REVISTA VANGUARDIA
¿El régimen cambiará el sentido de lo moral?
| ¿El régimen cambiará el sentido de lo moral? |
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| José Hernández | |
| martes, 08 de julio de 2008 | |
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En el Gobierno se habla de variar las reg las para el referéndum. Si lleg ase a ocurrir sería una prueba inneg able del peor gatopardismo. El fantasma del No ronda por Carondelet. Al punto que hay serios indicios de que el régimen piensa cambiar las reglas de juego para el referéndum que debe aprobar o negar la nueva Constitución. De eso se habla profusamente en el Palacio Presidencial. La paradoja no puede ser mayor para un régimen que lidera los sondeos, cuenta con mayoría aplastante en la Asamblea y no tiene una oposición orgánica. Paradoja para un Presidente que, prevalido de su popularidad, ha abierto frentes internos y externos durante 18 meses, como si el teflón que lo recubre fuera eterno. Se respira desapego en el ambiente. El gobierno apolilló el discurso del enfrentamiento interno (y externo con Álvaro Uribe) y no operó a tiempo un cambio de mensajes que, en vez de alejar, atrajera a las franjas que no eran suyas: eran las legiones de decepcionados de lo que llamó la partidocracia. Con gusto el país asistió a la demolición de unos partidos cuyas grietas eran evidentes, pero sigue esperando los frutos de una reconstrucción cuya estrategia política nunca apareció. Ese bache ya no será colmado. Y el Presidente y su buró político siguen mostrando que su principal preocupación es ganar elecciones; no producir modelos de gestión exitosa. Por ello, el régimen tiene evidentes problemas en una clase media que pone votos y pesa en la opinión y que en vez de discursos, cansinos y propagandísticos, quiere certidumbres. La ideología trasnochada que exhiben Alianza País y parte de sus aliados en Montecristi actúa como un repelente en ese sector que, en vez de arengas, deseaba participación, transparencia y eficiencia. Entretanto, la presencia pública del presidente Correa vira a la sobredosis. Él personaliza el cambio (eso lo hace necesario) pero también él condensa el desencanto que produce tras año y medio en el cual poco tiene que mostrar. El costo de la canasta familiar diluye muchas de sus afirmaciones. ¿Cuánto incide su personalidad en el proceso político? La pregunta incomoda a sus amigos convencidos de que la sicología poco tiene que ver con la historia. Lo cierto es que él ocupa todo el espacio público. Visitas, discursos, gabinetes itinerantes, primeras piedras, problemas con Colombia, Montecristi, cadenas sabatinas, espacios matinales y diurnos en Tv y radio… La imagen del Presidente se confunde, en este momento, con una frondosidad discursiva cuyo volumen y peso no se compadece con los resultados concretos alcanzados por el gobierno. La política de subsidios y bonos, que pudiera incrementarse para las próximas elecciones, favorece a una franja que puede darle sustento electoral. Pero que no articula, política, cultural ni ideológicamente, la tan cacareada transformación. Las cifras de la economía, que es lo que sienten los ciudadanos en sus bolsillos y en sus cocinas, militan en su contra. Ese hecho está carcomiendo la imagen de gurú en esa materia que él ancla, con un desparpajo inocultable, en cada aparición mediática. En vez de realidades, lo que se observa es un mandatario y un régimen preocupados por cambiar las mediciones estadísticas. Ese esfuerzo se revela vacuo cuando se mira lo que ocurre con Hugo Chávez y Cristina de Kitchner que emprendieron la misma cruzada. El presidente Correa no tiene la vida fácil. De ahí la desesperación innegable en sus últimas apariciones públicas en las cuales regaña a ministros, pero los deja en sus cargos. Lo curioso es que la eficiencia, que tan ásperamente reclama, también puede volverse en su contra. Hay decisiones que se están tomando, amparadas en las emergencias, sin estudios previos y con atribución de contratos a dedo. Esto obliga al régimen a evadir la fiscalización y a trabajar, obsesivamente, para mantener su hegemonía política. Y eso lo hunde en ese vértigo electoral del cual el Presidente no ha salido desde que llegó a Carondelet. El resto llega por añadidura: volver funcional todo para permanecer en el poder. Esto incluye la Constitución y las reglas para aprobarla. Si el régimen las cambia, como lo está pensando, probará que también osa cambiar el sentido de la moral, en una clara prueba de gatopardismo. |









