos. Incluso los asambleístas de Ruptura de los 25 o de Alternativa Democrática, que se jugaron por las tesis de Acosta, se sintieron solos en los mayores momentos de tensión con Correa y su círculo.

Acosta, prácticamente solo, casó una pelea entre la izquierda idealista y el bloque funcional que rodea a Correa. En ese bloque hay versiones encontradas.

Están aquellos que dicen haber pedido la renuncia pensando en que Acosta transaría en la fecha, pero no se iría. Y aquellos que ven en Acosta un estorbo en medio de la vía y aprovecharon sus errores estratégicos para deshacerse de él. Para todos, sin embargo, las motivaciones eran supuestamente similares: “Alberto pecó de ingenuo —dice un miembro del buró— porque una cosa es que la oposición participe y otra es que como estrategia prolongue la Asamblea”. El fantasma boliviano apareció en medio del horizonte. Por ello —dice la fuente— algunas veces la Directiva Nacional (y no el buró, hace la precisión) recordó a Acosta que aplazar la entrega de la Constitución implicaría un costo político muy alto. Mucho mayor —dice— que el trauma político que causa la renuncia de Alberto Acosta y que el régimen está midiendo en sus sondeos. “Lo que hemos visto y conversado es que no será mucho y no durará más de esta semana porque Acosta no se fue de la Asamblea ni del movimiento ni de la Directiva Nacional”.

Gustavo Darquea, presidente de la mesa 3, va en el mismo sentido: “felizmente el bloque ha quedado indemne. No estamos defendiendo personas por más valiosas que puedan ser. Hay una profunda conciencia de defender un proyecto político y este proyecto es el que se verá en la nueva Constitución”.

Darquea es optimista. Lo es porque es evidente que la renuncia de Alberto Acosta fue el último pretexto de un enfrentamiento político que beneficia, por ahora, al bloque funcional que depende, en particular, de Rafael Correa, Vinicio Alvarado, Ricardo Patiño y Gustavo Larrea. Ellos ganan matemáticamente porque tienen más votos, aunque en Montecristi se sabe —lo sabe todo el mundo— que el peso conceptual de la Constitución también recae en bloques (Ruptura, Alternativa Democrática…) que en este momento, paradójicamente y tras la renuncia de Acosta, lucen en total repliegue político.

Tienen voz fuerte y opinión escuchada pero sin efectos políticos reales.

El buró pateó la Asamblea cual elefante en almacén de cristalería y nadie sabe aún hasta dónde llegará la onda expansiva de su intervención. Lo que se sabe en Montecristi lo resume el sacerdote Fernando Vega, presidente de la mesa 8, cuando dice (ver recuadro) que ahora hay conciencia en Alianza País de ser una aplanadora. Y esa aplanadora puede acelerar el proceso votando capítulo por capítulo la Constitución, como sugiere Gustavo Darquea. O, como él mismo propuso, nombrar por esta última vez, los magistrados de la Corte Constitucional. O volver a ignorar el estatuto al designar a César Rodríguez, como segundo vicepresidente; un asambleísta que cabildeó su cargo al mejor estilo de la vieja usanza… Darquea es optimista porque hay asambleístas oficialistas lastimados por la intervención de un buró político que les hizo quedar, es la expresión de uno de ellos, “como unos peleles”. Eso asambleístas saben hoy que los plenos poderes son un cuento. Que las cosas esenciales se discuten en el buró. Que ese colectivo, donde la preeminencia de Correa y el círculo de Carondelet es capital, nombró voceros, cuyo peso específico no les da para entrar en las ligas mayores. “Decidimos poner voceros —dice la fuente del buró— porque nos dimos cuenta de que encargar de eso a Alberto y a Cordero desde el inicio de la Asamblea, fue una novatada de un movimiento nuevo”.

No obsta: el buró es ahora un fantasma en Montecristi que ayuda a exorcizar los malos ratos. El miércoles, por ejemplo, cuando Fernando Cordero se vio desbordado por la oposición, el chiste generalizado era que alguien llamara al buró para recibir instrucciones… En realidad, la acción del buró puso un polo a tierra a muchos asambleístas de Acuerdo País que, hasta ahora, no se habían cotejado con la realidad del poder. Ahora saben que las reglas se hacen en Carondelet. Que es un buró, tras el cual se diluyen las responsabilidades, el que toma las decisiones. Que a ese poder real están convidados sobre todo aquellos que guardan fidelidad a los jefes de turno. Que el romanticismo es un ingrediente que no calza con la imperiosa tarea que se ha dado el régimen de multiplicar los votos.

Que la lealtad en la política real no es de izquierda o de derecha: no existe. Y en Montecristi nadie sonríe cuando evoca cómo el Presidente ha arremetido públicamente contra su mejor amigo.

La aplanadora del buró ya hizo su obra en su bloque, antes de hacerla en el pleno. Y el ambiente no es precisamente de fiesta. Augusto Barrera, el nexo entre el bloque y el buró, tambien admite el dolor del enfrentamiento pero cree que la interpretación que se da a la aplanadora llamada buró es equivocada. “Es inevitable el hecho de que ese buró, que ahora aparece tan estigmatizado, tiene la responsabilidad de coordinar, articular y dirigir el proceso”.

Lo cierto es que en Montecristi nadie sabe muy bien cómo sacudirse del peso del buró. Y peor, cómo paliar la sensación, con olor a naftalina, de que el buró da las directrices. Y ese malestar recaerá —teme la decena de asambleístas de Acuerdo País que habló con Vanguardia— sobre la Presidencia de Fernando Cordero. El ex alcalde cuencano no quería reemplazar a Acosta pero fue él, al darle la noticia de su renuncia el domingo 22, en la noche, quien lo convenció. Ahora Cordero tendrá que lidiar entre su lealtad con un hombre con quien robusteció su amistad en estos siete meses y la presión de un buró que hizo saber que es él, en forma absoluta, el que gobierna el país.

Fernando Cordero —se dice en la minoría de Acuerdo País— será un hombre enteramente funcional. ¿Cuánto afectará esto sus pretensiones políticas que pudieran llevarlo a la Presidencia de la futura Asamblea Nacional (congreso)? Eso dependerá del ojo con el cual juzgue la opinión la muestra de debilidad que ha dado el régimen al señalar que no confía en ninguna otra instancia que no sea absoluta y totalmente controlada por el buró.

¿Incidirá Fernando Cordero en el cambio de algunos contenidos que Alberto Acosta cuestionó cuando estaba en la Presidencia y se proponen debatir ahora que llegarán al Pleno? Ese va a ser el nuevo campo de enfrentamiento ideológico y político entre esa izquierda que, en ciertos casos, puede juntar a los indígenas con Ruptura de los 25, y el bloque funcional que está alrededor de Rafael Correa. Pero esa división es más compleja porque hay cambios en la Constitución en los cuales no habrá división en el bloque oficialista frente a una oposición que también parece decidida a actuar junta.

La estrategia de esa minoría política en Acuerdo País coincide, entonces, con la de Alberto Acosta: sostener los contenidos de los textos constitucionales.

Armar una Constitución que, según el propio Acosta, sirva, en lo político, para reinstitucionalizar el país y ponerle contrapesos a un régimen que, por ahora, no los tiene. El régimen cuenta con Alberto Acosta para promover el referéndum. Y Acosta se dice disponible para hacerlo a condición de que pueda permanecer en la Asamblea y que el régimen no vire hacia actitudes autoritarias. Es decir, Acosta sigue siendo una enorme piedra en el zapato para el buró y ahora, desde la curul 001, será un incómodo polemista. Pocos en el bloque funcional osan pensar en el escenario que pudiera darse en el país si Acosta, que goza de gran credibilidad, se fuera de la Asamblea. Ahora con un morral y sin oficina, él es una espada de Damocles suspendida sobre la cabeza de su amigo Rafael Correa…